Hay una escena que se repite en la política territorial española: un servicio público falla, los usuarios padecen sus consecuencias y, antes incluso de que termine de despejarse la avería, comienza la disputa por el relato. Madrid y Andalucía han convertido el ferrocarril en uno de esos escenarios recurrentes

Isabel Díaz Ayuso y Juan Manuel Moreno Bonilla comparten estrategia: denunciar con vehemencia las deficiencias de una red cuya gestión principal corresponde al Estado y utilizar cada incidencia como argumento contra el Gobierno de Pedro Sánchez.

Óscar Puente ha respondido ahora desplazando el eje de la discusión. El ministro de Transportes y Movilidad Sostenible se ha mostrado dispuesto a transferir los servicios de Cercanías a las comunidades autónomas que quieran asumirlos, pero ha reprochado tanto a Ayuso como a Moreno que mantengan una posición aparentemente contradictoria: exigir al Ejecutivo central responsabilidades sobre el servicio y, al mismo tiempo, no reclamar formalmente hacerse cargo de su gestión.

Se quejan pero no lo quieren”, resumió Puente en una entrevista con Europa Press. El ministro asegura que ya planteó la transferencia tanto a la presidenta madrileña como al presidente andaluz después de las reiteradas críticas de ambos a la gestión estatal.

Madrid y Andalucía, dos gobiernos con el mismo discurso

La similitud entre Ayuso y Moreno no reside únicamente en el contenido de sus reproches, sino también en la arquitectura política que los sustenta. Ambos ejecutivos autonómicos han convertido las incidencias ferroviarias en una pieza más de su confrontación con Moncloa: el retraso deja de ser exclusivamente un problema de movilidad y pasa a convertirse en munición institucional.

La Comunidad de Madrid reclama mejoras en Cercanías y denuncia una supuesta dejación de funciones del Gobierno central. Andalucía, por su parte, ha elevado en numerosas ocasiones sus críticas por las conexiones ferroviarias y por el estado de determinadas infraestructuras. El patrón es reconocible: la competencia estatal se convierte en argumento para exigir al Ejecutivo central respuestas inmediatas, mientras la posibilidad de asumir directamente la responsabilidad de la prestación queda en un segundo plano.

Puente, sin embargo, sostiene que el Gobierno no pretende monopolizar los servicios de proximidad. Recuerda que las comunidades que quieran incorporarlos a sus propios sistemas de transporte pueden hacerlo y pone como referencia el proceso de transferencia de Rodalies a Cataluña.

La cuestión, por tanto, no es únicamente quién tiene razón sobre el estado de los trenes. También es quién está dispuesto a asumir las consecuencias políticas, administrativas y presupuestarias de tener la última palabra.

La batalla de las cifras de Cercanías

El debate se vuelve todavía más complejo cuando se examinan los datos. El Consorcio Regional de Transportes de Madrid (CRTM), dependiente del Gobierno de Ayuso, contabilizó 323 incidencias en Cercanías entre el 1 de enero y el 2 de marzo de 2026. Renfe cuestionó posteriormente esa cifra y sostuvo que, tras depurar los avisos procedentes de su canal operativo de WhatsApp, el número se situaba en 293, alrededor de un 10% menos.

La diferencia no invalida el problema de fondo: incluso con la metodología de Renfe, se registraron cerca de cinco incidencias diarias durante el periodo analizado. Lo que pone en cuestión es la utilización política de las estadísticas.

Según el documento elaborado por Renfe, el CRTM no realiza una extracción literal de los mensajes operativos, sino que aplica un tratamiento posterior que incluye depuración, incorporación parcial de actualizaciones y reclasificación de motivos. Esa metodología explicaría que algunas actualizaciones de una misma incidencia pudieran terminar contabilizándose como nuevos registros.

La controversia resulta reveladora porque muestra cómo una discusión que debería girar alrededor de la calidad del servicio puede acabar transformada en una guerra de contabilidad política.

El informe autonómico que miraba al Cercanías estatal

El episodio adquiere una dimensión especialmente significativa por lo que el informe del CRTM no contabilizaba. El estudio se centraba en Cercanías, cuya gestión corresponde al Estado, pero no ofrecía una fotografía equivalente sobre Metro de Madrid o los autobuses interurbanos, servicios vinculados a la Administración autonómica.

El contraste no permite concluir que el transporte madrileño bajo responsabilidad regional funcione peor o mejor que el estatal a partir de ese único documento. Sí permite, en cambio, señalar una asimetría política: el Ejecutivo autonómico puso el foco estadístico sobre una competencia estatal mientras quedaban fuera de ese análisis otras redes de transporte de titularidad o gestión autonómica.

La propia realidad del Metro introduce, además, matices incómodos en el relato. Las reclamaciones de los usuarios del suburbano han experimentado un incremento en los últimos años, especialmente en cuestiones relacionadas con las temperaturas y las frecuencias, según datos recogidos en una información publicada por elDiario.es.

No se trata de establecer una falsa equivalencia entre redes, competencias o responsabilidades. Se trata de aplicar a unos y otros gobernantes el mismo principio de escrutinio: quien denuncia una deficiencia ajena debe estar igualmente dispuesto a someter a examen la gestión propia.

Ayuso y Moreno elevan el tono cuando falla el tren

La misma lógica se reprodujo con especial intensidad durante la crisis ferroviaria que afectó a la conexión de alta velocidad entre Madrid y Andalucía. Desde Andalucía, la portavoz del Gobierno de Moreno, Carolina España, acusó al Ministerio de Transportes de “inoperancia” y reclamó una respuesta inmediata ante los viajeros afectados.

El Ejecutivo andaluz llegó a hablar de “sabotaje” al sistema ferroviario y responsabilizó al Gobierno central del deterioro de la red. La crítica política es legítima y forma parte del control democrático de una Administración sobre otra. Pero el problema aparece cuando la contundencia retórica termina sustituyendo al análisis de las causas concretas de cada incidencia.

En este caso, además, el contexto resulta determinante: Adif ha denunciado un fuerte incremento de los robos de cable ferroviario. Hasta junio de 2026 había presentado 409 denuncias por sustracciones, una cifra que casi igualaba en solo seis meses las registradas durante todo 2025, cuando se contabilizaron 462.

La existencia de un delito o de un sabotaje no exonera automáticamente a las administraciones de explicar sus protocolos, inversiones, mantenimiento o capacidad de reacción. Pero tampoco permite atribuir sin matices a una decisión política cualquier interrupción provocada por una acción criminal.

El pasajero queda atrapado entre administraciones

En esta guerra de competencias hay una víctima que no participa en la batalla dialéctica: el usuario. El viajero no necesita saber si el retraso es consecuencia de una decisión de Renfe, Adif, el Ministerio, la Comunidad de Madrid o una administración autonómica. Necesita que el tren llegue.

Y ahí reside la paradoja que atraviesa el enfrentamiento entre Puente, Ayuso y Moreno. Todos reivindican la defensa del ciudadano; todos denuncian las deficiencias del sistema; todos prometen soluciones. Pero el reparto de responsabilidades se convierte en una suerte de partida de ping-pong institucional en la que cada Administración intenta devolver la pelota al tejado de la otra.

El resultado es una política ferroviaria observada desde el andén y explicada desde los despachos.

Puente también juega su partida

Sería igualmente ingenuo presentar la posición de Puente como una respuesta desprovista de cálculo político. El ministro tiene incentivos evidentes para devolver las críticas a las comunidades autónomas y plantearles una disyuntiva incómoda: si consideran que pueden gestionar mejor el servicio, pueden asumirlo.

Su argumento tiene una lógica administrativa, pero también una evidente utilidad política. La transferencia de competencias desplaza parte del coste político de las averías desde Moncloa hacia los gobiernos autonómicos. Quien administra, responde; quien tiene capacidad de decisión, también debe cargar con la responsabilidad de sus resultados.

La cuestión es que una transferencia ferroviaria no consiste simplemente en cambiar el membrete de la Administración responsable. Implica recursos, personal, financiación, planificación, infraestructura, coordinación y capacidad técnica. Por eso, la oferta de Puente merece ser examinada tanto en sus términos políticos como en sus condiciones económicas y administrativas.

Una oferta que desnuda la contradicción

La propuesta del ministro coloca a Ayuso y Moreno ante una disyuntiva que ambos han evitado convertir en prioridad política: si Cercanías es tan deficiente como denuncian, ¿por qué no asumir su gestión?

La respuesta puede encontrarse en la propia complejidad del servicio. Gestionar una red ferroviaria implica asumir también sus averías, sus inversiones pendientes, sus retrasos y el desgaste electoral derivado de ellos. La transferencia ofrece autonomía, pero también responsabilidad. Y la responsabilidad es menos cómoda que la protesta.

En ese punto, las estrategias de Ayuso y Moreno se parecen demasiado. Ambos pueden ejercer de fiscales de una gestión estatal que denuncian sin tener que cargar íntegramente con el coste de cada fallo. La crítica es políticamente rentable; la gestión, en cambio, obliga a responder por cada tren que no llega.

El abono único, otro frente de confrontación

La misma pugna se extiende al abono único estatal. Puente ha lamentado que Madrid, Alicante y otras ciudades y comunidades no se incorporen al sistema que permite utilizar por 60 euros mensuales los servicios incluidos en el programa estatal.

El ministro sostiene que para ampliar el título al transporte urbano y metropolitano hace falta “voluntad política” de las administraciones territoriales. De nuevo, el conflicto no se limita a una cuestión técnica: cada nivel administrativo intenta evitar que la decisión del adversario se transforme en una victoria política.

Y mientras las instituciones discuten quién merece el rédito, el ciudadano continúa pagando —en dinero, tiempo y paciencia— las consecuencias de un sistema fragmentado.

La responsabilidad también debe viajar en Cercanías

La discusión sobre los trenes españoles no debería reducirse a una pugna entre PSOE y PP, ni entre Gobierno central y comunidades autónomas. El verdadero debate debería ser mucho más incómodo: quién gestiona mejor, con qué recursos, bajo qué indicadores y con qué mecanismos de rendición de cuentas.

Ayuso y Moreno tienen derecho a exigir al Gobierno central que mejore los servicios ferroviarios cuya responsabilidad mantiene. Puente tiene derecho a recordarles que una Administración que reclama competencias ajenas puede asumirlas. Pero ninguno de los tres puede convertir al viajero en figurante de una disputa partidista.

Porque la paradoja ferroviaria española es que todos parecen tener un culpable y todos prometen una solución, pero la responsabilidad se vuelve escurridiza cuando llega la hora de determinar quién debe responder por el retraso.

La política del tren necesita menos ruido y más vías de salida: inversión, mantenimiento, coordinación, información al viajero y una delimitación transparente de las competencias. Si Madrid o Andalucía consideran que pueden prestar un mejor servicio, la transferencia debería poder discutirse con seriedad. Si no quieren asumirlo, deberían explicar por qué. Y si el Estado conserva la competencia, debe aceptar que las críticas no se responden únicamente con reproches a sus adversarios.

En el andén, al fin y al cabo, el viajero no vota entre administraciones: espera. Y cuando el tren no llega, la responsabilidad debería llegar antes que el discurso.

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