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Capítulo 34. Aquí no hay aplausos. Aquí hay dolor y mucha rabia. Maricarmen acaba de fallecer, pero para mí no ha sido una muerte sin responsables. Ha muerto en un hospital después de una campaña de hostigamiento, persecución y señalamiento por parte de la derecha y la extrema derecha. De la derecha política, empresarial y mediática.
Maricarmen no ha podido más. Han podido con ella después de días, de semanas, en los que miserables se sentaban en un plató de televisión a decir que era una actriz, que todo estaba orquestado desde La Mareta o que no había ahorrado lo suficiente en 70 años. Después de entrevistar a vecinos que pasaban por allí para presentarla prácticamente como una terrorista, porque supuestamente no pagaba los cafés o no saludaba por las mañanas.
Después de que el Partido Popular vetara un minuto de silencio en su honor en la Asamblea de Madrid, de los discursos de la extrema derecha llamándola «Moro Carmen» para hacer chascarrillos racistas y de ver cómo la derecha española y catalana votaba en contra de decretos que podían salvar muchas vidas y parar muchos desahucios.
Maricarmen no ha podido más. Han podido con ella. Han ganado los malos. Si en este país las cosas funcionasen con normalidad, todos esos miserables no tendrían un altavoz. Estarían en la puñetera calle. Si en este país las cosas funcionasen con normalidad y con decencia, hoy Maricarmen podría haber descansado tranquila en su casa y no haber terminado en un hospital.
Si las cosas funcionasen como deberían, no estaríamos victimizando a los dueños de Urbagestión por un paquete de cucarachas. Tendríamos a Maricarmen abriendo las cartas de su buzón y durmiendo tranquila en la casa en la que había pasado prácticamente toda su vida.
Hoy es un día muy triste porque han ganado ellos. Han ganado los macarras, los matones, la mala gente. Y en todo esto solo podemos tener buenas palabras para Maricarmen, que ha marcado un camino, que ha sido un referente y cuyo legado debemos continuar. No podemos dejar de luchar.
No olvidamos ni perdonamos a todos aquellos que montaron un circo alrededor de un desahucio. A quienes aprovecharon la vulnerabilidad de una mujer de 87 años, en silla de ruedas y con un 50% de discapacidad, para reírse, mofarse y humillarla.
No olvidamos. Porque, aunque ella ya no está, seguimos el resto.




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