Un mismo fenómeno natural ha sacudido a dos naciones, dos países hermanos que, en cuestión de algo más de un mes, se han visto afectados por fuertes terremotos de devastadoras consecuencias. La Guaira, en Venezuela, tembló a finales de junio, dejando una imagen internacional de tragedia con escasos precedentes y una oleada de solidaridad por ayudar a un pueblo en auxilio. Ahora, entrado agosto, el departamento del Chocó, en Colombia, ha corrido una suerte muy similar de la que aún se están evaluando los daños humanos y materiales.
Ambos países latinoamericanos fueron, y son, motivo de preocupación social y política en el escenario internacional, tanto para la reconstrucción como por la búsqueda de víctimas y supervivientes en el caso colombiano. Sin embargo, el escenario que ha dejado a su paso cada uno de los seísmos guarda ciertas similitudes, pero más aún diferencias en las que cabe no caer en la generalización.
Colombia aún evalúa daños
Aún es prematuro aventurar el balance de daños que puede contabilizar el departamento del Chocó y las principales ciudades afectadas por el terremoto de 7,4 de magnitud que sacudió este lunes la parte occidental colombiana, en las cordilleras de los Andes y la zona cercana al Océano Pacífico.
San José del Palmar se llevó la peor parte, siendo el epicentro del seísmo, pero las ciudades de Cali, Pereira, Manizales y Quibdó también han vivido en sus propias carnes la catástrofe con numerosos daños personales, donde aún se buscan a supervivientes entre los escombros a la par que se contabilizan víctimas mortales, y materiales, donde edificios enteros se han derrumbado a causa de los temblores. Hasta la fecha, las cifras oficiales hablan de 240 muertos y más de 900 heridos.
Una de las principales diferencias con La Guaira es la profundidad del seísmo, teniendo en cuenta que el de Colombia se dio a más de 100 kilómetros de profundidad de la superficie según el Servicio Geológico Colombiano, lo que afecta directamente a la magnitud de la sacudida que se percibe a pie, así como la extensión de la misma, puesto que llegó a sentirse en otras grandes urbes como Bogotá o Medellín, también en el país vecino Ecuador.
En lo que concierne a los daños materiales, los que más han trascendido fueron el derrumbe de parte de la Catedral de Manizales, así como derrumbes de edificios con personas atrapadas en Cali o colapsos en Pereira, cuyo aeropuerto ha quedado inutilizable.
La zona geográfica también influye en el comportamiento de estos fenómenos, puesto que Colombia se encuentra en un punto terráqueo en el que coinciden tres placas tectónicas: Nazca, la Sudamericana y el Caribe, donde suele darse frecuente actividad sísmica.
Sobre la gestión de la catástrofe, el nuevo presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella, quien asumió el cargo el pasado viernes, se puso desde el primer momento este lunes al frente de la coordinación de la emergencia y en la instalación del Puesto de Mando Unificado instalado en San José del Palmar, prometiendo una respuesta eficaz a la ciudadanía.
Cabe tener en cuenta la historia sísmica colombiana, cuya misma zona afectada ahora ya sufrió episodios similares en su historia reciente. El primero de ellos, en 1982, en Popayán, que dejó 287 víctimas mortales. A este, le siguió otro en 1999 de magnitud 6,2 grados que dejó cerca de un millar de fallecidos en la ciudad de Armenia.
La Guaira, el terremoto más mortal
En comparación con este escenario, Venezuela enfrenta y asume una imagen mucho más devastadora. El reflejo más evidente de ello es el balance mortal, debido a que La Guaira terminó por apuntar más de 5.000 fallecidos a causa de los temblores, tanto en los momentos del seísmo como a causa del derrumbe de edificaciones.
El principal punto de diferenciación entre los terremotos de ambos países fue que Venezuela vivió dos temblores seguidos, lo que intensificó la tragedia a una escala mayor. Los seísmos fueron de magnitud 7,2 y 7,5, separados ambos por 39 segundos y que terminaron por desencadenar una catástrofe con escasos precedentes en América del Sur.
Debido a que la profundidad de ambos temblores fue significativamente superficial, en comparación con el de Colombia, de entre 22 a 10 kilómetros de la superficie, las consecuencias en tierra fueron mucho mayores, especialmente a nivel material por los destrozos y derrumbes que provocó, afectando también a zonas densamente pobladas como Carabadella y Catia La Mar.
Ambos temblores se dieron en la misma zona, en la costa norte venezolana cercana a Morón, una zona al límite entre las placas tectónicas del Caribe y la Sudamericana. Las vidas mortales que se perdieron se elevaron a más de 5.000, así como los heridos a 16.740 y cerca de 18.000 las personas que se quedaron sin hogar. Un escenario del que aún Venezuela está lejos de volver a la normalidad.
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