Este lunes hemos asistido a la comparecencia de José Luis Rodríguez Zapatero en la Comisión del Senado sobre el rescate de la aerolínea Plus Ultra. Podría desgranar el soberano repaso parlamentario que el expresidente del Gobierno ha dado al Partido Popular; sin embargo, prefiero detenerme en una idea que define la esencia del compromiso político: la lealtad.
La RAE define la lealtad como el “cumplimiento de lo que exigen las leyes de la fidelidad y las del honor y hombría de bien”. Si diseccionamos esta definición, Zapatero emerge como una figura que cumple. Lo hace conforme a la ley, con una fidelidad inquebrantable y como un hombre de honor. Todo encaja. Pero que nadie se llame a engaño: entiéndase que la lealtad no significa sumisión ni decir sí a todo. Al contrario, es el compromiso firme con unos valores y unas siglas por encima de cualquier interés personal.
Así lo entiendo yo y así lo aplico: el hecho de que uno mantenga la lealtad institucional no implica, en absoluto, estar de acuerdo con cada decisión o cada palabra de un dirigente. La disciplina no anula el juicio crítico, y el silencio público no debe confundirse jamás con una conformidad ciega. Si no expreso mis discrepancias públicamente es porque, afortunadamente, los socialistas contamos con cauces internos donde manifestar nuestras críticas con total libertad.
Por ello, me parece profundamente reprochable que algunos dirigentes de mi partido prefieran los focos de la prensa para airear sus desacuerdos, olvidando que la lealtad también consiste en debatir dentro y unir fuerzas fuera.
Su actitud reconforta a quienes sentimos la política como un servicio noble. La memoria me lleva inevitablemente a Alfredo Pérez Rubalcaba, quien siempre recordaba que, ante todo, en política se debe ser leal. No hay mejor forma de reivindicar al exjefe del Ejecutivo que acudir al legado ético de quien fue su ministro del Interior.
No contento con su lección de saber estar, Zapatero ha confirmado su presencia en la campaña de Castilla y León para los comicios del quince de marzo. No solo ha desmontado una campaña basada en un bulo burdo —donde la derecha prefirió insistir en la mentira antes que rectificar—, sino que ha desnudado la falta de un proyecto alternativo para España. Eso es lo realmente grave: una oposición que renuncia a su deber de ser una alternativa real de Gobierno. Su labor no debería ser el ruido, sino ofrecer ideas que aporten beneficios reales al país; algo que el Partido Popular ha sacrificado por el fango de la confrontación estéril.
Conviene valorar esta lección de honestidad que Zapatero proyecta hacia fuera, pero también hacia dentro. Su ejemplo interpela a extraños, pero también a propios, como un Felipe González cuyas intervenciones tanto sonrojan hoy a la gente progresista de este país. El compañero José Luis nos ha dejado una certeza que compartimos muchos socialistas: lo seremos hasta el último de nuestros días.
Ya lo sentenció Cicerón: “Nada es más noble, nada es más venerable, que la lealtad”. Ojalá, algún día, algunos compañeros y algunas compañeras de mi partido aprendan a conjugar ese verbo con la misma dignidad.
Diego Ruiz Ruiz
Militante del PSOE de Toledo capital