El Sahel arde y Europa vigila. El balance anual del terrorismo yihadista sitúa a África como epicentro casi absoluto de la violencia, pero también advierte de una presión sostenida en países como España, donde las fuerzas de seguridad han intensificado su actividad hasta niveles comparables a los años posteriores al 11-M y el 17-A, con un perfil de detenidos cada vez más joven. El Anuario del Terrorismo Yihadista 2025 del Observatorio Internacional de Estudios sobre Terrorismo (OIET) dibuja un escenario de continuidad en la amenaza global, con mutaciones geográficas y generacionales que obligan a repensar las estrategias de prevención.

Según el informe, el terrorismo yihadista causó al menos 2.018 atentados y 9.901 víctimas mortales en 2025 en todo el mundo. Las cifras son similares a las del ejercicio anterior —los ataques aumentaron un 1,9% y las víctimas descendieron un 5,2%—, lo que consolida una tendencia de estabilidad en la intensidad, aunque con una concentración territorial cada vez más marcada. El 88% de los ataques registrados se produjo en la mitad sur del continente africano y, por primera vez desde que existen registros sistemáticos, África concentra las diez acciones más letales del planeta.

En ese mapa de violencia persistente, Burkina Faso y Mali se consolidan como los países con mayor incidencia del terrorismo yihadista a escala global. Ambos Estados, atravesados por la inestabilidad política, la fragilidad institucional y la proliferación de grupos armados, se han convertido en el principal laboratorio de expansión de organizaciones vinculadas tanto a Al Qaeda como al autodenominado Estado Islámico. El Sahel, en definitiva, ya no es una periferia del fenómeno, sino su centro neurálgico.

El informe también subraya otros focos de atención, como la instrumentalización del terrorismo en Asia meridional o la evolución del Estado Islámico del Khorasan (ISIS-K), cuya contención parcial no elimina el riesgo de proyección exterior. Sin embargo, es África donde se concentra la mayor letalidad y donde los grupos yihadistas han logrado capitalizar conflictos locales, tensiones étnicas y vacíos de poder para afianzar su presencia territorial.

Una radicalización cada vez más joven

En Europa, el escenario es distinto. Desde finales de 2017, el continente permanece inmerso en una tipología de terrorismo caracterizada por ataques de escasa sofisticación y baja letalidad, perpetrados por individuos que actúan como actores solitarios o en células muy reducidas. El objetivo no es tanto el control territorial como la generación de impacto simbólico y polarización social. En ese contexto, España vuelve a situarse en niveles elevados de actividad operativa.

La radiografía del OIET revela que 2025 fue el quinto año consecutivo en el que aumentaron simultáneamente el número de operaciones —58— y de implicados en actividades yihadistas —100— en territorio español. “La intensidad operativa actual iguala a la de contextos marcados por atentados de gran letalidad como el 11-M o el 17-A”, recoge el documento, en referencia a los ataques del 11 de marzo de 2004 en Madrid y del 17 de agosto de 2017 en Cataluña.

Uno de los datos más significativos es el progresivo rejuvenecimiento del perfil de los detenidos. El 48% de los arrestados en España tiene menos de 25 años y el año pasado fueron detenidos 13 menores de edad. La edad media de las personas implicadas continúa descendiendo, una tendencia que preocupa especialmente a los expertos en prevención de la radicalización. A ello se suma la presencia de ocho mujeres entre los detenidos y una decena de nacionalidades distintas, reflejo de la heterogeneidad del fenómeno.

El informe alerta, además, del papel creciente de la propaganda en redes sociales y plataformas de videojuegos como canales de captación y socialización ideológica. La radicalización ya no depende exclusivamente de entornos físicos o redes comunitarias, sino que se produce en espacios digitales donde los discursos extremistas se adaptan a códigos juveniles, combinando referencias religiosas, agravios geopolíticos y narrativas antisistema. La preocupación aumenta cuando esa captación no se limita al plano discursivo, sino que deriva en la implicación directa de menores en roles operativos.

Barcelona es señalada como el “epicentro operativo” de esta tipología delictiva en España. En cuanto a las adscripciones ideológicas, el OIET describe un escenario híbrido, con fusiones de narrativas del Estado Islámico y Al Qaeda, así como simpatizantes de Hezbolá y Hamás, en un contexto internacional marcado por la intensificación del conflicto en Oriente Próximo. La narrativa yihadista antisraelí y antisemita ha tenido impacto en ataques registrados en otros países, como los ocurridos en una sinagoga de Mánchester en octubre o durante la celebración de Janucá en una playa de Sídney en diciembre.

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