La política de este país se ha trasladado definitivamente a las calles de Madrid, convertida en un inmenso plató de televisión donde los líderes de la oposición, adictos al aplauso fácil de la masa y esclavos de sus propios personajes de diseño, confunden el eco de las consignas con el clamor de una mayoría silenciosa. Creen, en su infinita soberbia, que reconducir el descontento social o asaltar unas elecciones es una tarea que se improvisa agitando banderas frente a los ministerios, coreando lemas testosterónicos y exhibiendo una calculada indignación para los informativos de la noche. Pero la realidad, tozuda e implacable, siempre termina por recordar tras las bambalinas que las manifestaciones masivas no llenan de forma automática las urnas de votos reales.
Es el mal endémico de este bloque: dirigentes atrapados en un pulso fratricida que convocan marchas ciudadanas no para plantear una alternativa viable de gobierno, sino para colapsar y neutralizar al rival que tienen justo al lado. Mientras unos escenifican un patriotismo de pandereta para arrastrar el marco ideológico hacia posiciones extremas, los otros acuden arrastrando los pies, presos del pánico absoluto a perder el monopolio de la derecha y camuflando sus complejos bajo una falsa pátina de institucionalidad. Buscan ambos un estado de agitación colectiva que solo sirve para tapar sus miedos más íntimos: el miedo a la pérdida electoral y a descubrir que sus estructuras internas están carcomidas por la improvisación, el peloteo y la mediocridad gestada en relatos de pasillo.
Porque cuando las cámaras se apagan y la marea humana se disuelve por la Gran Vía, las sonrisas de plástico de la cabecera se congelan. Es ahí, en el frío análisis de los despachos, donde se demuestra que la política profesional y el diseño de una campaña ganadora no son un juego para aficionados con ínfulas de salvadores ni para pretorianos advenedizos que confunden la agitación callejera con la fontanería de los datos. Las guerras de desgaste no se ganan con voluntarismo ciego ni subcontratando la autoría de las protestas a plataformas civiles; se ganan con método, estructura y estrategia fría.
Frente a esta huida hacia adelante de quienes queman tierra firme compitiendo por ver quién grita más fuerte, la supervivencia de una alternativa real exige una figura radicalmente distinta. Exige la intervención quirúrgica de auténticos expertos; ese profesional de colmillo retorcido y mirada analítica que no viene a agitar pancartas ni a regalar el oído de las cúpulas, sino a tomar el control de la maquinaria en plena tormenta de polarización, que busca resultados y no la ascendencia que asegure su sillón. Un estratega que entiende que coordinar las expectativas de partidos en conflicto y canalizar el descontento hacia una victoria electoral requiere auditoría implacable, control de daños en tiempo real, optimización de los recursos territoriales y una disciplina de hierro que las formaciones devoradas por sus propias cuotas de poder jamás podrán generar por sí mismas.
A los líderes de barro que hoy desfilan victoriosos creyendo que han conquistado Madrid con una foto efímera, conviene recordarles que las generales no se ganan con la épica de la confrontación estéril. El reloj de la política no tiene marcha atrás y el electorado se cansa del puro teatro. Quien prefiera seguir prisionero de la agitación y de los asesores complacientes, que se prepare para el cuarto oscuro de la indiferencia en las urnas. Quien de verdad pretenda canalizar la indignación de la calle y transformarla en victorias gubernamentales reales, hará bien en bajar las luces del escenario y dejar paso a los profesionales de la gestión que sí saben cómo enderezar y ganar una campaña en tiempos de crisis. Y en caso de que sus egos no lo permitan, que siga la función, que a la salida del patio de butacas, la realidad volverá a caer implacable.
Vicente Montáñez es CEO Powerboard Partners y exconcejal del Ayuntamiento de Valencia (2019-2023)
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