Irán ha llevado la voz cantante en la guerra soterrada de desmentidos. Una batalla diplomática por el relato que necesitaba Donald Trump para apaciguar las dudas entre los republicanos y el pueblo de Estados Unidos. El viernes, los actores protagonistas confirmaban que el acuerdo entre Washington y Teherán estaba prácticamente sellado; horas después de que las autoridades del país del Golfo Pérsico destruyeran el optimismo del magnate norteamericano al dar por sellado el pacto por la paz. Las tornas han cambiado y ahora es la Casa Blanca la que pone el freno en la retórica optimista iraní, después de que agencias afines al poder de la república islámica difundieran el borrador de 14 puntos para poner fin a la guerra. Un texto que incluye desde el cese permanente e inmediato de las hostilidades en todos los frentes – incluyendo Líbano -, pero también abre un periodo de 60 días de conversaciones para abordar la cuestión nuclear. Éste, que junto con el control sobre el estrecho de Ormuz ha sido uno de los puntos de fricción entre las delegaciones, no contemplaría el programa de misiles iraní; lo cual ha provocado la reacción del presidente estadounidense para negar el relato del régimen.

Lo que han dicho, incluida su débil y patética declaración sobre la existencia de un acuerdo, no tiene nada que ver con la verdad. Son personas muy deshonestas con las que tratar. Con ellos, no existe tal cosa como negociar de buena fe. ¡INCREÍBLE!”, protestó Trump a través de su perfil en la plataforma Truth Social, que daba un giro a esa centrifugadora narrativa en la que se habían convertido las negociaciones de paz con Irán. La cuestión es que el borrador del documento se asemeja más a una posición de máximos iraní enfocada a que empiece a negociar el acuerdo final. Así figura, de hecho, en el texto de 14 puntos filtrados por los medios afines a la República Islámica.

Para encarrilar esa fase final de la negociación, Estados Unidos deberá levantar las sanciones impuestas, poner fin al bloqueo naval a los puertos iraníes en Ormuz y liberar 24.000 millones de dólares de fondos iraníes congelados en el exterior. De hecho – apunta el texto -, la mitad de esta suma debería estar disponible antes de que los interlocutores se sienten a la mesa de negociación. Unos detalles que no han sido confirmados por la Casa Blanca y que, públicamente, Trump se ha encargado de negar.

Aun con todo, las conversaciones para el acuerdo a largo plazo orbitan sobre el “destino del uranio enriquecido y el enriquecimiento nuclear, el levantamiento de las sanciones y el programa de reconstrucción económica iraní”. La cuestión nuclear, troncal durante todo este proceso, es la que genera más fricciones entre las partes. Mientras Teherán abandera el derecho a enriquecer uranio, Washington manifiesta que el objetivo central de su política es impedir el acceso iraní al armamento nuclear. En este punto, además, convergen los dos aliados – EEUU e Israel -, tal y como apuntó el primer ministro hebreo, Benjamin Netanyahu, este mismo viernes al asegurar que ambos coinciden en que Irán no debe desarrollar el arma nuclear. “Y eso no sucederá mientras yo sea primer ministro”, prometió.

Los 14 puntos de Irán

En cualquier caso, siempre acorde al documento difundido por las agencias iraníes, la Casa Blanca debe comprometerse a la “no injerencia en asuntos internos” de la República Islámica. De cristalizar este punto, la oposición al régimen de los ayatolás sufriría un duro revés, especialmente las hordas de manifestantes que protestaron de forma masiva el pasado mes de enero. De hecho, uno de los instigadores exteriores de las concentraciones fue el propio Trump, quien animaba a los iraníes a la resistencia a salir a la calle. Ese respaldo público a estos grupos que operan en la región y que actúan como fuerza de confrontación a los intereses de Teherán en la zona quedaría también fuera de las conversaciones.

Pero al margen del acuerdo de paz y el habitual requerimiento de reducir al máximo la injerencia de EEUU en el país, el estrecho de Ormuz cobra un papel protagónico en el acuerdo. De hecho, el futuro del estratégico enclave marítimo ha sido uno de los principales focos de fricción entre las delegaciones. El documento establece su reapertura en un plazo máximo de 30 días, aunque sería Irán quien mantendría algún tipo de control a través de acuerdos previos. Según reveló la agencia Irna, se prevé que Teherán administre el paso en conjunción con Omán, país del Golfo que ocupa la otra parte de la orilla y con quien las autoridades de la república ya mantuvieron conversaciones previas sobre este punto.

Un grueso del borrador está prácticamente aprobado, pero aún faltan algunos puntos que deben ser supervisados por las “autoridades competentes” del régimen, tal y como acotó este mismo viernes el portavoz del Ministerio de Exteriores iraní, Ismail Bagaei, quien fue el encargado de enfriar el optimismo de Trump el jueves. “Tan pronto como lleguemos a una conclusión final que sirva a los intereses de la nación iraní, se anunciará oficialmente”, expuso. Un horizonte que, según destilan fuentes de la Casa Blanca podría ocurrir este mismo fin de semana. En este sentido, la agencia Reuters, citando a una fuente anónima, informó de que la firma del tratado podría cristalizar este domingo en Ginebra, aunque desde el aparato mediático oficialista iraní tildan esa posibilidad de excesivamente optimista, cuando no falsa.

El memorando aborda también otras concesiones clave por parte de la Casa Blanca, como el compromiso tácito de retirar sus fuerzas militares de los alrededores del país, así como presentar un plan para la reconstrucción de su economía. “Estados Unidos y sus aliados deben presentar planes para la reconstrucción de Irán por un valor mínimo de 300.000 millones de dólares”, expone el borrador filtrado por las agencias de noticias del país. Sin embargo, el punto más llamativo del documento es la vinculación del acuerdo con una solución para el frente en el Líbano que enfrenta a Israel con Hezbolá. Netanyahu no participa activamente en las negociaciones, pero es el aliado principal de Washington en la región y siempre ha buscado que ambas carpetas permanecieran indisolubles. De ahí que un acuerdo que frenara el ánimo de Tel Aviv abriría una brecha en el gobierno hebreo, sustentado por fuerzas sionistas de extrema derecha.

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