Desde que Alberto Núñez Feijóo abriera la puerta este lunes a presentar una moción instrumental para quitarle el Gobierno a Pedro Sánchez y convocar elecciones inmediatas, el líder del PP se ha embarcado en un proceso que le ha dejado, de momento, en el mismo punto en el que estaba al principio. Los apoyos que necesita, que Feijóo busca en Junts y el PNV, siguen igual de lejos que el lunes, después de que a su intento de acercamiento en Barcelona le hayan seguido tres jarros de agua fría seguidos.

Su propuesta del lunes convierte al Cercle d'Economía en el epicentro de la política nacional, pues por allí han pasado ya dos de los principales protagonistas. Primero, el propio Feijóo, que convirtió su acercamiento al empresariado catalán en un tira y afloja sobre la contraoferta de Junts para reunirse con Carles Puigdemont en Waterloo. El mismo martes, por la tarde, al líder popular le siguió en el mismo escenario el lehendakari, Imanol Pradales, que escenificó el 'no' del PNV a embarcarse en el mismo proyecto que Vox, partido que defiende ilegalizarlos y liquidar el sistema autonómico que los sostiene. Este miércoles pasa el tercero, con la participación del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

Feijóo intenta asestar un golpe definitivo a la legislatura, consciente de que Sánchez no va a convocar elecciones anticipadas, como piden también Junts y PNV, en su momento más crítico en lo que a acusaciones de corrupción a su alrededor se refiere. El Gobierno, aún así, afronta sus semanas más difíciles, escenario en el que, a priori, Feijóo debería estar más cómodo que nunca. El problema para él es cómo ha llegado a este momento, después de que su compromiso de no gobernar en coalición con Vox y nunca "someterse" a los nacionalistas, que pronunció hace menos de un año, esté más en entredicho que nunca.

El carrusel judicial que tambalea el Gobierno ha llegado justo al cierre de un ciclo electoral en el que el PP, pese a triunfar en las cuatro citas con las urnas —Extremadura, Aragón, Castilla y León y Andalucía—, ha metido a la ultraderecha en dos Gobiernos, está a horas de meterla en un tercero, y depende de ella para formar el cuarto. Feijóo calienta así un futuro pacto con los de Abascal tras unas hipotéticas elecciones generales en las que no le dieran los números, y esto es precisamente lo que le está cerrando las puertas de los partidos que le tendrían que apoyar ahora.

Junts trata de aprovechar la situación

"No vengo a pedir favores, ni tampoco a regalarlos". Con esta frase, Feijóo dejó claro que su forma de luchar por conseguir los apoyos suficientes no va a ser un acercamiento amistoso. La propuesta del número dos de Junts, Jordi Turull, que retó al popular a sentarse con Puigdemont en Waterloo, pone a Feijóo en la obligación de volver a la hostilidad a los nacionalistas, a pesar de que les necesite más que nunca.

Los neoconvergentes lo saben, y tratan de aprovechar esta situación a su favor. Si Feijóo quiere su apoyo, antes tendrá que tragarse sus palabras y negociar cesiones con Puigdemont en Bélgica, y si se niega, al menos este amago de acercamiento a la oposición les sirve para redoblar su presión al Gobierno. En Génova saben que la imagen de su líder visitando al expresident en su exilio, después de años de ataques a Sánchez por gobernar gracias a él, sería catastrófica a nivel electoral, y por ello prefieren moverse en una ambigüedad mientras asumen que no van a encontrar en Cataluña los escaños que les faltan para llegar a la mayoría absoluta.

Y eso que Feijóo había planteado su paso por el Cercle d'Economía como un cortejo a la principal referencia de Junts, los empresarios catalanes, que asistieron atónitos a la frialdad de quien "se ve ganador", sin tener los números para ello. "El diagnóstico de Feijóo es correcto", declararon algunos de ellos a El Mundo. La élite catalana criticó la falta de empatía de un líder popular, que tras el discurso en el que aseguró que podía él solo —"Devolveré la decencia a mi país con o sin ayuda"—, se reunió con ellos a puerta cerrada.

Allí estuvieron, entre otros, el presidente de Repsol, Antonio Brufau, el del Sabadell, Josep Oliu o el de Telefónica, Marc Murtra. Todos coinciden en que el Gobierno de Sánchez está acabado, pero que Feijóo, ahora mismo, no es un candidato que garantice una estabilidad, con una dificultad para articular mayorías similar a la del presidente.

El PNV se cierra en banda

Después de reiterar que hay una mayoría alternativa en el Congreso, Feijóo esperó pacientemente la respuesta de los socios nacionalistas del Gobierno. La más dura para él no tardó en llegar, con Pradales cerrando la puerta a cal y canto. "Desde luego, si uno atiende a lo que dice Vox, nosotros solo podemos tener las alarmas encendidas porque dentro del programa electoral aparece acabar con el propio estado de las autonomías", dijo el lehendakari.

Pradales añadió que la posición de la formación de Santiago Abascal en el Parlamento Vasco es la de cuestionar "de manera permanente" el autogobierno de Euskadi, sus instituciones y "la propia identidad vasca". "Es un elemento que no es menor", subrayó. El líder vasco participó en la segunda jornada del Cercle d'Economía junto a sus homólogos catalán, Salvador Illa, y gallego, Alfonso Rueda; y despejó todas las dudas: Ni siquiera un Gobierno instrumental del PP en solitario que convoque elecciones inmediatas quita la presencia de la ultraderecha como único aliado estable de Feijóo.

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