El nuevo acuerdo de paz entre Israel y Líbano ha nacido prácticamente bajo las bombas. Apenas firmado el marco impulsado por Estados Unidos, el Ejército israelí ha mantenido sus operaciones en territorio libanés y ha dejado claro que no contempla una retirada efectiva del sur del país mientras Hezbolá no entregue sus armas. La consecuencia inmediata es que el pacto, presentado como una vía para cerrar una nueva fase del conflicto, arranca ya condicionado por la continuidad de la ofensiva militar israelí.

Según recogen diferentes agencias, el acuerdo establece una retirada gradual de Israel, pero la vincula al desarme completo de Hezbolá por parte del Ejército libanés. Esa condición convierte el supuesto camino hacia la paz en un mecanismo de presión casi imposible de aplicar a corto plazo: Líbano debe desarmar a la principal milicia del país antes de recuperar plenamente el control de su territorio, mientras Israel se reserva la capacidad de seguir operando militarmente en la zona.

La fórmula deja a Beirut atrapada en una pinza. Por un lado, se le exige imponer su autoridad en el sur de Líbano frente a Hezbolá. Por otro, esa misma soberanía queda limitada por la presencia israelí y por un acuerdo que no fija garantías sólidas ni plazos cerrados para la retirada. En la práctica, Israel obtiene margen para mantener tropas, conservar una zona de seguridad y justificar nuevas acciones militares bajo el argumento de que la amenaza de Hezbolá sigue activa.

Un acuerdo marcado por las condiciones de Israel

La arquitectura del pacto explica buena parte de su fragilidad. El texto contempla que el Ejército libanés asuma el control de zonas piloto, que se activen mecanismos internacionales de supervisión y que Estados Unidos lidere el respaldo económico para la reconstrucción. Sobre el papel, el objetivo es estabilizar el sur del país y permitir el regreso de la población desplazada.

Sin embargo, el elemento decisivo no es la reconstrucción, sino la condición impuesta para que Israel se retire. La salida de las tropas israelíes queda supeditada a que Hezbolá deje de representar una amenaza y sea desarmado. Dicho de otro modo: la retirada no depende solo de Israel, sino de una exigencia que el Estado libanés difícilmente puede ejecutar sin abrir una crisis interna de gran alcance.

Hezbolá ya ha rechazado el acuerdo y lo considera una rendición ante los intereses israelíes. Su número dos, Naim Qassem, ha defendido que la organización no aceptará entregar las armas mientras exista presencia militar israelí en suelo libanés. Esa posición bloquea el núcleo del pacto: Israel no se retira si Hezbolá no se desarma, y Hezbolá no se desarma mientras Israel siga en Líbano.

El resultado es un círculo vicioso que beneficia sobre todo a Netanyahu. Mientras esa condición no se cumpla, Israel puede presentar su presencia militar como una medida defensiva y no como una prolongación de la ocupación. Y cada nuevo ataque en el sur de Líbano erosiona aún más la credibilidad de un acuerdo que, en teoría, debía servir para reducir la violencia.

Bombas después de la firma

La continuidad de la ofensiva israelí ha sido inmediata. En los últimos días, Israel ha anunciado la destrucción de infraestructuras subterráneas atribuidas a Hezbolá en el sur de Líbano y ha mantenido ataques selectivos con drones. Uno de esos golpes se produjo después de la firma del acuerdo y fuera de las zonas señaladas en el mapa inicial de seguridad, según informó Reuters.

El mensaje político es claro: Israel no interpreta el pacto como un freno a sus operaciones, sino como una cobertura para seguir actuando mientras exige a Líbano que haga el trabajo que Tel Aviv considera imprescindible. La paz, en esas condiciones, queda subordinada a la estrategia militar israelí.

La reacción dentro de Líbano ha sido de rechazo y desconfianza. El presidente del Parlamento, Nabih Berri, figura clave del equilibrio político libanés y aliado de Hezbolá, ha advertido de que el acuerdo no será aplicado. Otros sectores consideran que el pacto no garantiza la retirada israelí y que obliga al Estado libanés a asumir una confrontación interna que podría agravar todavía más la crisis del país.

La tensión es especialmente delicada porque el conflicto ha provocado desplazamientos masivos y ha golpeado de lleno a la población civil del sur de Líbano. El regreso de los desplazados depende de una estabilidad que, por ahora, no existe. Si Israel mantiene ataques y Hezbolá rechaza el desarme, las zonas afectadas seguirán convertidas en un territorio suspendido entre la guerra abierta y una paz que no termina de llegar.

El acuerdo, tal y como está planteado, no desactiva el conflicto: lo administra. Permite hablar de diplomacia en Washington mientras sobre el terreno continúan las operaciones militares, las amenazas cruzadas y la incertidumbre sobre quién controla realmente el sur del país. Israel consigue introducir sus condiciones de seguridad en el centro del documento, mientras Líbano queda obligado a demostrar una capacidad de control que no tiene garantizada.

La firma del acuerdo, por tanto, no ha abierto una etapa de paz verificable, sino una disputa por el relato y por el terreno. Israel lo presenta como una vía para garantizar su seguridad; Hezbolá lo denuncia como una imposición; y Líbano queda en medio, con su soberanía condicionada desde dentro y desde fuera.

Súmate a

Apoya nuestro trabajo. Navega sin publicidad. Entra a todos los contenidos.

hazte socio

 

Añadir ElPlural.com como fuente preferida de Google.

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora