Durante años, las grandes crisis alimentarias aparecían en los informativos como episodios excepcionales. Una sequía devastadora en el Cuerno de África. Una guerra que arrasaba una región concreta. Una hambruna que movilizaba a gobiernos y organizaciones internacionales. Después, al menos sobre el papel, llegaba la recuperación.
Ese esquema se está rompiendo.
El último Informe Global sobre Crisis Alimentarias, elaborado por una coalición internacional de organismos humanitarios y de desarrollo, dibuja un escenario mucho más inquietante: el hambre ya no responde a una sucesión de emergencias aisladas, sino a la acumulación de crisis que se superponen y se prolongan en el tiempo. El documento cifra en 266 millones las personas que sufrieron niveles elevados de inseguridad alimentaria aguda en 47 países y territorios durante 2025, mientras que 1,4 millones se encontraron en condiciones consideradas catastróficas en lugares como Gaza, Sudán, Yemen, Haití, Malí o Sudán del Sur.
No es un pico. Tampoco una anomalía estadística.
El informe constata que el hambre aguda se ha duplicado en la última década y que, por primera vez en la historia de esta publicación, se declararon dos hambrunas en un mismo año: Gaza y Sudán. Dos conflictos distintos, dos continentes diferentes y una misma conclusión. Lo que antes se consideraba un riesgo extremo empieza a convertirse en una posibilidad recurrente.
La imagen de fondo es la de un planeta que encadena golpes sin tiempo para recuperarse del anterior.
Cuando una crisis tapa a la siguiente
La guerra sigue siendo el principal acelerador del hambre. Lo era hace diez años y continúa siéndolo hoy. Pero algo ha cambiado. Los conflictos actuales duran más, afectan a más población civil y se entrelazan con otros factores que agravan sus consecuencias.
Sudán es probablemente el ejemplo más brutal. Desde el estallido de la guerra entre el Ejército regular y las Fuerzas de Apoyo Rápido en abril de 2023, más de 14 millones de personas han tenido que abandonar sus hogares, según datos de Naciones Unidas. Buena parte de las zonas agrícolas del país han quedado destruidas o inaccesibles, mientras las organizaciones humanitarias denuncian obstáculos constantes para distribuir ayuda.
Gaza ofrece otro retrato de la misma realidad. El bloqueo de suministros, la destrucción de infraestructuras básicas y el desplazamiento masivo de población han provocado una crisis alimentaria sin precedentes recientes en el enclave palestino. Allí, el hambre no surge por falta de alimentos a escala global. Surge porque la guerra impide que lleguen.
La combinación de conflicto y colapso institucional también golpea con fuerza en Haití, donde las bandas armadas controlan amplias zonas del país; en Yemen, atrapado desde hace años en una guerra enquistada; o en regiones del Sahel donde la violencia yihadista convive con la debilidad de los Estados.
El problema es que estas crisis ya no terminan cuando dejan de ocupar titulares. Permanecen. Se cronifican. Y acaban formando parte del paisaje.
El clima deja de ser un factor secundario
Durante mucho tiempo se analizó el cambio climático como un multiplicador de riesgos. Hoy empieza a funcionar como una amenaza directa.
Las sequías que afectan al Cuerno de África ofrecen una muestra clara. Somalia lleva años encadenando temporadas de lluvias insuficientes. En algunas regiones, las cosechas han desaparecido repetidamente y millones de cabezas de ganado han muerto por la falta de agua. Lo que antes era una mala campaña agrícola se ha convertido en un fenómeno recurrente.
Kenia también afronta dificultades crecientes en sus zonas más áridas. Y la situación no se limita a África.
Según la Organización Meteorológica Mundial, 2024 fue el año más cálido registrado hasta la fecha, prolongando una tendencia que está alterando patrones de lluvias, aumentando fenómenos extremos y reduciendo la capacidad de recuperación de comunidades enteras. Cuando una familia pierde una cosecha, puede resistir. Cuando pierde tres consecutivas, las opciones se reducen drásticamente.
Las consecuencias aparecen después en los mercados locales, en el precio de los alimentos básicos y en las tasas de desnutrición infantil.
El informe calcula que 35,5 millones de niños sufrieron desnutrición aguda durante 2025, de los cuales cerca de diez millones padecieron formas severas. Son cifras que reflejan algo más que una emergencia nutricional. Hablan de generaciones enteras creciendo bajo una presión constante.
Menos ayuda cuando más se necesita
Hay un tercer elemento que atraviesa el informe y que recibe menos atención pública que las guerras o las sequías.
El dinero.
La financiación internacional destinada a responder a las crisis alimentarias se está reduciendo. Según el estudio, los fondos humanitarios dirigidos al sector alimentario cayeron alrededor de un 39% en 2025 respecto al año anterior. La ayuda al desarrollo vinculada a estos ámbitos descendió al menos un 15%.
La paradoja es evidente. Mientras aumentan las necesidades, disminuyen los recursos. Y ese recorte no se queda en una tabla presupuestaria. Tiene traducción inmediata sobre el terreno: raciones más pequeñas, menos repartos, clínicas nutricionales desbordadas y programas agrícolas que se suspenden antes de la siguiente cosecha. En contextos frágiles, esa diferencia puede decidir si una comunidad resiste unos meses más o cruza el umbral de la emergencia extrema.
Detrás de esa caída aparecen varios factores: el cansancio de los donantes tras años de crisis consecutivas, el desvío de fondos hacia prioridades de seguridad y defensa, la ralentización económica en numerosos países desarrollados y la creciente fragmentación geopolítica. También pesa un clima político cada vez más hostil hacia la cooperación internacional, utilizada a menudo como gasto prescindible cuando los gobiernos buscan exhibir dureza presupuestaria.
La consecuencia práctica es mucho menos abstracta.
Programas de alimentación escolar que se reducen. Distribuciones de ayuda que llegan a menos familias. Sistemas agrícolas que dejan de recibir apoyo técnico o financiero. En muchos lugares, la diferencia entre una crisis contenida y una hambruna depende precisamente de esos mecanismos preventivos.
La nueva geopolítica del hambre
La preocupación de las agencias internacionales no se limita a los países que ya sufren crisis extremas.
La reciente escalada militar entre Estados Unidos, Israel e Irán ha añadido una nueva variable a un escenario ya deteriorado. Los organismos que participan en el informe advierten de que cualquier interrupción prolongada en los mercados energéticos o en el comercio de fertilizantes puede trasladarse rápidamente a los precios globales de los alimentos.
No sería la primera vez.
La invasión rusa de Ucrania en 2022 provocó una sacudida inmediata en los mercados agrícolas internacionales. El trigo, el maíz, los fertilizantes y el transporte marítimo registraron fuertes alteraciones que terminaron repercutiendo especialmente en los países más dependientes de las importaciones.
Ahora vuelve a aparecer el mismo temor. El encarecimiento de la energía no solo afecta al transporte. También golpea la producción agrícola, el bombeo de agua, la refrigeración de alimentos y el precio de los fertilizantes. Una subida sostenida puede atravesar toda la cadena alimentaria hasta llegar al mercado local de una ciudad africana, a una panadería de Oriente Próximo o a una familia que ya dedicaba casi todos sus ingresos a comprar comida.
No porque falten alimentos a escala mundial. De hecho, la producción global de cereales continúa siendo elevada. El problema reside en el acceso, los costes y la capacidad de compra de los países más vulnerables. En otras palabras: el hambre contemporánea no suele producirse porque el mundo no produzca suficiente comida. Se produce porque millones de personas no pueden obtenerla.
África occidental, la próxima línea de fractura
Los expertos observan con especial preocupación lo que ocurre en África occidental y el Sahel.
Nigeria, el país más poblado del continente, podría registrar uno de los mayores incrementos de inseguridad alimentaria durante 2026. El informe estima que 4,1 millones de personas adicionales podrían caer en situaciones de hambre aguda.
La inflación persistente, la depreciación de la moneda, los conflictos armados en determinadas regiones y el encarecimiento de productos básicos están erosionando la capacidad de resistencia de millones de hogares. En el norte del país, la violencia de grupos armados ha expulsado a comunidades enteras de sus tierras. En las ciudades, el problema adopta otra forma: salarios que no alcanzan, mercados más caros y familias obligadas a reducir comidas o sustituir alimentos por otros más baratos y menos nutritivos.
Malí, Níger y Burkina Faso afrontan dificultades similares.
No se trata de una única crisis. Son varias actuando al mismo tiempo. Violencia, desplazamientos, inflación, deterioro climático y reducción de ayuda internacional. Cada una alimenta a la siguiente. La inseguridad impide sembrar; la falta de cosecha dispara los precios; los precios empujan a más familias al endeudamiento; el endeudamiento reduce cualquier margen para resistir la próxima sequía o el próximo ataque.
Por eso cada vez más organizaciones internacionales han empezado a abandonar el lenguaje de la emergencia puntual. La palabra que aparece con frecuencia es otra: permanencia.
Porque el mapa del hambre ya no se mueve a golpe de catástrofes excepcionales. Se expande lentamente. Se instala. Y sigue creciendo incluso cuando la atención internacional se desplaza hacia otro lugar.
Añadir ElPlural.com como fuente preferida de Google.
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.