Estados Unidos ha puesto papel cebolla sobre la operación en Venezuela para replicarla en Cuba. El plan de Washington para La Habana sigue el mismo patrón. Primero, presión máxima; después, amenazas calculadas que derivan en una oferta condicionada de supervivencia política. Si el Gobierno en cuestión no cede, se abre la vía a una acción fulminante. Así capturó Donald Trump a Nicolás Maduro a principios de este 2026 y está aplicando el mismo libreto en la isla caribeña. En un contexto de crisis energética sin precedentes, de movilizaciones internas y con el régimen emitiendo señales de auxilio ante el agotamiento de sus últimas reservas de combustibles. La asfixia estadounidense a Cuba ofrece ya los mismos síntomas de éxito.
La imagen fija que resume el momento tiene una notoria carga histórica. El director de la CIA, John Ratcliffe, se sienta en La Habana con altos cargos del aparato de seguridad del régimen. Según la información que ha trascendido en varios medios estadounidenses, en la reunión participaron su homólogo cubano, Ramón Romero Curbelo; el ministro del Interior, Lázaro Álvarez Casas; y Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto de Raúl Castro. El Gobierno caribeño hizo público el encuentro y los servicios de inteligencia norteamericanos se vieron abocados a confirmarlo en lo que supone un gesto muy poco habitual.
Ratcliffe asume el papel de recadero del presidente. No aterrizó en la capital cubana como un diplomático convencional. El jefe de la Inteligencia de Estados Unidos funciona como uno de los emisarios de confianza de Trump en las relaciones con gobiernos conflictivos. El director de la CIA ensayó en Venezuela su papel, donde se reunió con Delcy Rodríguez para un contacto similar en el operativo que invadió Caracas para capturar a Nicolás Maduro y llevarlo ante la justicia. El mensaje entonces fue cristalino: si el nuevo poder acepta las condiciones de la Casa Blanca, dispondría de margen para subsistir. En caso contrario, las consecuencias serían catastróficas para el régimen.
Estados Unidos ha extrapolado a Cuba el ensayo sobre el terreno venezolano. Washington ha ofrecido 100 millones de dólares en ayuda humanitaria, pero bajo sus propias condiciones. Es decir, la asistencia depende de “cambios fundamentales” en materia económica y seguridad, aceptando que la isla deje de actuar como refugio para los enemigos norteamericanos. Dicho de otro modo: aceptar la extorsión de la Casa Blanca abre el camino a que el paquete millonario llegue a los cubanos.
En Cuba, el tono parece similar. Estados Unidos ha ofrecido 100 millones de dólares en ayuda humanitaria, pero esa asistencia no llega sin condiciones. Washington exige “cambios fundamentales” en materia económica y de seguridad, y deja claro que la isla no puede seguir actuando como refugio de los adversarios de Estados Unidos en el hemisferio occidental. Reuters y otros medios han informado de que Ratcliffe transmitió a las autoridades cubanas que cualquier cooperación de la Administración Trump pasa por reformas de fondo.
Entre el colapso y la presión yankee
El viaje de Ratcliffe se encuadra en uno de los momentos más frágiles del régimen castrista. La sobrepresión de Estados Unidos asfixia por igual al Gobierno y a los ciudadanos de la isla. Cuba atraviesa una crisis energética extrema, recolectando cortes de suministro día sí y día también. La escasez de combustible alcanza cotas preocupantes, ejerciendo de gasolina para una situación social cada vez más deteriorada. La Administración Trump ha endurecido su bloqueo desde enero, agravando la fragilidad del régimen, que trata de resistir entre apelaciones a la soberanía nacional y contactos discretos con Washington.
El paralelismo con Venezuela no se limita al emisario ni al tono del mensaje. Sigue la línea del palo y la zanahoria: ayuda humanitaria, promesas de alivia si hay reformas, sanciones, bloqueo energético y advertencias judiciales o militares como telón de fondo. En la lógica trumpista, Cuba aparece como el siguiente expediente de una estrategia regional que busca redibujar el mapa político en Sudamérica desde el Despacho Oval.
Amenaza judicial y la línea judicial
Otro movimiento clave pivota sobre el apartado judicial. Estados Unidos prepara una posible acusación formal contra Raúl Castro por el derribo en 1996 de dos avionetas de la organización anticastrista Hermanos al Rescate. Un ataque provocó cuatro muertes y una grave crisis diplomática. Algunos medios del país aseguran que el Departamento de Justicia avanza en estrechar el cerco a Castro. No obstante, una eventual imputación debería contar con la aprobación de un gran jurado.
La operación cubana, además, tiene un ideólogo en la Administración, con enorme peso en el brazo político del trumpismo. El secretario de Estado, Marco Rubio, hijo de inmigrantes cubanos, se mostró escéptico ante cualquier apertura real mientras el castrismo permanezca en el poder y defendió una línea dura frente al régimen. En una entrevista reciente en Fox, cadena controlada por Trump, sostuvo que Cuba es una “nación fallida” y afirmó que cree que Estados Unidos logrará “darle un vuelco” a la isla. Un operativo que llega en un momento en el que el presidente, ante el estancamiento de la guerra en Irán y el repunte de los precios de la gasolina, necesita exhibir victorias exteriores. La incógnita a resolver ahora es si La Habana finalmente claudicará o se atrincherará en su búnker, pero Washington ya ha movido ficha.
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