1. La hora de la compasión
España 2026: las circunstancias han convertido la compasión en un arma política de primer orden. Lo han hecho de la mano, ya espectral, de la pobre anciana Maricarmen Abascal, muerta por desahucio. El Evangelio de Lucas, conocido como el Evangelio de la misericordia, se cuela en la campaña electoral que culminará el 29 de noviembre y cuyo motivo central, guste o no las derechas y salvo que Carles Puigdemont intente suplantarlo con éxito, va a ser la vivienda. Vivienda, vivienda, vivienda. La vivienda como tal, la vivienda como vivienda, pero también como epítome de la acumulación de carencias que el Estado del bienestar ha ido sumando desde la crisis financiera de 2010, provocada, como es bien sabido, porque los Estados no habían atado en corto al Gran Dinero.
2. Cuidado con Lakoff
En su mitin inaugural de precampaña, ayer en Madrid, Alberto Núñez Feijóo ni siquiera mencionó la vivienda: quizá quienes le aconsejaron tan inocultable omisión estudiaron ciencia política en los mismos manuales que aquellos cráneos privilegiados que, tres lustros atrás, convencieron a Zapatero de que no mencionara jamás la palabra ‘crisis’ cuando ya todo el país se despeñaba hacia el tenebroso abismo del que, se mire como se mire, todavía no hemos acabado de salir. La teoría de George Lakoff resumida en la frase ‘no pienses en un elefante blanco’ ha sido matriz de sugerentes análisis y dado lugar a exitosas estrategias electorales, pero también ha abocado al ridículo a quienes han hecho interpretaciones más bien perezosas y mecanicistas de las ideas del insigne lingüista norteamericano.
3. La política no tiene corazón
Pero cuidado. A la compasión le sucede lo que a la sublimidad: del mismo modo que no se puede ser sublime sin interrupción, no se puede ser compasivo sin tomarse descansos, ni ejercer de buen samaritano un día sí y otro también. La compasión que sentimos por Maricarmen no es falsa, pero sí algo impostada, y no porque seamos unos hipócritas y mucho menos unos desalmados, sino porque la materia a un tiempo excelsa y descarnada de que estamos hechos admite en su seno solo durante muy breve tiempo la compasión con los desconocidos. Maricarmen nos da lástima, una lástima evangélica, sí, pero también circunstancial, pasajera, fuertemente incentivada por nuestras simpatías y antipatías políticas, y ya sabemos que la política, incluso cuando se desenvuelve en los ámbitos más íntimos, tiende a instrumentalizar todo aquello que se le pone a tiro, sea una anciana desahuciada, una frontera quebrantada, una sentencia deslavazada… La que sentimos por Maricarmen es una compasión cálida, genuina, innata, pero su fecha de caducidad es muy breve. Rápidamente se transfigura en una compasión rígida, formal, civilizada, propia de los buenos manuales de urbanidad, más próxima al rito que al llanto, y es natural que sea así pues somos hombres y no santos: es la misma compasión que sentimos ante los difuntos que no nos son especialmente cercanos, la madre de un amigo, la hermana menor de un conocido a la que nunca hemos visto.
4. La hora de la indignación
El duelo ritual por la muerte de Maricarmen puede que sea un poco impostado, como lo son todos los ritos, pero no lo es la indignación política, la furia colectiva, el enfado general provocado por su desahucio y posterior muerte, y no tanto porque sintamos personalmente en la nuca el fétido aliento del desalojo de nuestra casa como porque la tragedia de Maricarmen ha puesto al descubierto un hecho de naturaleza tan descarnadamente política como lo son las flaquezas no ya del Estado del bienestar, sino del Estado como tal. Como en tantos otros ámbitos, en este de la vivienda el Dinero, que no somos todos, le está ganando la partida al Estado, que sí somos todos. Estas elecciones van de eso, de que el Estado le eche un pulso al Dinero… y lo gane.
5. “¿Quién mató a Maricarmen?”
El odio de quienes la han señalado llamándola egoísta, aprovechada, abusona y hasta hija de puta es, en cambio, más duradero que la compasión: nos resulta más fácil odiar largamente a un desconocido cuyos padecimientos afean nuestras convicciones o amenazan nuestros intereses. Cuando formulas literalmente en Google la pregunta ‘¿quién mató a Maricarmen?’ solo salen artículos de comentaristas de derechas o muy de derechas. En un primer rastreo el buscador escupe tres escritos con ese título común de ‘¿Quién mató a Maricarmen?’, firmados por Antonio Naranjo en El Debate, Cristina Losada en Libertad Digital y Casimiro García Abadillo en El Independiente, que se diría que escriben no movidos por la compasión hacia la víctima como por la pulsión irrefrenable de señalar a su verdugo, que obviamente no puede ser otro que el tirano ‘Perro Sanxe’. En ninguno de los tres se menciona, por cierto, la responsabilidad directa e ineluctable de Ricardo Alonso Fernández y Fernando Alonso Fuentes, propietarios de Urbagestión a quienes un poco más de compasión y un poco menos de prisa en hacer caja les habrían convencido mucho antes de lo que lo hicieron de que echar de su casa a una inquilina de 87 años que llevaba 70 viviendo en ella era cosa menos propia de hombres que de demonios. Ambos deberán soportar la carga de esa muerte en sus conciencias, aunque probablemente el tribunal que rige tales conciencias esté comprado: comprado, obviamente, con el mucho dinero que piensan ganar vendiendo el piso de Maricarmen.
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