Dicen que Pinocho era una marioneta que soñaba con ser libre. En la España de hoy ocurre justo lo contrario: hay quienes se creen libres mientras otros les mueven los hilos. Hilos invisibles tejidos desde determinados medios de comunicación, amplificados por políticos que han hecho del insulto su única estrategia y rematados por tertulianos y periodistas que prefieren alimentar la indignación antes que fomentar el pensamiento crítico. El resultado es una sociedad dividida, donde demasiados ciudadanos acaban repitiendo consignas como si fueran propias, sin preguntarse quién escribió el guion.

La oposición es una pieza imprescindible de cualquier democracia. Sin ella no hay control al poder ni equilibrio institucional. Pero una cosa es hacer oposición y otra muy distinta convertir la política en un espectáculo permanente de descalificaciones. Cuando el insulto sustituye al argumento, cuando el ruido reemplaza a las propuestas y cuando el objetivo deja de ser mejorar la vida de la gente para convertirse únicamente en desgastar al adversario, perdemos todos.

Porque esa crispación no se queda en el Congreso ni en las ruedas de prensa. Se cuela en nuestras casas. Divide familias, enfría amistades y enfrenta a vecinos que antes convivían con absoluta normalidad. Ya casi es un ritual escuchar aquello de "mejor no hablemos de política". Y, sin embargo, esa frase es precisamente la victoria de quienes han convertido el debate público en un campo de batalla.

No. Hay que hablar de política. Más que nunca. La política no es patrimonio de los partidos; pertenece a los ciudadanos. Es hablar de la escuela pública, de la sanidad, de la vivienda, del empleo, de los derechos y de las oportunidades. Lo que debemos rechazar no es la conversación política, sino la forma en que algunos pretenden monopolizarla: a base de gritos, de burlas y de insultos.

Nos hemos acostumbrado a callar por educación. Muchos progresistas hemos preferido evitar la discusión antes que entrar en el barro. Pensábamos que el respeto era suficiente respuesta frente a la mala educación. Pero el silencio tiene un límite. Cuando los intolerantes ocupan todo el espacio, callar deja de ser una muestra de civismo para convertirse en una cesión. Eso no significa responder con la misma moneda. Al contrario. Significa contestar con argumentos. Con datos. Con serenidad. Con la fuerza de la palabra bien utilizada. Porque la mejor derrota del insulto nunca será otro insulto, sino una idea mejor construida.

Hay escenas que retratan perfectamente el momento político que vivimos. Se monta un escándalo nacional por un simple pinganillo mientras los problemas reales esperan soluciones. Y una no puede evitar pensar en doña Isabel y en su inseparable Miguel Ángel… qué lástima que no fuera el pintor. Aquel levantó la Capilla Sixtina; otros parecen señalar La Moncloa con la misma puntería con la que Colón señaló las Indias y terminó encontrando América. La diferencia es que los errores del navegante cambiaron la historia; los errores de algunos dirigentes solo alimentan el enfrentamiento.

España merece algo mejor que una política convertida en una fábrica de indignación. Merece dirigentes capaces de discrepar sin odiar, periodistas que informen antes de agitar y ciudadanos que piensen antes de repetir. La democracia necesita menos marionetas y más personas capaces de cortar los hilos. Necesita ciudadanos que no deleguen su criterio en un titular, un vídeo de treinta segundos o un eslogan. Necesita recuperar el valor de la conversación, de la escucha y de la oratoria. Porque la política no debería ser una competición para ver quién insulta más fuerte, sino un ejercicio colectivo para construir un país mejor.

Quizá no logremos convencer a quienes viven instalados en el ruido. Pero sí podemos enseñar a nuestros hijos, a nuestros alumnos, a nuestros amigos y a nuestros vecinos que las ideas se defienden con razones, no con descalificaciones; que el respeto no es debilidad, sino fortaleza; y que la palabra, cuando se usa con inteligencia, ilumina mucho más que cualquier grito.

Tal vez así consigamos que, en lugar de un país dividido por el odio, España vuelva a ser un lugar donde discutir de política sea un ejercicio de ciudadanía y no una declaración de guerra. Y entonces, entre tanto ruido, volverá a aparecer alguna estrella. Porque las estrellas no necesitan gritar para brillar.

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