Madrid dejó de parecer Madrid durante tres horas. El calor apretaba desde antes de que cayera la tarde, con más de 30 grados a las puertas del Riyadh Air Metropolitano, pero el verdadero cambio de temperatura llegó cuando Bad Bunny apareció sobre el escenario para abrir la primera de sus diez noches de residencia en la capital. Gorras, sombreros, camisetas de Puerto Rico y falsas cámaras de fotos repartidas en los accesos empezaron a dibujar una postal clara: el viaje no era solo musical. El estadio se preparaba para cruzar el Atlántico sin moverse del sitio.
“¿Quién recuerda la última vez que yo estuve aquí? La verdad que ha pasado tanto tiempo que se me había olvidado que había tanta gente aquí en Madrid. Necesito que me recuerden cómo era Madrid”, saludó nada más arrancar. La respuesta fue inmediata. Madrid no necesitó demasiados minutos para recordarle cómo suena cuando se entrega.
El concierto, de casi tres horas, funcionó como un recorrido por su último disco, DeBÍ TiRAR MáS FOToS, que marca la estética y el alma de esta gira, pero también como una celebración de todos los Bad Bunny que han convertido al artista en uno de los grandes fenómenos globales de la música latina. El repertorio alcanzó las 33 canciones, con espacio para su trabajo más reciente y para los himnos que ya son patrimonio emocional de una generación, desde YHLQMDLG hasta los grandes golpes de reguetón que hicieron temblar el Metropolitano.
Una casita puertorriqueña en mitad de Madrid
Todo en la puesta en escena parecía construido para reducir la distancia entre Madrid y Puerto Rico. El sapo concho, especie endémica de la isla, la casita inspirada en una vivienda real de Humacao, la pava del guitarrista mientras sonaba Entre dos aguas de Paco de Lucía. Bad Bunny no planteó la noche como una simple sucesión de canciones, sino como un homenaje constante a su tierra.
“¿Quién se quiere venir conmigo a PR?”, preguntó el artista ante un estadio rendido. La respuesta, claro, fue un rugido.
La casita fue uno de los grandes centros simbólicos del espectáculo. Ese escenario secundario, de casi 13 metros de ancho, reproduce una vivienda tradicional del campo puertorriqueño y se convierte en el espacio más íntimo de una producción gigantesca. Allí sonaron algunos de los temas más ligados a su identidad y a su raíz, como Velda, mientras la residencia madrileña tomaba forma de viaje sentimental.
Pero la casita también ejerció como punto de encuentro. En esta primera noche pasaron por el “hogar” de Bad Bunny nombres conocidos como Ana de Armas, Ester Expósito, los futbolistas del Rayo Vallecano Sergio Camello e Isi Palazón, además de Mvrk, María León, Chiara Ferragni y Clara Galle. La residencia comenzó con alfombra invisible, pero con desfile evidente de rostros populares.
Una canción exclusiva para Madrid
Cada ciudad tiene su regalo. En esta gira, Bad Bunny mantiene una canción exclusiva que no repite en otros conciertos, y Madrid recibió en la primera noche Adivino, interpretada junto a su paisano Myke Towers, invitado especial de la velada. Fue uno de los grandes estallidos del concierto, aunque no el único.
Antes, el artista había roto la distancia con la pista al dedicar alrededor de quince minutos a saludar a quienes estaban en primera fila. También invitó a cuatro seguidores a gritar el reivindicativo y festivo “Acho PR es otra cosa”, justo antes de encadenar VOY A LLeVARTE PA PR, Me porto bonito, No me conoce y Bichiyal desde el terrado de la casita.
“Hoy es la noche en la que regresé a Madrid, muchas gracias por estar aquí. Gracias por esperarme tanto tiempo, por manteneros queriéndome, escuchando mi música, creyendo en mí. Y más especial aún gracias por traerme de vuelta con mi música mi esencia mi cultura siendo quien soy”, dijo Bad Bunny en uno de los momentos más personales de la noche.
El final fue una explosión de reguetón, orgullo latino y fuegos artificiales. El Metropolitano despidió al puertorriqueño con una certeza: aquello no había sido un concierto más, sino el primer capítulo de una residencia que promete convertir Madrid, noche tras noche, en una extensión emocional de Puerto Rico.
“Qué viva el perreo”, celebró Bad Bunny. Y Madrid, por una noche, obedeció.
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