El horizonte de la paz en Irán vuelve a estar en Islamabad. Está y no, al mismo tiempo. Según a quién le preguntes. Las conversaciones en Pakistán vuelven al foco, pero en una guerra por el relato que amenaza con devolver al congelador las relaciones entre Estados Unidos y Teherán. La Casa Blanca anunciaba el viernes “conversaciones directas” bajo la mediación de Pakistán. Incluso llegó a enviar una delegación al país – esta vez sin JD Vance, que sólo viajará si se acercan las posturas -. Sin embargo, el Ministerio de Exteriores iraní desmintió a última hora que estuviera prevista una segunda reunión con los emisarios de Washington. Su portavoz, Esmaeil Baqaei, rebajó las expectativas a través de las redes sociales, informando de que sus “observaciones serán transmitidas a Pakistán”.
La acotación de Irán llegaba después de que la Casa Blanca alimentara la idea de un nuevo canal directo. La portavoz Karoline Leavitt aseguró en Fox News – rama mediática del trumpismo – que el enviado especial Steve Wittkoff y Jared Kushner, yerno y asesor del presidente, volarían este sábado a Pakistán para mantener conversaciones “directas”, mediadas por las autoridades paquistaníes. Sin embargo, inmersos en esa batalla invisible por el relato, Teherán negaba lo propio, insistiendo en que no habrá contacto directo con los estadounidenses y que será Islamabad quien actuará como puente entre sendas partes.
Islamabad, capital de una paz improbable
Pakistán ha asumido el delicado papel de mediador entre dos enemigos que no quieren dar su brazo a torcer de cara al público. Ni Washington ni Teherán quieren proyectar la imagen de que han acabado cediendo ante el otro. Islamabad ya fue escenario de rondas previas de negociación al más alto nivel y, ahora, vuelve a situarse como epicentro de paz a un conflicto que está próximo a cumplir dos meses, pero muy lejos de desencallar. La escalada de tensión en Ormuz, la cuestión nuclear aún en el aire y las difíciles relaciones diplomáticas neutralizan cualquier síntoma de optimismo y alejan las posibilidades de una salida cercana a la guerra.
En la capital, pese a todo, se encuentra el ministro de Exteriores iraní, Abbas Araqchi. Sin embargo, su desembarque en Islamabad no es sino – siempre según la versión de Teherán – una suerte de carantoña para con Pakistán por sus “esfuerzos de mediación y buenos oficios” para poner fin a lo que Irán define como una “guerra de agresión” impuesta por Estados Unidos. Su homólogo pakistaní, Ishaq Dar, junto al jefe del Ejército nacional, Asim Munir, dos figuras cruciales en la interlocución entre la Casa Blanca y el país oriental, recibieron a los emisarios iraníes con un mensaje cordial y celebrando su aterrizaje en su territorio. Incluso llegó a describir a Araqchi como su “hermano”, al tiempo que defendía una segunda cita destinada a “promover la paz y la estabilidad en la región”.
Pero el funcionarial lenguaje diplomático es incapaz de esconder los tintes de desconfianza que trufan las palabras de ambas partes. Irán no quiere regalar a Trump la imagen de una negociación directa bajo presión militar. En cambio, Estados Unidos necesita vender movimiento, iniciativa y control de una guerra que se prolonga sin ofrecer una salida ni tan siquiera avances tangibles, más allá del puro relato de la Administración en sus vaivenes retóricos habituales. De ahí la importancia del término “directas”, habida cuenta de la connotación de avance que engalana el anuncio de Washington. No implica, sin embargo, lo mismo para Teherán, que lo asume como una concesión que no está dispuesto a entregar.
Tregua flexible
El presidente de Estados Unidos anunciaba esta misma semana una extensión del alto el fuego pactado el 8 de abril, sin precisar un plazo límite para reanudar los ataques en caso de acuerdo fallido. El gesto se vendió como una oportunidad para la vía diplomática, pero manteniendo vigente la amenaza. La Casa Blanca insiste en que Irán acepte todas las condiciones sobre la mesa para la desescalada militar. La contraparte, sin embargo, condiciona cualquier entendimiento al levantamiento del bloqueo impuesto por Washington al estrecho de Ormuz y al resto de sus puertos.
He aquí la madre del cordero del conflicto. La guerra no sólo se libra en el campo de batalla, sino también se mide en rutas marítimas, exportaciones de petróleo, presión económica y el control de una arteria fundamental por la que circula una parte sustancial del comercio energético global. Según Reuters, el cierre parcial de Ormuz y el bloqueo yankee a las exportaciones iraníes presionan hasta la extenuación los mercados, lo que conduce a un incremento del coste económico de la crisis que, a su vez, desata sus iras sobre los ciudadanos. En estas turbulentas aguas navega la diplomacia pakistaní, con ánimo y optimismo de suavizar las posturas y evitar que la tregua se recuerde como una pausa entre dos fases del conflicto armado. Las conversaciones tratan de reabrir el canal, pero ni siquiera existe acuerdo sobre el formato.
Así, a pesar de los anuncios a bombo y platillo de la reanudación de las negociaciones, la jornada de este sábado se antoja más como una toma de temperatura que un conato de solución. Si bien la llegada de Witkoff y Kushner puede reactivar la vía diplomática, el desmentido iraní devuelve al congelador el relato triunfalista de la Administración Trump. Habrá contactos en Islamabad, pero crecen las dudas de una reapertura directa del canal de comunicación con capacidad real para desbloquear la guerra.
Ninguna de las partes, inmersas en reiteradas pataletas diplomáticas, coincide en definir lo que ocurrirá en Pakistán. Para la Casa Blanca, son conversaciones directas mediadas por Islamabad. Para Irán, sin embargo, una visita oficial para trasladar sus observaciones a través de un tercero. Por último, para los mediadores, la oportunidad de mantener viva la tregua. Una batalla semántica que, a la postre, resume el estado de la guerra; con la paz aún lejos de ser eje de la negociación en una mesa compartida, llena de matices y relatos cruzados.
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