Hacer memoria sin perder el paso en los tiempos del esputo verbal y el algoritmo digital es una tarea de alto riesgo. Jonathan Martínez pertenece a esa estirpe de periodistas empeñados en rescatar la microhistoria para explicar los grandes seísmos geopolíticos. Tras una larga conversación, el analista desgrana con lucidez los mecanismos de la ola reaccionaria, la complacencia de los gobiernos progresistas y la urgencia de recuperar la identidad de clase frente al individualismo imperante.

 

Pregunta: ¿Estamos ante un fenómeno nuevo nacido en las redes sociales o es el viejo autoritarismo con envoltorio digital?
Respuesta: Es un fenómeno que se repite. Sería un error entender a la extrema derecha como un mero paquete de odio por el placer de odiar. No se puede criticar a la extrema derecha sin criticar al sistema capitalista, que crea estos grupúsculos para defender sus intereses cuando por sí mismo no puede hacerlo. No es el fascismo clásico, pero conserva sus postulados ideológicos con un barniz que los presenta como respetables en los parlamentos. Es la clase dominante de toda la vida mandando un mensaje a las clases populares para convencerlas de que la oveja debe votar al lobo.

P: Vox acumula escándalos de desvíos de dinero y purgas internas. ¿Por qué esto no le pasa factura electoral?
R: Existe el mito de que la corrupción política se paga alta, pero la historia demuestra lo contrario. La gente no vota leyendo la letra pequeña de los programas, sino por identidad y elementos sentimentales. Se perdonará todo bajo la lógica de "a mí me roba cualquiera, pero un comunista no". Además, Vox funciona como una correa de transmisión del Estado profundo. En sus listas hay jueces, policías y militares. Sectores con un poder al que nadie ha votado. Vox seguirá en pie mientras a esas profundidades del Estado les sea útil. El día que deje de serlo, la misma maquinaria de fango que hoy los protege los arrojará a los escombros de la historia.

P: ¿Cómo ha logrado la reacción imponer sus ideas como sentido común mientras la solidaridad suena a utopía trasnochada?
R: Con mucho dinero. Las clases de poder han financiado laboratorios de pensamiento, think tanks, para gestionar la guerra cultural e instalar un sentido común virado a la derecha. Es fácil lograrlo cuando tienes a tu disposición los grandes medios y algoritmos diseñados para premiar el odio y el insulto en lugar del pensamiento razonado. La libertad de prensa es tan buena como el dinero que tienes para comprarla. Si me das grandes platós y equipos fabulosos, soy capaz de hacer que la gente crea cosas increíbles. Hemos pasado de un consenso donde se protegían los derechos a una época donde ser mala persona está bien visto.

P: Cuando la derecha pide bajar impuestos, ¿cuál es la traducción real para la clase trabajadora?
R: Los impuestos son un salario diferido que recibe la clase trabajadora a través de la redistribución fiscal: sanidad, educación y pensiones garantizadas tras años de luchas obreras. Cuando el neoliberalismo pide bajar impuestos, lo que está exigiendo en realidad es bajar los salarios de los trabajadores. Buscan desmontar el Estado, pero no por el lado de la policía o el ejército, que defienden los privilegios de la clase dominante, sino por el lado de las conquistas históricas que garantizan el bienestar social.

P: En materia de vivienda las medidas del Gobierno central son muy tímidas. ¿Por qué cuesta tanto intervenir el mercado?
R: El PSOE no va a hacer una política de vivienda para las clases populares por iniciativa propia. No va a tocar la estructura de la propiedad en ningún aspecto; al contrario, colabora con los procesos de acumulación de capital. Los gobiernos no van a ir más allá de lo que la calle les exija. Si la calle está dormida, los gobiernos están dormidos. Si la calle no se enciende, nos ofrecerán migajas. El problema actual es que tenemos un sindicalismo de concertación que se recluye en los despachos cuando gobierna la izquierda en lugar de apretar en las calles. Las cosas se negocian solo después de demostrar que se puede paralizar un país.

P: En el País Vasco la izquierda soberanista es fuerte y la ultraderecha es casi inexistente. ¿A qué se debe esta anomalía?
R: Existe una conciencia comunitaria y una capacidad de movilización muy arraigadas. Las demandas laborales, la crisis de la vivienda, la denuncia de los abusos policiales y la memoria histórica se entrelazan en el mismo tejido social. Esa conciencia antifascista y soberanista hace que el pueblo se crezca ante la represión. Las élites no quieren un pueblo unido porque saben que los derechos conquistados se disuelven si no se defienden colectivamente.

P: Líderes de la derecha madrileña siguen hablando de ETA a diario como si estuviera activa. ¿Qué buscan con ese discurso?
R: La desaparición de ETA fue una de las mayores desgracias para el PP y la derecha española porque perdieron el gran agregador que mantenía prietas sus filas. Al quedarse sin ese enemigo común, viraron hacia Cataluña, pero necesitan seguir alimentando el fantasma vasco. El fin de la violencia armada destruyó también una economía vinculada a la seguridad privada que se resistía a desaparecer. No vas a convencer con datos a quien ha decidido ser un miserable y utilizar el dolor de las víctimas a su favor, como hemos visto con el uso partidista que hacen del sufrimiento ajeno frente a las peticiones de las propias familias de las víctimas. Lo único que nos queda es mantener la dignidad y no ser miserables nosotros.

P: Mirando hacia las elecciones de 2027, ¿está la izquierda a tiempo de recuperar la ilusión o el terreno está perdido?
R: Yo nunca daría nada por perdido. Lo más probable es que operen dinámicas de movilización de última hora que terminen beneficiando al PSOE bajo el argumento del miedo. Pedro Sánchez sabe que necesita los apoyos periféricos, pero su objetivo sigue siendo restaurar el bipartidismo clásico para no comprometer su programa. El problema es que el ecosistema digital premia el mensaje escandaloso y la izquierda comete el error de entrar a todos los anzuelos que le tiende la derecha. Lo verdaderamente revolucionario hoy sería apagar los móviles y desconectar de esa economía de la atención.

P: ¿El desgaste de las fuerzas a la izquierda del PSOE es solo político o responde a dinámicas internas?
R: El salto a la institucionalidad siempre es complejo porque debilita la presencia en los movimientos vecinales y desahucios. Pero además, en el espacio de la izquierda alternativa ha habido enemistades personales que se han enquistado y que luego se disfrazaron de diferencias políticas. El lastre ha sido la gestión de los egos heridos y las divisiones internas que fragmentan el espacio. Recomponer las piezas políticas es viable, pero recomponer las costuras personales tras tantos reproches es una tarea mucho más difícil. La solución y la fuerza para avanzar de nuevo vendrán de las calles, no de los parlamentos. Las luchas son una carrera de fondo, una larga impaciencia. La consistencia es lo único que nos hace fuertes.

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