La candidatura del Partido Popular por Madrid para las elecciones generales del 29 de noviembre reúne bajo el manto de Alberto Núñez Feijóo a dos dirigentes opuestos cuya relación política estuvo marcada por discrepancias públicas sobre la defensa de la Constitución y la tolerancia frente al nacionalismo.
Cayetana Álvarez de Toledo ocupará el segundo puesto de la lista y Borja Sémper, portavoz nacional del PP, el tercero, en una combinación que proyecta una imagen de unidad que pretende abarcar varias sensibilidades dentro del espectro conservador.
La designación sitúa a Álvarez de Toledo, diputada y portavoz adjunta del grupo popular, por delante de Sémper, una de las voces del partido que ha reivindicado históricamente un perfil más aznarista. No obstante, el dirigente vasco ha respondido este jueves a las preguntas sobre sus conocidas diferencias tras el anuncio: “Cayetana y yo somos la misma persona”.
Una lista que busca conciliar dos almas del PP
La dirección popular presenta la candidatura como una demostración de amplitud ideológica y retórica. La operación permite al líder de la oposición combinar a una de las diputadas más combativas contra la izquierda y el Gobierno de Pedro Sánchez con un portavoz nacional asociado a un discurso más sosegado y templado.
La presencia de Álvarez de Toledo refuerza el perfil más duro de los ‘populares’ en un momento en el que Vox les disputa parte del electorado conservador, mientras que Sémper aporta una figura que puede proyectar una imagen de moderación y de integración de sensibilidades más centristas. Soplar y sorber a la vez. La elección de Álvarez de Toledo como número dos supone, además, un ascenso respecto a las generales de 2023, cuando ocupó el sexto puesto por Madrid.
El choque de 2019: foralidad, Constitución y una acusación de tibieza
La imagen de unidad contrasta con el enfrentamiento que ambos protagonizaron en septiembre de 2019, cuando Álvarez de Toledo cuestionó la estrategia del PP vasco frente al nacionalismo y calificó de “tibia” su aproximación a determinadas posiciones políticas. La diputada consideraba que aquella actitud había sido un error; Sémper, entonces portavoz del PP en el Parlamento Vasco y presidente de los populares guipuzcoanos, respondió con dureza.
El dirigente calificó las palabras de su compañera de “grave error” y sostuvo que cuestionar la foralidad equivalía a desconocer tanto la trayectoria del partido como la realidad institucional vasca. “Mientras algunas caminaban cómodamente sobre mullidas moquetas, otros nos jugábamos la vida defendiendo la Constitución y la convivencia”, reprochó Sémper. “El PP es un partido político y no una secta”, afirmó, al tiempo que reclamaba una rectificación.
Aquella disputa dejó al descubierto una sensibilidad más inclinada a denunciar cualquier gesto de acercamiento al nacionalismo como una concesión y otra que reivindicaba el foralismo como una pieza compatible con la Constitución y con la unidad de España.
La promoción de Álvarez de Toledo también ha provocado críticas desde el PSOE. Óscar López, ministro para la Transformación Digital y de la Función Pública y secretario general de los socialistas madrileños, ha interpretado su elección como una señal de radicalización del PP. En declaraciones a Las Mañanas de RNE, sostuvo que Feijóo está reforzando a la derecha más extrema y alejándose del centro, una estrategia que, a su juicio, favorece el crecimiento electoral de Vox.
La unidad electoral no borra las diferencias
El mensaje de Sémper —”Cayetana y yo somos la misma persona”— pretende convertir las antiguas discrepancias en una demostración de cohesión. Pero la hemeroteca recuerda que el desacuerdo no fue una diferencia menor de estilo, sino que afectó a la interpretación de la Carta Magna, al reconocimiento de la foralidad y a la legitimidad del nacionalismo.
La apuesta de Feijóo consiste en presentar esa diversidad como una fortaleza y no como una contradicción. De cara al 29-N, el líder popular necesita una candidatura capaz de proyectar autoridad, movilizar al electorado conservador y transmitir que las distintas familias del partido pueden trabajar bajo una misma dirección. La cuestión es si la convivencia entre dos perfiles tan diferentes refuerza esa imagen de amplitud o evidencia que la unidad depende, sobre todo, de la disciplina impuesta por la competición electoral.
Por ahora, ambos han optado por cerrar filas. La reconciliación pública puede servir a los intereses inmediatos de la campaña, pero no modifica retrospectivamente sus enfrentamientos ni demuestra que hayan desaparecido sus diferencias políticas. La prueba para Feijóo será convertir esa paz de candidatura en una cohesión efectiva, más allá de la fotografía electoral y de las declaraciones de unidad.
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