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ANÁLISIS
Política

Sánchez deshoja la margarita funeral

En momentos de fuerte emocionalidad política, y este lo es, las encuestas casi nunca aciertan pero siempre asustan, y no solo a la izquierda sino también a la derecha

Antonio Avendaño
Un votante deposita su voto en las urnas durante una jornada electoral. Europa Press.

Un votante deposita su voto en las urnas durante una jornada electoral. Europa Press.

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1. Negros presagios

¿Qué hago, maldita sea, adelanto o no adelanto? Adelanto, no adelanto; adelanto, no adelanto. Pedro Sánchez deshoja este fin de semana la margarita funeral de una convocatoria cargada de sombríos presagios. Margarita porque en la decisión solo cabe el sí o el no, y funeral porque los datos demoscópicos son negros como una mortaja para los partidos del Gobierno: con el PP estancado pero en el 33 por ciento y Vox disparado hasta el 18, entre los dos pueden rozar los 200 escaños; más datos: algunas encuestas cifran en un 7 por ciento los votos socialistas de 2023 decididos ahora a respaldar a Feijóo y en un 4 los que optarían por Vox. PSOE, Sumar y Podemos apenas lograrían el 35 por ciento de los votos, frente al 50 por ciento de las derechas.

2. ¡Atrévete, presidente!

Eso dicen las predicciones. En momentos de fuerte emocionalidad política, y este lo es, las encuestas casi nunca aciertan pero siempre asustan, y no solo a la izquierda sino también a la derecha, que no olvida el jarro de agua helada que la dejó tiritando en 2023. La pregunta que los encuestadores todavía no han podido sistematizar en su batería de preguntas es: ¿podría hacer la crisis de la vivienda que erraran los pronósticos aun considerando que los 15 puntos de diferencia entre un bloque y otro son un abismo? Casi todos, en el partido y en el Gobierno, opinan que Sánchez debe adelantar ya. Aprieta el botón, Pedro, ¡atrévete! Solo Gabriel Rufián, hoy más izquierdista que independentista, discrepa de la opinión mayoritaria: piensa que la izquierda alternativa necesita más tiempo para reagruparse y armar unas siglas y un candidato o candidata creíbles, pues por mucho que mejore el PSOE los diputados que obtenga no le darán para gobernar.

3. Mesías y apóstol

En lo más íntimo, y quizá no haga falta escudriñar tan adentro, seguro que Pedro Sánchez preferiría no celebrar elecciones en este 2026: en esta legislatura ha proclamado, prometido y asegurado demasiadas veces que no abriría las urnas antes de 2027 como para sentirse ahora cómodo desmintiéndose una vez más a sí mismo; quizá sienta el presidente que su cupo de desmentidos ya está suficientemente cubierto y que sobrepasarlo podría entrañar imprevistos riesgos. San Pedro negó tres veces a Cristo: bastantes menos que las que Pedro, haciendo a la vez de apóstol y de Mesías, se ha negado a sí mismo.

4. Un genio a la deriva

Las razones a favor de adelantar son sólidas pero no definitivas, verosímiles pero no infalibles. La calle está que arde, ciertamente, tras haber tumbado las derechas el decreto Maricarmen, pero el problema de la vivienda, por mucho que PP, Vox y Junts intenten enfriarlo, no va a desaparecer de la agenda pública cuando declinen las movilizaciones: es un mal demasiado ostensible, afecta a demasiada gente y, una vez que, instigada por el desahucio de Maricarmen y el aticazo de Ayuso, la calle ha abierto la caja de Pandora donde la política lo tenía encerrado, ya no hay vuelta atrás, el genio no volverá a la botella. Sean en noviembre, en diciembre o en marzo, las próximas generales van a las elecciones de la vivienda.

5. Telediario, edición especial

Adelantar las elecciones al calor de la indignación popular es convocar a golpe de telediario, lo cual no es necesariamente un error pero puede resultar engañoso, engañoso incluso tratándose, como en este caso se trata, de una edición especial del telediario. Y es que quienes instan a Sánchez a apretar el botón nuclear ya parecen dar por sentado que la indignación popular será flor de un día y pronto pasará. Es poco probable, sin embargo, que tal cosa suceda. De aquí a marzo del 27, que sería la fecha tope para poner las urnas, pues las municipales y autonómicas son en mayo, la indignación contra la derecha por su falta de sensibilidad y de propuestas en esta materia bien podría alcanzar el punto de condensación demoscópica que ahora está muy lejos de tener, si bien para ello sería necesario que el Gobierno no se durmiera en los laureles y siguiera propugnando medidas que, aun fracasando en el Congreso, evidenciaran quién quiere más a los inquilinos que a los caseros y quién lo contrario.

6. Vivienda, vivienda, vivienda

Quienes defienden ese adelanto electoral al 29 de noviembre o el 6 de diciembre sostienen que qué mejor momento que este en que la derecha ha quedado retratada en el Congreso, al tiempo que auguran que la imposibilidad del Ejecutivo de aprobar los Presupuestos apenas movilizaría nadie, ni sería, además, un motivo de peso para adelantar las elecciones a marzo. Cierto, pero es que a esas alturas de 2027 el presidente ya no necesitará percha alguna de la que colgar su decisión de adelantar. Ni Presupuestos, ni vivienda, ni nada, en enero todo el pescado estará vendido: cuando acabe 2026 todo el mundo será consciente de que la legislatura está acabada, no harán falta razones para no prolongar su agonía hasta julio, que es cuando tocaría celebrarlas. Si Sánchez espera a enero para disolver las Cámaras y abrir las urnas en marzo, el Gobierno tendrá por delante todo un trimestre para 1) concentrar machaconamente todas sus energías en la vivienda, vivienda, vivienda y 2) quizá reducir la temible brecha demoscópica de 15 puntos que lo separan de la derecha.

7. Puigdemont, Felimón, Puchi

El adelanto para finales de noviembre o primeros de diciembre tiene, por otra parte, una contraindicación quizá no menor. Dado que la razón principal de la indignada desafección de muchos votantes socialistas se llama Carles Puigdemont, tal vez no sea buena idea una campaña electoral plenamente coincidente, a la vista de los plazos que maneja el Tribunal Constitucional, con el regreso triunfal del líder fugado (a quien mi madre, la pobre, nombraba como Felimón porque le resultaba imposible pronunciar bien su nombre y a quien un amigo algo zumbón rebautizó como Puchi). El Puigdemont que regrese de Waterloo no será un hombre agradecido al Gobierno que ha hecho posible su vuelta sino más bien todo lo contrario. La actitud previsiblemente desafiante y resentida de ese Felimón paseándose en libertad por las Españas y denigrando al Estado que lo amnistió será un valiosísimo obsequio electoral para las derechas, pues con toda seguridad su exhibición bajo los focos será leída como una ofensa insoportable en la España castellana, y ya se sabe que a este lado del Ebro, cuando se escucha el nombre de Puigdemont, toda España es Castilla, que es como decir que toda España es españolista, del mismo modo que al otro lado del río, cuando se menciona su nombre, toda Cataluña es catalanista. En todo lo que tiene que ver con Puchi, lo que al sur del Ebro suscita vitriólico rechazo, al norte del río se torna benevolencia y simpatía. Un Puigdemont con su carta de amnistía bajo el brazo, y conjurado ya el miedo a la cárcel con que lo amenazaba la derecha española, estará perfectamente capacitado para amargarle al socialismo la campaña electoral. Si se convocan ya, la izquierda querrá que sean las elecciones de Maricarmen, pero la derecha contraatacará intentando que sean las de Puigdemont; sin embargo, si ‘Perro’ espera a marzo, el momento Puigdemont habrá pasado, su presencia se habrá normalizado y los efectos de su triunfal regreso serán quizá menos prejudiciales para la izquierda que si coincide con la campaña electoral.