Haidar Alí Moracho nos habla sobre las cicatrices de la violencia vicaria y la enorme capacidad de supervivencia. A los ocho años fue víctima de un secuestro parental que lo arrancó de Madrid para llevarlo engañado a una Basora devastada por la posguerra y la invasión estadounidense. A su regreso a España, tras recuperar el contacto con su madre, enfrentó el inicio de su transición de género en un país cuyas instituciones aún patologizaban a las personas trans. Ahora, Haidar publica El espejo de dos mundos, un libro ilustrado por su pareja Cori, donde recupera su propia narrativa para desmontar prejuicios de la derecha occidental y sanar definitivamente su pasado.

 

Pregunta: En los primeros capítulos relatas cómo tu padre te disfrazó un secuestro diciéndote que os ibais de vacaciones a Irak. ¿Cuándo fuiste consciente de que esa mentira te había arrebatado a tu madre?

Respuesta: La primera pista evidente me llegó en la primera llamada que tuve con ella. Sentí en su voz que estaba histérica y completamente perdida, algo lógico porque llevaba días sin saber de mí. Más adelante me pidió que me escondiera en una pasarela estrecha para describirle mi calle a escondidas, ya que allí no había placas con números de vivienda y le resultaba imposible localizarme. Me sentía constantemente entre la espada y la pared. No quería hacer daño a mis progenitores, pero me dolía ocultarle cosas a mi padre. El dolor real por la separación surgió cuando regresé a España.

P: Tu caso fue mediático y se emitió una serie de televisión sobre tu vida. Denuncias que tergiversaron los hechos drásticamente para lanzar mensajes de odio contra la cultura islámica.

R: Me dio mucha rabia que proyectaran a mi familia iraquí desde el esencialismo puro. Mostraban a mi padre como alguien muy brusco que me manipulaba diciéndome que mi madre era mala, y eso jamás ocurrió. Los medios se aprovecharon para escupir visiones orientalistas, dando a entender que era lógico que un árabe robara a su hijo. Ocultaron que un padre cristiano o judío hace el mismo daño con un secuestro vicario. Quería hacer justicia a la realidad y demostrar que tuve una vida normal y mi familia paterna me cuidó.

P: Viviste en un país destrozado por la invasión ilegítima impulsada por el trío de las Azores para robar petróleo. ¿Cómo viviste el terror de las bombas siendo un crío en Basora?

R: Me impactó muchísimo la enorme presencia militar estadounidense y encontrarme una ciudad sin agua potable. Escuchar los tiroteos y las bombas fue verdaderamente traumático. Mi ignorancia por mi corta edad acrecentó mi inseguridad y llegué a obsesionarme con la idea de la muerte. Tenía pesadillas recurrentes donde moría devorado por una jauría de perros negros mientras intentaba huir de un bombardeo, o soñaba que caía de una noria al río Tigris y me devoraban los cocodrilos.

P: De regreso a España decides iniciar tu transición. Sin embargo, te chocas contra un sistema sanitario y burocrático que ejercía una violencia inmensa al trataros como enfermos mentales.

R: Fue una época violenta porque mi proceso coincidió cuando la transexualidad seguía considerándose un trastorno mental. Con 18 años tuve que sentarme frente a una psicóloga de la Seguridad Social para justificar mi existencia, demostrando que no era producto de ningún abuso infantil. En la Unidad de Identidad de Género del Ramón y Cajal, sufrí un proceso absurdo donde me evaluó una socióloga para determinar si estaba preparado para operarme. Hacían test machistas preguntando si de pequeño te gustaba el color rosa e incluso confundían identidad con orientación sexual. Una chica intentó suicidarse por la nula atención y, desde la unidad, argumentaron con total desprecio que solo lo hacía para llamar la atención y adelantar su cirugía.

P: Resulta cínico ver cómo la ultraderecha, que os exige evaluaciones psiquiátricas, utiliza ahora vuestras historias para alimentar la islamofobia bajo una falsa defensa del colectivo LGTBI.

R: Se apropian de un discurso que ni les va ni les viene para utilizarlo según sus propios intereses. Tratan a la sociedad por imbécil al intentar demostrar que defienden a las personas LGTBI frente a los musulmanes, cuando todas las agresiones que he sufrido las ha cometido gente española. Es una falacia absoluta diseñada para cargar contra la inmigración. Ignoran que en la cultura clásica árabe las relaciones homosexuales estaban totalmente normalizadas y aceptadas. Se empezaron a perseguir precisamente cuando Occidente colonizó esos países y determinó que aquello estaba mal.

 

P: Para cerrar, dedicas este hermoso testimonio de supervivencia a tu sobrina Jimena. ¿Qué mensaje fundamental esperas que se le quede grabado cuando te lea en el futuro?

R: Ella ha pasado por circunstancias emocionales difíciles por la separación de sus padres y yo me he sentido muchas veces como se está sintiendo ella ahora. Un día sentí la necesidad de regalarle esta historia para que tenga muy claro que de todo se sale y que las cosas siempre terminan colocándose con el tiempo. Toda experiencia te enseña algo valioso para construirte a ti misma. Quiero que sepa que tiene a una persona cercana con la que puede contar incondicionalmente para gestionar sus propios conflictos.

 

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