Todo este artículo está escrito desde la rabia. Esa que se siente cuando ves tu pueblo arder ante tus ojos. Todos los vecinos afectados hemos perdido algo en este incendio. Las llamas han arrasado en pocos minutos viñas y olivares centenarios, reservas naturales, huertos y fincas, explotaciones y granjas, y, en definitiva, los montes en los que hemos crecido.

Pero nuestro castigo no termina con el fuego. Los vecinos y vecinas que hemos combatido llamas con mangueras y ramas verdes de olivo sufrimos la plaga de los discursos huecos de la antipolítica. Unos cantos de sirena que buscan sembrar desconfianza en las instituciones y que la historia nos enseña que son el germen precursor del relato fascista de no confiar en nada ni en nadie. Nos dicen que “todos son iguales” y que “solo el pueblo salva al pueblo”, y razón no falta en que somos las personas quienes hemos puesto las ganas y el cuerpo en todo lo que estaba a nuestro alcance; pero los hidroaviones, helicópteros, camiones, polideportivos para evacuados y servicios médicos, todo eso, se ha pagado con impuestos. No han aparecido de la nada sobre discursos vacíos, han aparecido de la solidaridad (incluida la fiscal). Y claro que esos medios son siempre mejorables, y que pueden no haber estado presentes siempre donde eran necesitados. Pero tacharlos de inútiles o superficiales demuestra el bajo conocimiento que mucha gente tiene de lo que ha sido esta catástrofe.

En tiempos de ruina siempre aparecen carroñeros ávidos de atención; buitres proféticos que sobrevuelan nuestra desgracia para atormentarnos con remedios milagrosos que no son más que simplezas infundadas. Grandes gurús forestales que nos aseguran que todo esto se habría podido evitar poniendo cabras a pastar y llenando nuestros cultivos de herbicidas hasta dejar el suelo completamente estéril. Nos dicen que la culpa es de la Ley de Montes, de los jóvenes que ya no nos decidamos a un sector agrario precarizado y de los ecologistas que impiden la tala indiscriminada. Soluciones zafias a un problema extremadamente complejo que responden a una peligrosa mezcla de rabia, desesperación e ignorancia.

Desde los pueblos y el mundo rural hemos sufrido una vez más el Madridcentrismo en todas sus vertientes. Titulares y tutelas lloriqueado por la despoblación del mundo rural pero sin aportar ningún tipo de propuesta. Titulares como aquél infame tweet de Telemadrid en el incendio de 2021, y que tuvo que borrar, en el que nuestro sufrimiento para ellos era “Un incendio a tan solo 80 km de Madrid”. Y tutelas en cada reproche que nos hacen a quienes nos vimos obligados a dejar nuestros pueblos y sus montes.

Por último, somos muchos los que tenemos que soportar, incluso por parte de nuestros propios vecinos, el aluvión de bulos negacionistas sobre cambio climático y ecologismo. Algunos por desesperación, otros por oportunismo político, pero todos ellos sin entender la complejidad de un problema que va más allá de nuestros campos y de nuestro propio país. No solo somos supervivientes del mayor incendio de la historia de España, sino que también del cambio climático. Y hasta que no entendamos esto y dejemos atrás las falacias simplistas seguiremos padeciendo año tras año los estragos de una realidad que esta vez se ha ensañado con nosotros. Una lección por las malas que no podemos desaprovechar porque nos va la vida en ello.

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