La tregua de dos semanas pactada entre Estados Unidos e Irán apenas ha aguantado unas horas antes de entrar en zona de riesgo. Israel la ha golpeado de frente con la mayor oleada de bombardeos sobre Líbano desde que arrancó la guerra con Hizbulá el pasado 2 de marzo. La secuencia deja poco margen para la duda: mientras Washington y Teherán intentaban abrir una vía de negociación en Islamabad, el Ejército israelí lanzó ataques masivos sobre Beirut, el valle de la Bekaa y el sur del país. El balance provisional que difundieron los servicios de defensa civil libaneses ascendió a 254 muertos y más de 1.100 heridos. La ONU habló de una escena “horrífica”.

El dato político pesa tanto como el militar. Irán sostiene que el alto el fuego con Estados Unidos exigía también un cese de las operaciones israelíes en Líbano. El presidente iraní, Masud Pezeshkian, lo consideró una condición esencial del entendimiento con Washington. Hezbolá recibió ese mismo mensaje, según declaró a Reuters el diputado Ibrahim al-Moussawi: que el grupo quedaba cubierto por la tregua y que, por eso, había detenido sus ataques durante unas horas. La versión de la Casa Blanca fue otra. Tanto el vicepresidente JD Vance como la portavoz Karoline Leavitt aseguraron que Líbano nunca estuvo incluido. Benjamin Netanyahu lo zanjó en televisión: el pacto con Irán no afectaba a la campaña israelí contra Hezbolá.

Ahí está la grieta. También el problema central. La desescalada entre Washington y Teherán nacía ya con una carga de ambigüedad considerable, pero necesitaba una premisa mínima: frenar la combustión regional. Israel ha hecho lo contrario. Ha reventado el primer día de la tregua con una operación que, además de multiplicar las víctimas, coloca a Irán ante un coste interno y externo difícil de asumir. Sentarse a negociar con Estados Unidos mientras un aliado suyo machaca Beirut deja a Teherán expuesto ante sus socios, ante su opinión pública y ante el llamado “eje de la resistencia”. No es casual que el embajador iraní ante la ONU en Ginebra avisara de que nuevas agresiones israelíes en Líbano complicarían las conversaciones y tendrían “consecuencias”.

Washington había vendido el acuerdo como una pausa útil para cerrar un arreglo más amplio. Donald Trump anunció el 7 de abril la suspensión de los bombardeos contra Irán durante dos semanas, después de la mediación de Pakistán y a cambio, según su versión, de la apertura “completa, inmediata y segura” del estrecho de Ormuz. Aseguró incluso que la propuesta iraní de diez puntos ofrecía una “base viable” para negociar y que gran parte de los puntos de fricción estaban ya encauzados. Teherán aceptó ir a conversaciones oficiales en Islamabad este viernes, aunque dejó claro desde el primer momento que acudía sin confianza y con las fuerzas armadas en alerta.

Ese marco era frágil, pero existía. Los contactos previos entre Washington y Teherán ya habían registrado algunos avances en Ginebra a finales de febrero, antes de que se reanudaran los planes para otra ronda en Viena. Esa vía saltó por los aires cuando Estados Unidos e Israel lanzaron sus ataques conjuntos contra Irán dos días después. La tregua anunciada ahora pretendía recuperar, al menos de forma provisional, el hilo diplomático roto por la guerra. Israel, con los bombardeos de este miércoles, ha vuelto a empujar en dirección opuesta.

Beirut y el sur, bajo las bombas

Lo ocurrido en Líbano tampoco encaja en la lógica de una operación quirúrgica. Reuters recoge que Israel atacó más de cien supuestos centros de mando de Hezbolá en apenas diez minutos. Parte de los bombardeos cayó en zonas densamente pobladas. En el centro de Beirut hubo impactos sin aviso previo. Un hospital en Al-Aabbassiye, cerca de Tiro, sufrió daños tras un ataque que mató a cuatro personas. Otro proyectil alcanzó una ambulancia de la Autoridad Sanitaria Islámica en Qlaileh y mató a tres. La oficina de derechos humanos de la ONU recordó que el derecho internacional humanitario obliga a proteger a la población civil y exigió investigaciones independientes.

Sobre el terreno, la ofensiva agrava un país ya exhausto. Israel ha emitido órdenes de evacuación que afectan a cerca del 15% del territorio libanés, ha golpeado infraestructuras críticas y ha dejado a más de 1,2 millones de personas desplazadas. Este miércoles también fue destruido el último puente que conectaba el sur del país con el resto de Líbano a través del río Litani. Uno de los grandes hospitales de la capital pidió donaciones urgentes de sangre de todos los grupos.

La respuesta no tardó. Hezbolá reanudó el lanzamiento de cohetes hacia el norte de Israel y vinculó esa decisión a las “violaciones” israelíes del alto el fuego. Irán endureció el tono. Y la propia negociación con Estados Unidos quedó tocada antes de empezar. No porque la diplomacia haya desaparecido de golpe, sino porque el mensaje que recibe Teherán es nítido: Washington puede firmar una pausa, pero no garantiza que su principal aliado en la región deje de disparar.

Washington aprieta el cerco

A ese escenario se sumó este miércoles Donald Trump con un mensaje que elevó aún más la presión. El presidente de Estados Unidos aseguró que todo el despliegue militar estadounidense que considere necesario seguirá “en sus posiciones”, dentro y alrededor de Irán, hasta que se cumpla por completo el acuerdo alcanzado con Teherán. No habló en términos diplomáticos. Habló de “persecución y destrucción letales” contra un enemigo que, según su versión, ya está “considerablemente debilitado”. Y remató la advertencia con una amenaza directa: si el pacto no se respeta, llegará un “tiroteo a mayor escala”, “mejor y con mucha más fuerza” de lo visto hasta ahora. La frase no corrige la fragilidad del alto el fuego. La subraya.

Ese tono encaja mal con la idea de una desescalada real y agranda la confusión que ya ha abierto Líbano. Porque la tregua de dos semanas anunciada por Washington se presentó como una pausa para ordenar el tablero, pero el propio Trump deja claro que el aparato militar de EEUU no se mueve un centímetro y que la opción de una ofensiva mayor sigue intacta. A la vez, insiste en dos exigencias centrales para Washington: que Irán no tenga armamento nuclear y que el estrecho de Ormuz vuelva a operar con normalidad. El problema es que ese mismo acuerdo sobre el papel choca con versiones enfrentadas sobre su alcance. Washington e Israel sostienen que Líbano queda fuera. Pakistán, mediador en las conversaciones, ha defendido lo contrario. Y Teherán ha vinculado el paso seguro por Ormuz a la coordinación previa con sus Fuerzas Armadas.

En paralelo, sobre el terreno persiste la incertidumbre en uno de los puntos más sensibles del comercio mundial. Aunque Irán ha accedido a permitir un tránsito “seguro” por Ormuz, la Guardia Revolucionaria ha pedido a los buques que eviten la ruta principal y utilicen corredores alternativos de entrada y salida trazados por su Armada, ante el riesgo de minas antibuque en la zona. No es un detalle técnico. Es otra señal de hasta qué punto el acuerdo nace rodeado de amenazas, condiciones cruzadas y margen para la ruptura. Israel ha puesto esa debilidad a la vista con su ofensiva en Líbano. Trump, lejos de taparla, la ha convertido en doctrina: tregua formal, armas preparadas.

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