Más de medio siglo después de que la Luna fuera el escenario dónde se decidía quién mandaba en la Tierra, la historia se repite. La carrera espacial ha vuelto a comenzar, y el escenario recuerda mucho al del siglo pasado. Estados Unidos se lanza de nuevo a la conquista de nuestro satélite, en medio de un contexto geopolítico convulso y con un rival hegemónico ante el que marcar músculo. En este caso es China la que acelera las cosas, y amenaza con aguar la fiesta a Donald Trump en su obsesión por dominar el espacio.
Al igual que durante la Guerra Fría, la geopolítica explica el despliegue económico de los países para llegar a la Luna. Estados Unidos y China mantienen en las últimas décadas una rivalidad que, de momento, se limita a dominar el mapa comercial, pero que recuerda a la pugna con la Unión Soviética desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Dos bloques enfrentados, dos modelos antagónicos, y dos maquinarias de propaganda que buscan ser las primeras en llegar dónde nadie había llegado antes.
En ese esfuerzo por plantar bandera antes que nadie, la NASA (Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio) vuelve a las portadas de todo el mundo. Trump conoce el poder simbólico de su agencia espacial, y lo quiere aprovechar en el arranque de esta nueva carrera. La misión Artemis II copa titulares estos días, y recupera los vuelos tripulados alrededor de la Luna por primera vez desde que terminaran las misiones Apollo, que llevaron al hombre a pisar nuestro satélite hace más de 50 años.
La operación, concebida como un viaje de unos diez días, no está pensada para alunizar, sino para probar con tripulación real toda la arquitectura de navegación, soporte vital y operaciones en espacio profundo que sostendrá las siguientes fases del programa. La misión Artemis II, conformada por los astronautas Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen, sirve como banco de pruebas del verdadero objetivo: la llegada del hombre a Marte.
La NASA no lo esconde en sus documentos oficiales: "El primer vuelo tripulado de Artemis marca un paso clave hacia un retorno a largo plazo a la Luna y futuras misiones a Marte", dicen en su web. Esta misión es la prueba de fuego del despliegue que pretende, a futuro, llegar al planeta rojo. El cohete SLS, la nave Orion, la futura estación lunar Gateway, los módulos de alunizaje y nuevos trajes y vehículos de superficie; todo ello con el objetivo de comprobar si la tecnología está preparada para una presencia humana sostenida fuera de la órbita baja y convertir cada paso en una lección para el objetivo de caminar por la superficie de Marte.
Estados Unidos vuelve a la carrera espacial
De vuelta al aspecto geopolítico, está claro que Washington no invierte miles de millones de dólares en volver a La Luna por nada. Más allá de objetivos científicos, Estados Unidos busca marcar músculo frente a sus rivales estratégicos, en un esfuerzo en el que la NASA ya no está sola. La agencia marca el rumbo, pero la última década ha visto aflorar lo que parecía cosa de ciencia ficción unos pocos años antes: magnates usando su fortuna para lanzarse al espacio.
Empresas como SpaceX -y en menor medida Blue Origin, de Jeff Bezos-, han robado protagonismo a la NASA en los últimos años, con sus misiones haciéndose un hueco preferente en las portadas de todo el mundo. Su objetivo es puramente comercial, con la posibilidad de que los viajes espaciales se conviertan en una forma más de ocio para ricos como futurible, pero se han convertido en engranajes fundamentales del nuevo proyecto espacial de Washington. La compañía del amigo de Trump Elon Musk, ha logrado consolidarse como socio imprescindible del programa espacial estadounidense, tanto por su capacidad de lanzamiento como por su peso en el desarrollo de sistemas vinculados al regreso lunar.
La exploración espacial estadounidense ya no funciona como una épica exclusivamente estatal, sino como una reivindicación de la colaboración entre el poder público y empresas privadas. Este giro se ve también en las cifras: el presupuesto de la NASA ha pasado de 18.686 millones de dólares a 25.400 millones entre 2010 y 2025, creciendo más de un 33% en solo quince años. Solo para la misión Artemis, la Casa Blanca reservó 7.800 millones en 2025. A ello se suman las partidas destinadas a transporte comercial y nuevas estaciones espaciales privadas, que la NASA cifra en 6.900 millones de dólares desde 2019 en contratos para desarrollar esos sistemas con SpaceX y Blue Origin.
China, contendiente de la nueva 'Guerra Fría espacial'
Y luego está China, que tampoco parece dispuesta a aflojar ante su rival en esta nueva carrera espacial. Pekín ha avanzado en pocos años en sus ambiciones, poniendo en valor su modelo de planificación estatal: ha construido la estación espacial Tiangong, en órbita desde abril de 2021, ha desarrollado con éxito las misiones lunares Chang’e, ha aterrizado un rover en Marte, también en 2021, y mantiene el objetivo declarado de llevar astronautas a la Luna antes de 2030. Además, impulsa junto a Rusia y otros socios la Estación Internacional de Investigación Lunar, que planea ser una base científica que compita con la arquitectura liderada por Washington.
El escenario invita a echar la vista atrás, concretamente al siglo pasado. La Guerra Fría resuena entre los datos de este monstruoso despliegue económico, tanto de Estados Unidos, como de China, que asume en este caso el papel de bloque hegemónico contrario al norteamericano que tenía la Unión Soviética en el siglo XX. Dos modelos de poder que compiten también por atraer socios, imponer estándares y dominar la tecnología, los recursos, la legitimidad y, sobre todo, el relato.
Mientras los ojos del mundo miran a los cuatro astronautas de la misión Artemis II, la historia recuerda que la carrera espacial de los años 60, en la que las potencias competían por ver quién iba más lejos y desarrollaba más tecnología, y tiraban por el sumidero de la propaganda miles de millones, no fue más que una estrategia para que Moscú mirara a la Luna, mientras Washington ganaba la partida en la Tierra.