La figura de Alí Jamenei ha marcado la política de Irán durante más de tres décadas. Desde 1989 ejercía como líder supremo de la República Islámica, la posición más poderosa dentro del sistema político iraní. Su muerte en un bombardeo de Estados Unidos e Israel, según ha confirmado el propio Donald Trump, pone fin a uno de los liderazgos más prolongados y controvertidos de Oriente Próximo.
Jamenei tenía 86 años y llevaba al frente del régimen desde el fallecimiento del ayatolá Ruhollah Jomeini, fundador de la República Islámica tras la revolución de 1979 que derrocó al último monarca iraní, Mohammad Reza Pahlavi. Durante su prolongado mandato, el dirigente iraní transformó su posición en el eje central del sistema político del país, consolidando un modelo donde el poder religioso y el político quedaban profundamente entrelazados.
Un líder marcado por la revolución
Alí Hoseiní Jamenei nació en 1939 en Mashhad, una de las ciudades santas del chiismo. Procedía de una familia clerical de origen azerí: su padre, Jawad Hoseiní Jamenei, era un religioso respetado dentro del clero local. Como era habitual en ese entorno, comenzó desde niño su formación en estudios islámicos, un camino que lo llevó a profundizar en la teología y la jurisprudencia religiosa.
Durante su juventud entró en contacto con círculos opositores al régimen del shah y se aproximó al movimiento liderado por Jomeini. A comienzos de los años sesenta ya participaba en actividades políticas de inspiración islamista. Aquella implicación lo convirtió en objetivo de la policía secreta del régimen monárquico, que lo detuvo en varias ocasiones antes de la revolución.
Cuando el levantamiento popular contra el sah tomó fuerza a finales de los años setenta, Jamenei se alineó con el movimiento revolucionario impulsado por Jomeini. Tras el triunfo de la insurrección en 1979, el nuevo poder político lo incorporó al entramado institucional de la naciente República Islámica.
Del atentado a la presidencia
En los primeros años del nuevo régimen ocupó diversos cargos de responsabilidad. Su carrera política sufrió un episodio clave en 1981, cuando resultó gravemente herido en un atentado atribuido al grupo opositor Muyahidin-e Jalq. La explosión le provocó lesiones permanentes y dejó paralizado su brazo derecho.
Ese mismo año fue elegido presidente de Irán, cargo que ocupó durante dos mandatos consecutivos hasta 1989. Durante ese periodo el país atravesó uno de los conflictos más devastadores de su historia reciente: la guerra contra Irak, gobernado entonces por Saddam Hussein. El conflicto se prolongó durante ocho años y dejó cientos de miles de víctimas.
La muerte de Jomeini en 1989 abrió una delicada transición en el liderazgo del país. Contra muchos pronósticos, la Asamblea de Expertos designó a Jamenei como nuevo líder supremo. Su elección resultó inesperada: no contaba con el rango religioso más alto dentro del clero chií ni figuraba entre los principales candidatos a suceder al fundador del régimen.
Consolidación del poder
Desde su llegada al cargo, Jamenei trabajó para fortalecer su posición dentro de la compleja arquitectura política de la República Islámica. Aunque el sistema incluye instituciones electas - como el Parlamento o la presidencia -, el líder supremo ejerce una autoridad superior sobre todas ellas.
Consciente de que carecía del prestigio religioso de su predecesor, el nuevo dirigente centró sus esfuerzos en tejer una red de apoyos dentro del aparato del Estado. Uno de los pilares fundamentales de esa estrategia fue la Guardia Revolucionaria, el cuerpo militar ideológico creado tras la revolución para proteger el sistema.
La relación con esta organización, conocida también como los pasdarán, resultó decisiva para consolidar su liderazgo. Con el paso de los años, este cuerpo adquirió un enorme peso político, militar y económico dentro del país, convirtiéndose en uno de los principales sostenes del régimen.
Otro instrumento de poder fue el conglomerado económico conocido como Setad, una red de fundaciones y empresas vinculadas al liderazgo supremo que gestionaba activos en múltiples sectores. Este entramado se nutría inicialmente de bienes confiscados tras la revolución, aunque con el tiempo amplió su alcance mediante inversiones y participaciones empresariales.
Represión y tensiones internas
Durante su prolongado mandato, Jamenei tuvo que afrontar diferentes oleadas de protestas sociales. Especialmente significativas fueron las movilizaciones de 2009 tras unas elecciones presidenciales cuestionadas por la oposición. Aquellas protestas marcaron un punto de inflexión en la relación entre el régimen y amplios sectores de la sociedad.
Desde entonces, el lema “muerte al dictador” se convirtió en uno de los gritos más repetidos en las manifestaciones contra el sistema político iraní. La respuesta del aparato estatal fue contundente y contribuyó a debilitar a los movimientos opositores dentro del país.
Política exterior y programa nuclear
En el terreno internacional, Jamenei defendió una línea marcada por la confrontación con Estados Unidos e Israel, considerados por el régimen como sus principales adversarios. Bajo su liderazgo, Irán reforzó su red de aliados y milicias en Oriente Próximo y apostó por desarrollar su programa nuclear.
En 2015 Teherán firmó un acuerdo internacional destinado a limitar ese programa a cambio del levantamiento de sanciones económicas. Sin embargo, la retirada estadounidense del pacto en 2018 reactivó las tensiones entre Irán y Occidente y agravó el aislamiento internacional del país.
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