El tercer caucus de las derechas se presenta como una calcomanía de los comicios extremeños y aragoneses. El Partido Popular de Castilla y León augura una victoria descontada del presidente en funciones, Alfonso Fernández Mañueco, tras dos legislaturas consecutivas en el poder. Sin embargo, la encuesta preelectoral del CIS ―8.039 entrevistas―, sembró la certeza de que PP y Vox compiten por el mismo electorado en una tierra en la que la ultraderecha ya goza de su proyección máxima.

El primer gobierno de coalición del PP y Vox vino de la mano de Mañueco en 2022: una vicepresidencia disfuncional y tres conserjerías temporales frente a las siete que ostentaron los azules durante el mandato hasta que Bambú 12 ordenó la salida de los gobiernos autonómicos a sus lugartenientes en Castilla y León, Extremadura, Aragón, Murcia y la Comunidad Valenciana.

Tras el suflé de la ultraderecha en Extremadura y Aragón, las tabulaciones cruzadas —qué dice cada votante según su ideología, su recuerdo de voto, su segunda opción— muestran que la derecha castellanoleonesa funciona como un sistema de vasos comunicantes.

El cruce entre la intención de voto y la autoubicación ideológica es el hallazgo más significativo del sondeo. Entre quienes se colocan en el punto 6 de la escala —el núcleo del centroderecha moderado, que agrupa al 8,5% del electorado—, el PP supera a Vox por 33 puntos. Sin embargo, esa diferencia se reduce a medida que se avanza hacia posiciones más derechistas: en el nivel 7, donde se sitúa otro 8,4% del censo, la brecha cae a 31 puntos; y en el 8, a 21.

No se trata de electorados aislados, sino de un mismo espacio político en el que la ventaja del PP se va desgastando conforme el votante se percibe más escorado a la derecha. Es, además, en los tramos 5 a 7 —los más numerosos dentro del centroderecha y con mayor proporción de indecisos— donde la campaña tiene más margen para influir.

La segunda preferencia de voto refuerza la misma tendencia: entre quienes apoyaron al PP en 2022 y ahora manifiestan intención de votar a alguna formación, un 32,5% señala a Vox como su alternativa. En sentido contrario, el 34,7% de los antiguos votantes de Vox mencionan al PP como opción secundaria. Ninguna otra pareja de partidos muestra un grado de intercambio tan elevado.

Conviene recordar que en 2022 Vox obtuvo un 17,6% y 13 escaños. No es un partido testimonial: es la tercera fuerza con representación sustancial. La estimación del CIS le asigna ahora un 16,1%, por debajo de aquel resultado. La fragmentación de la derecha no es una hipótesis; es el punto de partida.

Los movimientos de voto de entonces confirman la misma dinámica. Un 11,3% de quienes respaldaron al PP en las autonómicas de hace cuatro años aseguran ahora que optarán por Vox, lo que evidencia una fuga ya activa. Además, otro 9,1% de antiguos votantes populares permanece indeciso, un segmento que la campaña todavía puede inclinar hacia uno u otro lado.

Sin duda, la pureza de los datos dibuja una realidad inapelable: la ultraderecha no puede aspirar a más. Si la campaña impulsa a Vox, lo hará en detrimento del PP.

En las nueve provincias de Castilla y León —donde se reparten entre 5 y 11 escaños—, cuando dos partidos del mismo bloque compiten con porcentajes similares, tienden a restarse representación en el reparto, mientras que la formación del bloque contrario con el voto más concentrado sale favorecida. Un PP sólido con un Vox contenido suma más escaños para la derecha que un PP debilitado acompañado de un Vox al alza.

El votante moderado del PP se enfrenta a un dilema: votar sabiendo que su papeleta puede acabar sosteniendo una coalición con Vox, o quedarse en casa. Un 36,8% de los encuestados califica como mala o muy mala la gestión del Gobierno autonómico, y un 37,5% considera que la situación ha ido a peor.

No se trata, por tanto, de un electorado especialmente motivado. Si durante la campaña las encuestas sitúan a Vox en ascenso, el votante moderado del PP puede verse ante una disyuntiva: acudir a las urnas asumiendo que su voto podría respaldar una coalición con Vox o, por el contrario, optar por la abstención. La percepción de que el PP ganará “de todos modos” refuerza esta última tentación.

En el espectro de la izquierda, el 11,1% de los electores señala como principal motivo de su voto “evitar que gobiernen partidos de derechas”. Si se añade la segunda razón mencionada, el porcentaje asciende al 18,8%. Es decir, casi uno de cada cinco votantes actúa movido por una lógica de voto defensivo que un repunte de Vox activa de forma inmediata. Y el único partido en condiciones de absorber ese voto útil es el PSOE.

El efecto es más decisivo allí donde PP y PSOE parten más igualados y Vox tiene masa crítica. Valladolid es la circunscripción decisiva: 16 escaños y la contienda más ajustada. Un trasvase de dos puntos del PP a Vox tiene aquí más impacto que en cualquier otra provincia. En Burgos, Segovia y Palencia, diferencias de 3-4 puntos pueden anularse con un movimiento modesto. En el resto de provincias, el PP parte con ventajas más amplias o el PSOE ya lidera con claridad.

El candidato socialista, Carlos Martínez, acompañado por el presidente del Gobierno, arremetió contra Mañueco por no dar la cara ni atreverse a debatir. “No acepto una Castilla y León en el vagón de cola. No acepto que seamos moneda de cambio. No acepto la resignación. No acepto un presidente vago y soberbio”, dijo Martínez durante el acto inaugural en Burgos.

Por su parte, Pedro Sánchez, arropó a su candidato: “Mañueco o cambio (…) El PP de Mañueco y Feijóo no solo no cuida los montes y no pone medios para los bomberos (…) En una democracia quien no rinde cuenta y huye de los debates no merece la confianza de los ciudadanos. Mañueco se esconde como siempre y Carlos Martínez da la cara”, espetó el secretario general de los socialistas.

En suma, la derecha mantiene una posición mayoritaria en Castilla y León y el factor de la incumbencia favorece al PP. Nada de esto está en cuestión. Sin embargo, los datos del CIS sugieren que el diseño electoral de la comunidad deja margen para la sorpresa, porque ese predominio es más vulnerable de lo que suele darse por hecho. Cada punto que Vox gana a costa del PP no altera la suma global del bloque, pero sí modifica su conversión en escaños. En provincias pequeñas, la fragmentación del voto entre dos fuerzas del mismo espacio termina beneficiando de forma sistemática al principal partido del bloque contrario.

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