Los Backrooms son una de esas leyendas digitales que parecen haber existido siempre, como si internet no los hubiera inventado, sino descubierto. No tienen castillo gótico, asesino con máscara ni muñeca poseída. Su monstruo principal es mucho más cotidiano. Una habitación vacía, una moqueta húmeda, paredes amarillentas, luces fluorescentes zumbando como un dolor de cabeza y la sensación, muy difícil de quitarse de encima, de que ese sitio no debería estar ahí.

Según la leyenda, si haces "noclip" fuera de la realidad, un término heredado de los videojuegos que describe atravesar paredes o salirse del mapa por un fallo técnico, puedes acabar en los Backrooms. Un laberinto infinito de salas, oficinas, pasillos y espacios imposibles. No hay ventanas. No hay salida clara. No hay explicación. Solo el eco de tus pasos y la sospecha de que no estás solo.

El fenómeno nació en 2019 en el tablero paranormal /x/ de 4chan, cuando una imagen de un interior extraño empezó a circular acompañada de un pequeño texto que convirtió una fotografía anodina en una pesadilla colectiva. La imagen mostraba una estancia vacía, con moqueta beige, paredes amarillas y luz de oficina barata. No había sangre, ni cadáveres, ni amenaza explícita. Precisamente ahí estaba el veneno. Aquello parecía demasiado real para ser fantástico y demasiado raro para ser real.

Con los años, los fans fueron ampliando el mito. Aparecieron niveles, criaturas, reglas de supervivencia, mapas, expediciones falsas y wikis enteras dedicadas a clasificar cada rincón de este purgatorio de fluorescentes. El nivel más famoso es el llamado Nivel 0, ese mar de habitaciones amarillas donde todo empieza. Después llegaron piscinas infinitas, aparcamientos vacíos, hoteles abandonados, túneles, ciudades interiores y toda una arquitectura del extravío.

Pero reducir los Backrooms a “un creepypasta” sería quedarse corto. Su éxito tiene mucho que ver con una palabra clave de la cultura visual contemporánea. Lo liminal. Los espacios liminales son lugares de paso, como un centro comercial cerrado, un colegio vacío en verano, un aeropuerto de madrugada o un pasillo de hotel sin nadie, que producen una mezcla incómoda de nostalgia y amenaza. Son sitios diseñados para estar llenos, pero fotografiados cuando están desiertos. Parecen recuerdos mal cargados.

Los Backrooms capturan exactamente esa sensación. No dan miedo porque muestren algo horrible, sino porque esconden demasiado. Son el reverso de la vida moderna. Oficinas sin trabajadores, centros comerciales sin consumidores, pasillos sin destino. Una escenografía capitalista después del fin del mundo, pero con moqueta.

La gran explosión audiovisual llegó en 2022 con Kane Parsons, conocido como Kane Pixels, que siendo adolescente publicó en YouTube The Backrooms (Found Footage). El corto, creado con estética de metraje encontrado y terror analógico, imaginaba una grabación noventera en la que un joven cae accidentalmente en ese laberinto amarillo. La cámara temblorosa, el sonido sucio, la textura de cinta VHS y los espacios generados digitalmente hicieron el resto.

Ese salto del vídeo viral al cine era cuestión de tiempo. A24, una de las productoras más asociadas al terror de autor contemporáneo, impulsó la adaptación cinematográfica de los Backrooms con Kane Parsons como director. La película parte del universo creado por sus cortos y transforma una leyenda nacida en foros, memes y vídeos de YouTube en una obra pensada para salas.

La fascinación por los Backrooms también dice mucho de nuestro presente. Durante décadas, el terror popular se alimentó de casas encantadas, cementerios, bosques y sótanos. Ahora nos da miedo un pasillo corporativo. Nos inquieta una sala de reuniones vacía, un espacio que podría estar en cualquier polígono, hotel barato o edificio administrativo. No es casualidad. Vivimos rodeados de no lugares, de arquitecturas repetidas, de interiores pensados para funcionar, no para ser habitados emocionalmente.

Todos hemos estado alguna vez en un lugar así. Un pasillo de hospital a las tres de la mañana, un aparcamiento subterráneo sin coches, una oficina apagada después del cierre. Lugares que no son terroríficos, pero se comportan como si pudieran serlo.

La próxima vez que una luz parpadee sobre tu cabeza o que una puerta se abra a un pasillo demasiado largo, conviene no mirar mucho. En internet lo llaman noclip. En la vida real, quizá solo sea perderse. Pero, si al otro lado huele a moqueta mojada y todo es amarillo, corre. O mejor dicho, intenta recordar por dónde has venido.

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