Durante unos segundos, el cielo español se oscureció en pleno atardecer. El eclipse total de Sol del 12 de agosto de 2026 cruzó España de oeste a este y dejó a buena parte del país mirando hacia arriba ante uno de los fenómenos astronómicos más esperados de las últimas décadas. Fue el primer eclipse total de Sol visible desde la Península Ibérica en más de un siglo y su franja de totalidad atravesó numerosas ciudades desde Galicia hasta Baleares.

Mientras miles de personas contemplaban el fenómeno entre la fascinación y el asombro, existe un director de cine cuya imaginación probablemente habría añadido al espectáculo un poco más de depresión, música de Wagner y, ya puestos, la destrucción completa del planeta.

Ese director es Lars von Trier.

Porque si el eclipse dejó a alguien con ganas de una dosis todavía mayor de catástrofe cósmica, en 2011 el cineasta danés estrenó Melancolía, una película en la que un gigantesco planeta se aproxima peligrosamente a la Tierra. Y aquí no hay astronautas heroicos, misiles nucleares ni Bruce Willis van a impedir el apocalipsis.

Hay angustia, depresión y la certeza de que quizá no exista escapatoria.

Protagonizada por Kirsten Dunst y Charlotte GainsbourgMelancolía comienza con una boda y termina mirando directamente hacia el fin del mundo. La historia sigue principalmente a Justine, interpretada por Dunst, una mujer que atraviesa una profunda crisis depresiva mientras el planeta Melancholia se acerca progresivamente a la Tierra. La película fue presentada a competición en el Festival de Cannes de 2011 y Dunst acabó ganando allí el premio a mejor actriz.

Von Trier convirtió así una catástrofe astronómica en algo mucho más íntimo: una representación de la depresión y de la forma en que diferentes personas reaccionan ante la certeza de la muerte.

Y esa mezcla entre belleza y destrucción resume bastante bien buena parte de su carrera.

En 1995, Lars von Trier y el también director danés Thomas Vinterberg impulsaron Dogma 95, un movimiento concebido como una reacción contra el cine comercial, los grandes presupuestos y el exceso de artificios técnicos.

Su manifiesto incluía el denominado “voto de castidad”, una serie de reglas que obligaban a simplificar radicalmente los rodajes: utilizar localizaciones reales, cámara en mano, evitar iluminación artificial y prescindir de música que no procediera directamente de la escena, entre otras restricciones. Von Trier presentó el manifiesto públicamente en París en 1995, repartiendo copias impresas entre los asistentes.

Uno de los episodios más discutidos de la carrera de Lars von Trier está relacionado con Bailar en la oscuridad, el musical dramático estrenado en 2000 y protagonizado por Björk.

La cantante islandesa interpretó a Selma, una inmigrante que está perdiendo progresivamente la vista. Su trabajo le valió el premio a mejor actriz en Cannes, pero su experiencia durante el rodaje terminó rodeada de polémica.

En 2017, en plena oleada de denuncias que siguió al caso Harvey Weinstein, Björk publicó un mensaje en el que afirmó haber sufrido acoso sexual por parte de un director danés durante una película. No mencionó inicialmente a Lars von Trier por su nombre, aunque el contexto llevó a medios internacionales a identificarlo como el cineasta al que se refería. Posteriormente, Von Trier rechazó las acusaciones y afirmó que él y Björk mantuvieron una relación profesional conflictiva, pero negó haberla acosado sexualmente.

En Anticristo (2009), protagonizada por Willem Dafoe y Charlotte Gainsbourg, convirtió el duelo de una pareja por la muerte de su hijo en un descenso hacia la violencia psicológica, el sexo y la mutilación. La crudeza de algunas de sus imágenes convirtió la película en una de las obras más controvertidas de aquella edición de Cannes.

Años después llegó Nymphomaniac (2013), una extensa narración sobre la vida sexual de una mujer llamada Joe, nuevamente interpretada en su etapa adulta por Charlotte Gainsbourg. Dividida en dos partes y planteada como una sucesión de recuerdos y reflexiones, la película permitió a Von Trier volver a combinar sexo explícito, filosofía, humor negro, religión y autodestrucción.

Para entonces, sin embargo, el director ya había protagonizado la polémica pública más famosa de su carrera.

Ocurrió precisamente durante la presentación de Melancolía en el Festival de Cannes de 2011. En la rueda de prensa de la película, Von Trier comenzó a realizar comentarios sobre Adolf Hitler y el nazismo, afirmó que podía “entender” al dictador y terminó definiéndose como nazi mientras intentaba desarrollar lo que aparentemente pretendía ser una provocación humorística.

El resultado fue inmediato.

El propio Festival de Cannes emitió primero un comunicado mostrando su rechazo a aquellas declaraciones y recogiendo las disculpas posteriores del cineasta. Un día después, su consejo de administración dio un paso extraordinario: declaró oficialmente a Lars von Trier “persona non grata” con efecto inmediato, al considerar sus comentarios “inaceptables” y contrarios a los valores del festival.

Con Lars von Trier nunca resulta sencillo determinar dónde termina el cineasta y dónde comienza el provocador profesional.

Ha rodado películas sobre depresión, tortura emocional, asesinatos, violencia sexual, culpa, enfermedad y autodestrucción. Ha creado algunas de las imágenes más reconocibles del cine europeo contemporáneo y, al mismo tiempo, ha protagonizado controversias capaces de eclipsar la conversación sobre sus propias películas.

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