La tregua nació con evidentes síntomas de debilidad. En apenas siete días, el memorando de paz ha saltado por los aires y deja al planeta – de nuevo – al borde de una guerra abierta en la que Estados Unidos e Irán vuelven a mirarse a los ojos con desconfianza. Una semana ha bastado para encadenar ataques contra buques civiles, rondas de bombardeos estadounidenses acompañadas de sanciones económicas, represalias de Teherán y el enésimo cierre del estrecho de Ormuz. La partida en Oriente Próximo vuelve a la casilla de la que trataron de escapar sus protagonistas con el principio de acuerdo firmado el 17 de junio. Aproximadamente un mes después, todo está en al aire y en tiempo – prácticamente - récord.

El acuerdo provisional debía abrir un periodo de 60 días para negociar una salida al conflicto bélico en la región. Por supuesto, con una estabilidad tal que impidiera un nuevo estallido. Sin embargo, el alto el fuego comenzó a resquebrajarse el lunes y prácticamente quedó visto para sentencia durante el fin de semana, con dos jornadas de intercambio de bombas y amenazas entre Washington y Teherán. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, incluso lo dio por liquidado a mitad de la semana, aunque aceptó mantener los canales indirectos con la República Islámica.

Lunes: primeros ataques que encienden la mecha

La crisis arrancó con una ofensiva contra buques que navegaban las aguas del estrecho de Ormuz. Desde la Casa Blanca atribuyeron los incidentes a fuerzas iraníes y la Administración Trump se lanzó de inmediato al fango con acusaciones directas a Teherán, responsabilizándoles de amenazar la navegación comercial en una ruta crucial para el transporte del petróleo y el gas natural licuado.

Washington afirmó que tres embarcaciones fueron alcanzadas mientras atravesaban el enclave marítimo. La respuesta fue prácticamente inmediata. El Comando Central de Estados Unidos (CENTCOM)  anunciaba un nuevo operativo contra objetivos iraníes para mandar un mensaje y, al mismo tiempo, imponer – según su formulación – “costes” a quienes se atrevieran a atacar a buques mercantes. Incidentes que, por otro lado, soslayaban que el preacuerdo de junio no había resuelto la principal disputa entre las partes. Es decir, el control de la navegación por Ormuz, bajo qué condiciones pueden cruzar los navíos y el techo de la autoridad iraní sobre su vía marítima.

Martes: sanciones económicas

Estados Unidos no sólo ejerció su presión desde el ámbito militar. La Administración Trump planteó una ofensiva económica contra Irán, activando al Departamento del Tesoro para revocar la autorización temporal que abría a Teherán la ventana para la venta de petróleo y productos derivados en el exterior. Una concesión incluida en la fase inicial del plan de entendimiento entre sendos países.

La medida del Gobierno yankee obligaba a cerrar las operaciones pendientes antes del 17 de julio, propinando un severo golpe a una de las principales fuentes de ingresos del régimen iraní. La respuesta de los mercados fue inequívoca, registrando un alza provocada por el temor a una interrupción prolongada de los suministros. Irán denunció que dicha decisión violaba los compromisos adquiridos de mantener el statu quo mientras continuaran las negociaciones. En resumen, un punto de inflexión que derivó en un intenso cruce de acusaciones por haber incumplido el pacto.

Miércoles y jueves: dos noches de bombardeos

La tensión fue a más a partir del miércoles, cambiando las armas burocráticas por misiles. La escalada se trasladó al propio territorio iraní. Las fuerzas de Estados Unidos bombardearon durante dos jornadas consecutivas distintos objetivos, mientras que Irán replicaba con andanadas de misiles y drones contra posiciones estratégicas de Washington y sus aliados en el Golfo Pérsico.

En el fragor de los ataques, Trump aprovechó la cumbre de la OTAN de Ankara para dar por amortizado el alto el fuego. Las conversaciones indirectas no registraron avance alguno y el inquilino de la Casa Blanca retomó un discurso grueso contra las autoridades iraníes. Los ataques estadounidenses de dichas jornadas dejaron, según los balances difundidos por diversas fuentes durante la semana, al menos un centenar de heridos y 17 víctimas mortales. El conflicto traspasaba ya una línea roja peligrosa y amenazaba con involucrar de forma creciente a los países del entorno.

Viernes: última oportunidad para la diplomacia

Sin haber dado de cesar los bombardeos, los principales mediadores – Qatar, Omán, Pakistán, Turquía y Egipto – trataban de reconducir la situación y evitar el colapso definitivo del acuerdo. La maquinaria diplomática trabajaba a pleno rendimiento, trasladando mensajes entre las partes, para mantener los canales de comunicación abiertos, pese a su constante estrechamiento. De ahí surgió la primera respuesta de la Administración Trump, que exigía a Irán el firme compromiso de frenar los ataques a los buques y reconocer que todas las rutas de Ormuz permanecían abiertas para seguir negociando. Además, la Casa Blanca reclamó inspecciones internacionales sobre el programa nuclear iraní. De nuevo, a la casilla de salida.

Teherán, por su parte, reivindicó y blindó su derecho a supervisar el tráfico marítimo en su enclave. La República Islámica dio un portazo al corredor impulsado por Omán y Estados Unidos en el flanco sur del paso marítimo, cuya vocación permitía que los barcos navegaran sin someterse al control iraní. El ministro de Exteriores del país pérsico, Abbas Araqchi, se desplazó a Omán para abordar la situación con su homólogo, Badr al Busaidi. La visita pivotó sobre la navegación y la posibilidad de establecer un sistema de tarifas que, en el práctica, funcionaba también como uno de los pocos puentes indirectos que conectaban a Washington con Teherán.

Sábado: EEUU responde con misiles al cierre de Ormuz

Como era de esperar, Irán no estaba dispuesto a claudicar frente al ultimátum de la Casa Blanca, provocando una nueva escalada en el conflicto en forma de confrontación directa. La Guardia Revolucionaria desplegó una ofensiva contra el carguero GFS Galaxy – con bandera de Chipre -, que sufrió un incendio y daños graves en su sala de máquinas, además de provocar la desaparición de uno de sus tripulantes. Tras ello, la República Islámica decretó el cierre de Ormuz hasta nuevo aviso, tensionando el tablero internacional en todos sus sentidos.

Trump ordenó entonces la tercera ronda de bombardeos de la semana. El CENTCOM emitió un comunicado a través del cual informaba sobre el ataque a más de 300 objetivos durante las tres noches de operaciones con el objetivo de mermar la amenaza iraní a barcos y tripulaciones civiles. Las explosiones se diseminaron por diversos puntos del sur del país, incluyendo los alrededores de Bandar Abás, uno de sus principales puertos. Teherán replicó con una nueva andanada de ataques contra infraestructuras estadounidenses de sus aliados en el Golfo, mientras prometía mantener “por la fuerza” el control del Estrecho.

Una tregua deshecha en siete días

Así, en menos de una semana, el acuerdo del 17 de junio quedaba visto para sentencia. Washington y Teherán mantienen formalmente la puerta abierta a la negociación, pero lo hacen mientras intercambian ataques, sanciones y en el fragor de una disputa militar por el control de una vía marítima estratégica. Lo que debía de ser una ventana de dos meses para que la diplomacia sacara los codos se ha reducido a una sucesión de ultimátums incumplidos y cruces de acusaciones por responsabilizar a la contraparte de romper el acuerdo.

Siete días han bastado para transformar una tregua precaria en una nueva espiral de guerra. La próxima semana dirá si todavía queda espacio para recomponer el diálogo o si Washington y Teherán han entrado en una dinámica que ninguno de los dos es capaz - o está dispuesto - a detener.

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