La Unión Europea y Canadá buscan dar un paso decisivo en sus relaciones con la creación de una nueva figura de “miembro asociado”, un estatus que permitiría al país norteamericano estrechar sus vínculos con el bloque comunitario sin necesidad de incorporarse formalmente a él. La propuesta centra la vigésimo primera cumbre entre ambas partes, celebrada en Montreal, donde los principales dirigentes europeos y el primer ministro canadiense, Mark Carney, abordan las posibilidades de esta nueva alianza.
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ya había manifestado su intención de que Canadá se convierta en el primer país en acceder a esta figura. “Me gustaría colaborar con usted para allanar el camino para que Canadá se convierta en el primer miembro asociado de la UE. En resumen, queremos llevar la relación con Canadá al nivel más alto posible”, trasladó a Carney durante su intervención en el discurso sobre el Estado de la Unión celebrado en septiembre. Una propuesta que, por el momento, carece de precedentes en los tratados europeos y cuyos detalles jurídicos y políticos todavía están por definir.
La iniciativa pretende situar la relación entre Bruselas y Ottawa en un nivel superior, reforzando especialmente la cooperación económica, tecnológica y defensiva. Sin embargo, el principal interrogante es qué implicaría exactamente este nuevo estatus y hasta dónde llegarían los derechos y compromisos de Canadá dentro de las estructuras comunitarias. Algunas capitales europeas han expresado sus reservas ante una fórmula que consideran un terreno todavía inexplorado. Por ello, esta incertidumbre ha provocado que algunas capitales duden, ya que lo consideran un “terreno inexplorado”.
Al término de la cumbre, Bruselas espera presentar la denominada “Alianza para el Futuro”, un marco destinado a impulsar la prosperidad compartida y la seguridad económica. Entre sus objetivos figuran estrechar las relaciones comerciales, reforzar los vínculos entre ambas sociedades y consolidar su posición conjunta en el escenario internacional. También se abordarán cuestiones como la cooperación en el Ártico, el apoyo a Ucrania y la situación en Oriente Próximo.
La estrecha relación histórica y cultural entre Canadá y Europa es uno de los principales argumentos que explican el acercamiento entre Ottawa y Bruselas. Ambos comparten valores políticos y sociales, como la democracia parlamentaria, la sanidad universal y los sistemas de bienestar. Sin embargo, la distancia geográfica supone un obstáculo para una posible adhesión plena de Canadá a la Unión Europea, cuyos tratados establecen que sus miembros deben ser países europeos.
Esta posible alianza podría traducirse en acuerdos para reducir las barreras comerciales, construir infraestructuras tecnológicas y conectar ambos territorios mediante cables submarinos y gasoductos. También se ha planteado la posibilidad de facilitar a los ciudadanos canadienses el derecho a vivir y trabajar en Europa sin necesidad de visado. La relación económica ya cuenta con una base sólida: el comercio bilateral de bienes y servicios alcanzó los 130.800 millones de euros el último año, un incremento superior al 80 % durante la última década.
El acercamiento también cuenta con apoyos entre distintos dirigentes europeos. El presidente de Finlandia, Alexander Stubb, ha defendido públicamente la posibilidad de estrechar los vínculos e incluso ha planteado que Canadá podría convertirse en el Estado número 28 de la UE, en lugar del número 51 de Estados Unidos. En Canadá, una encuesta de Abacus Data refleja que el 80% de la población apoya profundizar la cooperación con Bruselas en política exterior, defensa y economía. No obstante, el respaldo a una adhesión plena es menor: el 49 % estaría a favor, mientras que el líder conservador Pierre Poilievre ha rechazado tanto una posible incorporación a Estados Unidos como a la Unión Europea.
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Un acercamiento marcado por las tensiones con Estados Unidos
El acercamiento entre Canadá y la Unión Europea se produce en un contexto de creciente tensión con Estados Unidos. La relación entre Ottawa y Washington se ha deteriorado durante el mandato de Donald Trump, especialmente por las disputas comerciales y las amenazas arancelarias de la Administración estadounidense. De hecho, Trump llegó a advertir de que podría imponer aranceles elevados a la Unión Europea si consideraba que el acercamiento entre Bruselas y Canadá constituía un “acto hostil”. El presidente estadounidense también ha insistido en varias ocasiones en que Canadá debería convertirse en el estado número 51 de Estados Unidos, una posibilidad que Mark Carney ha rechazado categóricamente. Sin embargo, el primer ministro canadiense ha reiterado en varias ocasiones que esa adhesión no va a ocurrir.
“Si la intención es buena, perfecto. Si es mala, impondremos aranceles muy elevados a Europa, lo cual es una posibilidad”,expresó ante los medios de comunicación. Frente a este escenario, el Gobierno canadiense busca diversificar sus alianzas y reducir su dependencia de su principal socio comercial. No obstante, tanto Carney como Von der Leyen han insistido en que esta nueva relación no pretende ir contra ningún tercer país, sino reforzar los intereses compartidos.
La cooperación entre ambas partes ya cuenta con una base importante. El Acuerdo Económico y Comercial Global (CETA), en aplicación desde 2017, ha impulsado los intercambios comerciales, mientras que en junio de 2025 firmaron una Asociación de Seguridad y Defensa. Ahora, la posibilidad de crear una figura de miembro asociado abre una nueva etapa cuya principal incógnita sigue siendo cómo se materializará jurídicamente y qué alcance tendrá en la práctica.
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