Dicen las teorías del realismo norteamericano, sin adscribirse a ellas, solamente citándolas, que el mundo ha de ser interpretado en clave de conflicto. Que el estado natural de la civilización es la guerra, y no la paz, y que las superpotencias deben hacer todo lo posible para mantener tal estatus. Puede ser cierto en el sentido de que es exactamente eso lo que ocurre en el mundo real (máxime el nombre de la citada teoría), pero esta visión tiene una contraparte muy peligrosa: que olvida, o hace de menos, el hecho de que un conflicto bélico es un evento en el que muere gente. Vidas se pierden tras las balas, las explosiones y los escombros: es la gente, los ciudadanos, la clase trabajadora, la que pone el cuerpo y la vida para defender los intereses políticos y económicos de los entes conflictuados. Por ello, las tres palabras mágicas, alto el fuego, suponen un alivio enorme para la gente que sufre en sus propias carnes las consecuencias de la guerra, como un pequeño oasis de tranquilidad entre ríos de muerte. O al menos eso era antes: el valor y el peso de esta locución han disminuido significativamente como consecuencia de las acciones de ciertos actores internacionales que han decidido vulnerar sistemáticamente las treguas militares, cambiando para siempre las gafas de la geopolítica y perpetrando ataques pese a estar apalabrado el cese de las hostilidades. Existen muchos ejemplos recientes y sus causas pueden entenderse sumergiéndose de cabeza en el concepto.

Lo primero para abordar este asunto es conocer al dedillo qué es y qué no es un alto el fuego. El Diccionario Panhispánico del Español Jurídico define este término legal como "el acuerdo por el que se suspenden las hostilidades en el curso de un conflicto armado, determinando las líneas de separación de las tropas", y dice de él que "se concluye por los contendientes, aunque en ocasiones pueden ser asistidos por un mediador" y que "tiene, en principio, naturaleza temporal". En inglés, el término corresponde a ceasefire, y el diccionario de Oxford lo califica con mayor brevedad: "Una suspensión temporal de las hostilidades, una tregua". Es decir, una suspensión temporal de los ataques, acordada por las partes participantes en un conflicto. Con validez legal, lo que significa que vulnerarla es ilegal y sancionable. ¿Por quién? Por los tribunales de derecho internacional, en principio. Recapitulando: una tregua, de carácter temporal, con validez legal, y cuya vulneración es sancionable. Eso es lo que significa un alto el fuego. Pero ¿por qué se han ignorado estos acuerdos con tanta facilidad en tiempo reciente?

Al principio del texto hablábamos de las superpotencias. Hay que hacerlo de nuevo. Para los entes más poderosos del planeta, el alto el fuego no es un término jurídico, ni una solución humanitaria, ni una herramienta para alcanzar la paz de manera temporal. Es un instrumento coercitivo: sirve para presionar al contrario con la muerte en caso de que se niegue a aceptar sus exigencias. Los ataques, de hecho, pueden llegar incluso aun con el alto el fuego en vigor. ¿Por qué? Porque quienes los perpetran se sienten con la invulnerabilidad y el derecho para hacerlo al ser, en efecto, más poderosos que los organismos que les tienen que fiscalizar. La geopolítica moderna funciona en estos términos: la ley del más fuerte y la imposición de la voluntad por medio de la violencia se han convertido en la norma. No es casualidad, sino simplemente un síntoma de las sociedades en las fases tardías del capitalismo, donde ciertos entes acumulan tanto poder militar y económico que se convierten en intocables ante los organismos supranacionales a los que se les debería encomendar la tarea de impedir ciertas acciones.

Cuando la paz se convierte en un elemento de coerción

En el momento de publicación de este artículo, el conflicto bélico que está acaparando todas las miras internacionales es la guerra en Irán. Estados Unidos e Israel comenzaron a atacar al país persa el 28 de febrero de 2026, y un mes y medio después, las negociaciones de paz están precisamente en el punto mencionado. Poniendo un ejemplo de a pie, Estados Unidos supedita el cese de sus hostilidades sobre Teherán a la reapertura del estrecho de Ormuz después de haber dinamitado los precios mundiales del petróleo. Esta exigencia es lo que se conoce como un interés particular, que Washington intenta imponer a Teherán para salirse con la suya, y de no cumplirse, poder justificar que continúen los bombardeos. Israel, como verdadero interesado de que Irán se debilite y amparado completamente por Estados Unidos, pone también sus propias exigencias, como el cese de las actividades de Hezbolá. Irán, de su parte, pide introducir al Líbano en los armisticios. Cada participante juega sus cartas y el término de la paz se diluye al extremo, para convertirse, simplemente, en un elemento de coerción al enemigo si no se cumplen las exigencias. La paz deja de ser un estado a perseguir y pierde toda su humanidad para pasar a ser una anomalía con la que hacer chantaje al rival.

Con este telón de fondo, existen dos tipos de vulneraciones a un alto el fuego en vigor. La primera y más común se da cuando las condiciones del mismo no están claras, o están todavía bajo negociación. Los puntos todavía se están discirniendo y se producen ataques en ese momento, costando vidas y truncando las propias negociaciones en curso. Ejemplos de este tipo son el de la propia guerra de Irán, donde, a pesar de las conversaciones para cesar los bombardeos, los mismos continúan eventualmente en lo que parece el cuento del nunca acabar. A su vez, estos vaivenes son un elemento de manipulación masiva: la población nunca descansa tranquila si no sabe si el ruido de las bombas va a despertarla otra vez más por la noche.

El segundo tipo ocurre cuando, flagrantemente, un firmante se salta el pacto y ataca deliberadamente al enemigo a pesar de haber suscrito una tregua. Ha ocurrido de manera sistemática en la franja de Gaza, donde Israel perpetra desde hace décadas el genocidio del pueblo palestino, con uno de los más recientes ejemplos el pasado octubre de 2025. El primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, ordenó a su Ejército que retome los ataques contra la Franja de Gaza, alegando que Hamás vulneró el acuerdo en primera instancia, a pesar de no haber presentado pruebas para demostrar tal alegación. La Corte Internacional de Justicia puso sobre aviso a Tel Aviv tras estos hechos y les advirtió de que tenían la obligación de garantizar la subsistencia básica de los palestinos, pero el toque de atención se quedó ahí y no tuvo consecuencias. Existen muchos más ejemplos recientes: las hostilidades entre Rusia y Ucrania, el conflicto entre la India y Pakistán o la situación en territorio nigeriano, entre otros.

La importancia de la propaganda y la depreciación de la vida humana

Es ahora cuando toca volver a las líneas anteriores: ¿Qué pasa cuando los perpetradores gozan de impunidad ante los organismos que se tienen que encargar de, presuntamente, castigarlos? Si la severidad de las leyes del derecho internacional no es lo suficientemente dura, lo que termina ocurriendo es que se cometen crímenes de guerra con total impunidad. Todos podemos ponernos realistas: pasó en Vietnam, en Camboya, en Afganistán, en Irak, en Siria, en Libia, en Gaza, y está pasando en Irán, entre otros muchos casos. La impunidad ante la justicia por exceso de poder es el primer paso para poder perpetrar estas atrocidades. El segundo es convencer a la población de que son legítimas. Y ahí es donde entra un aparato de propaganda perfectamente engrasado.

La política contemporánea no puede entenderse sin las redes sociales. Vivimos en tiempos en los que la cuenta oficial de la Casa Blanca, otrora un canal informativo y con mero perfil institucional, comparte abiertamente propaganda de guerra para justificar y espectacularizar las acciones de Washington en cualquier parte del globo. Pasó con la captura del expresidente venezolano, Nicolás Maduro, y está pasando con el conflicto en Oriente Medio. Deshumanizar al enemigo, legitimar acciones moralmente reprobables y adoptar un tono que active las mayores bajezas del ser humano son el ABC de la retórica moderna. Es el camino a tomar, en la sociedad de la información y de la inmediatez del ciberespacio, para hacer calar los designios superpotentes en la población, y no ser brutalmente sancionado por la opinión pública tras perpetrar tales actos.

No es nuevo, la propaganda siempre ha sido un elemento clave de la guerra. Elevar la moral de las tropas, hacer sentir propias en los ciudadanos las causas por las que pelean los estados, desacreditar al enemigo e imponerse en la construcción del relato. Cartelería, literatura, discursos políticos, cine, música, ataques de falsa bandera... todo ha valido siempre. Lo diferente en estos tiempos es que han cambiado la forma, el alcance, los canales y la intensidad de los mensajes, llegando a puntos donde la deshumanización, la intensidad de los mensajes lanzados y del contenido percibido por el internauta ha sobrepasado límites nunca antes vistos. Entrar a Twitter (o X para los especialitos) es sinónimo de ver muertes de soldados a manos de drones pilotados a kilómetros de distancia, explosiones fatales de edificios enteros y otros crímenes brutales que hacen que cualquier estómago se remueva, pero cada vez menos: cuando tales horrores se contemplan diariamente, el cerebro se desensibiliza ante ellos. Los normaliza. Convive con ellos. Y ese es otro paso para legitimar la guerra: depreciar el valor de la vida humana. Uno se acostumbra a lo que ve constantemente y le resta importancia.

Todos los puntos expuestos en este texto convergen: la concepción del conflicto como el estado natural del hombre. La necesidad de mantener la hegemonía mundial por parte de aquellos que la poseen. Un contexto histórico que roza la distopía en el que los intereses político-económicos de las élites valen más que las vidas humanas en las zonas en las que se libran los combates. La utilización de la paz como método de chantaje y presión, y no como un fin en sí mismo. La depreciación del concepto de paz y la consiguiente sensación de impunidad, por parte de ciertos actores internacionales, para romper los acuerdos de tregua. La aportación de justificaciones para perpetrar dichas rupturas. Y los métodos, perfectamente estudiados, para hacer que la población se desensibilice, poco a poco, ante el horror de la guerra. En la geopolítica actual, los acuerdos de tregua nunca son acuerdos de tregua, sino simplemente momentos en los que se contiene la respiración y se reza para que el enemigo no tenga nuevas exigencias que traigan, de nuevo, la muerte.

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