Semanas intensas en Bruselas. La Unión Europea vuelve a mirarse en el espejo de sus viejos fantasmas. Por un lado, China. Por el otro, el presupuesto comunitario que amenaza al expansionismo de la era de los fondos europeos para regresar al austericidio. Entre medias, una pregunta que anuda las gargantas de los Veintisiete: si Europa debe responder a los desafíos globales levantando muros o construyendo músculo propio sin renunciar al diálogo. En materia migratoria se ha apostado por la primera opción recientemente. Está por ver lo que ocurrirá en las otras cuestiones. Lo que sí se puede confirmar son las grietas en la fachada de la comunidad europea tras una primera cumbre de líderes que ha dejado una fotografía más que nítida de la tensión que se respira. Emmanuel Macron apuesta por el puño de hierro frente a Pekín, mientras que Pedro Sánchez aboga por una relación pragmática con el Gigante Asiático porque Europa no puede permitirse otra espiral de tensión económica.
La discusión formal giraba en torno a los llamados “desequilibrios macroeconómicos globales”; una fórmula diplomática para señalar a China sin mencionarla en exceso. España, auspiciada por Alemania y otro socios, recela de señalar directamente a Pekín por el temor abrir un nuevo frente comercial paralelo a la cruzada arancelaria emprendida hace un año por Donald Trump. Francia, en cambio, reclama desde hace tiempo una Unión Europea más contundente, con nuevos escudos de defensa comercial para responder a la competencia desleal, la sobreproducción y los subsidios que a su juicio distorsionan el mercado.
Las conclusiones se resumen en ese equilibrio inestable. Los Veintisiete han encargado a la Comisión Europea que explore una nueva batería legislativa de defensa comercial para proteger los intereses del bloque, pero con espacio a pie de página para mantener un “diálogo constructivo” con los principales socios económicos de la Unión. Es decir, prepararse para la defensa, pero sin volar los puentes diplomáticos. He aquí donde chocan las dos principales posturas, abanderadas cada una por Macron y Pedro Sánchez. El presidente galo insiste en que Europa debe alejarse de su ingenuidad comercial con mecanismos más ágiles para proteger sus industrias estratégicas. La Italia de Giorgia Meloni y Países Bajos forman trinchera con Francia, instando a la confección de contramedidas arancelarias o un mecanismo anticoerción.
España, sin embargo, apela por la prudencia sin renunciar a la independencia estratégica que debe adoptar la Unión Europea. En Moncloa temen que una ofensiva demasiado dura contra Pekín tenga un efecto bumerán sobre la economía comunitaria. El propio Pedro Sánchez lo verbalizó a su llegada a Bruselas: “Europa lo que necesita son amigos”. Es decir, el jefe del Ejecutivo defendió construir puentes con China, en lugar de volarlos. Máxime en un momento marcado por la fragmentación del orden clásico mundial y el incremento de las tensiones comerciales entre las potencias. La posición española no implica enterrar los problemas de fondo. La UE comparte la preocupación por la competencia desleal, los subsidios o la necesidad de reducir el margen de dependencia de terceros. Sin embargo, el Gobierno disiente en las formas. La respuesta comunitaria no debe edificarse sobre una espiral proteccionista sin salida. La autonomía estratégica no puede confundirse con el aislamiento económico, defienden.
Según trasladan desde Bruselas, los líderes coinciden en la necesidad de preservar la unidad de los Veintisiete en la carpeta comercial, así como garantizar una competencia leal a nivel global. Sin embargo, esa cohesión política convive con una fractura evidente en el cómo llevarlo a la práctica. El bloque encabezado por Macron apuesta por una línea dura, mientras que otro agita la bandera de la prudencia para evitar escenarios de tensiones con una de las más grandes potencias económicas del planeta. Así, la Comisión trabajará ahora en dos direcciones. La primera pasa por la evaluación del arsenal de defensa comercial e industrial; mientras que el otro rumbo impulsaría un “diálogo que dé resultados” con los grandes socios económicos.
El primer ministro belga, Bart de Wever, lo resumió al término de la primera jornada: la Unión necesita medidas para reducir dependencias y responder a subsidios chinos que no son leales. Pero también matizó que todavía es prematuro aventurar cuál será la respuesta concreta de Bruselas y que no se ha hablado específicamente de aranceles, entre otras cosas porque la mayoría de socios no se consideran proteccionistas.
La amenaza de la austeridad
La batalla con China no es la única grieta abierta en Bruselas. En paralelo, los líderes europeos empiezan a preparar el terreno para otro choque de fondo: el futuro presupuesto comunitario. Y ahí reaparecen los fantasmas de 2008. La memoria de la crisis financiera, de los recortes, de la austeridad y de una Unión Europea obsesionada durante años con la disciplina fiscal vuelve a pesar sobre la mesa.
España llega a ese debate con una posición clara: evitar que la respuesta europea a los nuevos desafíos sea una vuelta a los viejos vicios. El Gobierno de Sánchez defiende una política comunitaria expansiva, capaz de financiar transición energética, industria, defensa, cohesión social y protección de la ciudadanía. La tesis de Moncloa es que Europa no puede exigir más autonomía estratégica, más competitividad y más seguridad con menos recursos.
El contraste con los sectores más conservadores de la Unión es evidente. Algunas capitales vuelven a mirar el presupuesto desde la lógica del ajuste, la contención y los equilibrios contables. España, en cambio, reivindica la experiencia de los fondos europeos tras la pandemia como un ejemplo de respuesta distinta a la de la crisis de 2008. Frente a los recortes que marcaron aquella etapa, el Gobierno defiende una Europa que invierta para proteger.
El debate no es técnico. Es profundamente político. La UE quiere reducir dependencias de China, competir con Estados Unidos, reforzar su industria, acelerar la transición verde, sostener el Estado del bienestar y aumentar su capacidad de defensa. Pero todos esos objetivos chocan con un presupuesto limitado y con la resistencia de los países más reacios a elevar la ambición financiera del bloque.
Ahí encaja la advertencia española. Para Sánchez, Europa no puede repetir el error de responder a una crisis con austeridad. Si la Unión quiere blindar a sus ciudadanos frente a la incertidumbre global, necesita herramientas comunes, recursos comunes y una estrategia que no descargue el coste sobre trabajadores, clases medias y sectores vulnerables.
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