Es sobradamente conocida la frase “España ha dejado de ser católica”, pronunciada por Manuel Azaña el 13 de octubre de 1931 en las Cortes Constituyentes, en pleno debate sobre la cuestión religiosa y la redacción de la Constitución de la Segunda República Española. Azaña recurrió a esa afirmación para defender la separación entre Iglesia y Estado y justificar la necesidad de un modelo laico en la organización del país.
Hoy, parafraseando aquella cita, podría sostenerse que “en España, la derecha ha dejado de ser católica”, en la medida en que el Partido Popular ya no encarna ni abraza los principios de la religión que durante décadas le ha servido como uno de sus principales soportes electorales. Es más, a la vista del contexto político actual, cabe incluso plantear que es la izquierda quien, en mayor medida, recoge el mensaje del Evangelio cuando defiende a los más vulnerables, a quienes huyen de la persecución o del hambre, o cuando se posiciona con firmeza contra la violencia derivada de los conflictos bélicos. Dicho de otro modo, un católico coherente con los principios de su fe difícilmente debería optar por el Partido Popular en las urnas.
El choque frontal entre los principios del Evangelio - centrados en la dignidad universal de la persona y la defensa de los más vulnerables - y el discurso de la “prioridad nacional” evidencia una profunda incoherencia moral en el Partido Popular, que se agrava con su tibieza ante el clamor del No a la guerra y sus crecientes simpatías hacia postulados trumpistas. Esta combinación de posicionamientos no solo desdibuja cualquier pretensión de humanismo cristiano, sino que sitúa al partido en una deriva ideológica donde el cálculo político parece imponerse a los valores éticos que históricamente ha invocado, dejando al descubierto una brecha cada vez más difícil de justificar entre su discurso y sus actos.
El debate sobre inmigración ha destapado una fractura cada vez más evidente como es la distancia entre el mensaje evangélico y las políticas que defienden hoy los partidos de la derecha española. La pregunta ya no es incómoda, sino inevitable: ¿Puede alguien proclamarse cristiano mientras respalda discursos que excluyen, señalan y deshumanizan al diferente?
Jesús de Nazaret no fue ambiguo. Su mensaje fue radicalmente claro al ponerse del lado de los débiles, de los excluidos, de los que no cuentan. El Dios que predicó no era el de los poderosos, sino el de los oprimidos. Y, sin embargo, hoy asistimos a una deriva política en la que quienes se arrogan la defensa de los “valores cristianos” promueven exactamente lo contrario.
La reciente posición de la Conferencia Episcopal Española, expresada por su secretario general, César García Magán, no deja lugar a dudas: la dignidad humana es “intocable” y el Evangelio no entiende de “prioridades nacionales”. Es decir, no hay jerarquías entre personas en función de su origen. Un principio básico del cristianismo que choca frontalmente con el discurso que hoy enarbolan PP y Vox.
No es una opinión aislada. El obispo de Bilbao, Joseba Segura, ya fue contundente al afirmar que “no se puede ser cristiano y conservador” si eso implica ignorar la desigualdad, la precariedad o la injusticia social. Porque la fe, dijo, obliga a mirar de frente el sufrimiento ajeno, no a blindarse frente a él.
La llamada “prioridad nacional” es la antítesis del mensaje evangélico
El problema no es solo político, es moral. La denominada “prioridad nacional” - defendida por la extrema derecha y asumida cada vez más por el Partido Popular - rompe con el núcleo del mensaje cristiano. En la parábola del Buen Samaritano, Jesús elige precisamente a un extranjero despreciado para dar una lección de humanidad. En el Evangelio de Mateo, se identifica con el forastero: “fui extranjero y me acogisteis”. No hay condiciones, no hay matices, no hay cupos.
Sin embargo, el discurso dominante en la derecha española apunta en sentido contrario. Santiago Abascal ha llegado a acusar a obispos de “hacer negocio” con la inmigración, mientras cuestiona abiertamente la labor de la Iglesia en la acogida de migrantes. Una confrontación que no es anecdótica, pues evidencia una ruptura profunda entre la doctrina social de la Iglesia y el nacionalismo excluyente.
Desde la propia jerarquía eclesiástica se ha respondido con claridad. El arzobispo Joan Planellas lo resumió claramente y sin rodeos cuando expresó que un xenófobo no puede ser un buen cristiano. Y el obispo de Canarias, José Mazuelos Pérez, fue aún más gráfico al denunciar en L’Osservatore Romano la deshumanización del debate migratorio, recordando el sufrimiento real de quienes se juegan la vida en el mar: “los migrantes viven nuestra Iglesia cuando después del peligroso y largo camino se encuentran una mano tendida que los acoge, los escucha con cercanía y fraternidad”.
Pactos PP y Vox contra Cáritas y ONGs de ayuda a inmigrantes
La contradicción se agrava cuando se observan las decisiones políticas. Los pactos entre PP y Vox para recortar ayudas a organizaciones como Cáritas o limitar el apoyo a ONG que trabajan con inmigrantes no son medidas técnicas: son declaraciones ideológicas. Sitúan la frontera por encima de la persona, la identidad por encima de la dignidad.
A esto se suma el silencio - cuando no la complicidad - ante conflictos internacionales donde la defensa de la vida y la justicia debería ser incuestionable. Las posiciones ambiguas o alineadas con intereses geopolíticos alejan aún más a la derecha española del humanismo cristiano que dice representar. Pactar con Vox es acordar con quien ha puesto en su punto de mira de odio la labor ejemplar de Cruz Roja en las guerras y en la ayuda a los vulnerables ¿Es eso cristiano? Yo creo que es todo lo contrario.
Recuerdo también como el Papa Francisco fue objeto también de ataques desde sectores conservadores por insistir en algo tan elemental como que los migrantes son seres humanos, no amenazas. Una obviedad que, en el actual clima político, parece necesario recordar Jorge Mario Bergoglio criticó los discursos que deshumanizan o convierten la inmigración en un problema exclusivamente de seguridad. Y eso no le gustaba a la derecha.
Ahora, su sucesor se “moja” y se pone en contra de las tesis conservadoras. El papa León XIV ha sido contundente al abordar el debate sobre inmigración, subrayando que los migrantes “son seres humanos” y deben ser tratados como tales, “no peor que las mascotas”. En sus palabras, ninguna política migratoria puede justificar un trato indigno hacia quienes buscan una vida mejor, denunciando que en muchos casos estas personas llegan a recibir un trato “peor que los animales”. Aunque reconoce el derecho de los Estados a controlar sus fronteras, el pontífice insiste en que ese control debe ejercerse siempre desde el respeto a la dignidad humana. También se ha enfrentado a Trump por la guerra de Irán, al igual que contra Netanyahu, algo que no ha hecho la derecha española.
El giro del Partido Popular, especialmente bajo el liderazgo de Alberto Núñez Feijóo, confirma esta deriva. Su aproximación al discurso de Vox no es táctica, es estructural. Ya no se trata de competir electoralmente con la extrema derecha, sino de asumir su marco mental como el miedo al extranjero, la sospecha permanente, la exclusión como política.
Y ahí es donde se produce la ruptura definitiva. Porque el cristianismo no admite dobles lecturas en esto. No permite justificar la exclusión del débil ni la indiferencia ante el sufrimiento. No hay compatibilidad posible entre el Evangelio y un proyecto político que señala al migrante como problema.
Por eso la conclusión es incómoda, pero clara, pues no se puede sostener una fe basada en el amor al prójimo mientras se respalda a quienes construyen su discurso sobre el rechazo al diferente. No se puede invocar a Jesús y, al mismo tiempo, negar su mensaje más esencial.
Hoy, más que nunca, la coherencia importa. Y el Evangelio, lejos de ser un adorno cultural o una etiqueta política, sigue siendo - para quien dice creer en él - una exigencia radical.
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