El Congreso de los Diputados ha abierto sus puertas a 250 jóvenes para convertir la democracia en materia de conversación, reflexión y participación compartida. La iniciativa, celebrada en el marco del Consejo de la Juventud de España (CJE) y de las actividades conmemorativas de los 50 años de España en libertad, se articula bajo el lema “DemocraZia con Z: Pensar en común lo que nos importa”, unas jornadas concebidas para acercar a las nuevas generaciones a las instituciones y a los agentes sociales.

El encuentro, desarrollado los días 3 y 4 de septiembre, pretende situar a la juventud no como una audiencia a la que las instituciones deben dirigirse, sino como un interlocutor con capacidad para intervenir en la construcción de las políticas públicas. El propio título de las jornadas juega con una idea de fondo: la democracia no es una pieza terminada ni una herencia que pueda conservarse intacta, sino una obra colectiva sometida a revisión permanente.

La presidenta del Congreso de los Diputados, Francina Armengol, ha recibido a los participantes con una reivindicación de esa dimensión generacional de la democracia. “La democracia no puede ser una realidad estática, sino una construcción colectiva que cada generación debe interpretar, hacer crecer y defender”, ha señalado.

Su discurso ha situado al CJE como una de las expresiones institucionales más representativas de esa continuidad. La organización nació en 1983, apenas cinco años después de la aprobación de la Constitución, y desde entonces ha articulado la participación de las organizaciones juveniles en el debate público.

Una democracia que necesita relevo

Armengol ha defendido que la participación juvenil no puede quedar relegada a una parcela concreta de las políticas públicas. La juventud, ha advertido, debe formar parte transversal de la acción de los Gobiernos y de las instituciones.

La reflexión adquiere una dimensión particularmente significativa cuando se observa la distancia existente entre la edad de buena parte de quienes toman las decisiones y la de quienes padecen de forma más directa algunas de sus consecuencias. La presidenta del Congreso ha reclamado una mayor presencia de jóvenes en los cargos institucionales y políticos y ha reconocido que los partidos todavía no son suficientemente permeables a su incorporación a puestos de responsabilidad.

La advertencia no se limita a una cuestión generacional. En el fondo plantea un problema de representación: quién participa en la definición de las prioridades públicas y hasta qué punto las instituciones reflejan la diversidad de experiencias de la sociedad a la que representan.

Solo desde las instituciones públicas puedes transformar la realidad de la gente a la que debes representar dignamente”, ha defendido Armengol, reivindicando la política como instrumento de transformación frente a la desafección y el distanciamiento ciudadano.

La juventud habla de lo que condiciona su futuro

La presidenta del CJE, Andrea González Henry, ha llevado el debate desde la abstracción democrática hacia los problemas cotidianos que determinan la autonomía de las nuevas generaciones.

Vivienda, empleo, educación y crisis climática han vertebrado su intervención. No como compartimentos estancos, sino como distintas caras de una misma dificultad: la posibilidad de construir un proyecto vital con autonomía.

La vivienda aparece como la primera barrera. “Hablamos de vivienda porque queremos poder construir nuestro propio proyecto de vida”, ha señalado González Henry. El empleo representa la segunda condición: trabajar en condiciones dignas para poder sostener esa independencia. La educación constituye el mecanismo mediante el cual se distribuyen oportunidades y la crisis climática introduce una dimensión intergeneracional, porque las decisiones adoptadas hoy determinarán las condiciones de vida de quienes vivirán mañana.

El diagnóstico conecta con una de las principales preocupaciones de la juventud española: la dificultad para emanciparse y convertir la independencia económica en una realidad tangible.

González Henry ha situado además el problema dentro de las propias instituciones representativas. La edad media de los diputados de la actual legislatura, según el dato expuesto durante las jornadas, se sitúa en 49 años, mientras que la presencia de diputados jóvenes se ha reducido un 63% en los últimos años.

La cifra convierte la reivindicación en una cuestión de representación efectiva. Una democracia puede incorporar jurídicamente a todas las generaciones, pero mantener una brecha entre quienes son representados y quienes ocupan los espacios donde se toman las decisiones.

La vivienda como termómetro de la democracia

El debate juvenil ha encontrado en la vivienda uno de sus puntos de confluencia.

El diputado de Sumar Juan Antonio Valero ha advertido de que el problema habitacional ha alcanzado un nivel “inusitado” y ha vinculado la calidad democrática con la eficacia de las políticas públicas. Para el parlamentario, la democracia no se agota en votar ni en disponer de instituciones representativas: necesita ofrecer respuestas concretas a los problemas que condicionan la vida de los ciudadanos.

La reflexión contiene una premisa política de fondo: la legitimidad democrática también se erosiona cuando las instituciones son incapaces de responder a las necesidades que articulan la vida cotidiana.

La dificultad para acceder a una vivienda, la precariedad laboral o la incertidumbre ante el futuro no son únicamente cuestiones económicas. Pueden afectar a la emancipación, a la formación de familias, a la movilidad social y a la confianza en las instituciones.

Por eso, el debate planteado en el Congreso ha situado las políticas públicas en el centro de la conversación democrática.

“No la parió una dictadura”

Valero ha introducido además una lectura histórica de la democracia española al rechazar la idea de que la libertad política fuera una concesión de la dictadura. “La democracia no la parió una dictadura. Se construyó popularmente a pesar de la dictadura”, ha defendido.

La afirmación enlaza las jornadas juveniles con la conmemoración de los 50 años de España en libertad, una efeméride que permite mirar simultáneamente hacia el pasado y hacia el futuro.

La memoria democrática, desde esta perspectiva, no funciona únicamente como recuerdo histórico. También plantea una pregunta sobre la responsabilidad de las generaciones actuales: qué hacer con las instituciones heredadas y cómo adaptarlas a una sociedad que ha cambiado profundamente en medio siglo.

Valero ha advertido, además, sobre el riesgo de los proyectos autoritarios y ha reclamado desconfiar de las soluciones sencillas para problemas complejos. Su tesis conecta democracia y eficacia: las instituciones necesitan responder, escuchar y rendir cuentas para preservar la confianza ciudadana.

PP, PSOE y Sumar comparten espacio

El carácter transversal del encuentro se ha reflejado también en la participación de representantes de distintas fuerzas políticas.

La diputada del Partido Popular, Mirian Guardiola, ha reivindicado que las preocupaciones de los jóvenes deben formar parte de las prioridades de quienes gobiernan y legislan. Entre ellas ha situado la emancipación: según el dato aportado durante las jornadas, únicamente el 14,5% de los jóvenes puede emanciparse y la edad media para hacerlo supera los 30 años.

Guardiola ha ampliado la reflexión al escenario internacional al recordar que, según la cifra manejada en su intervención, únicamente el 16% de la población mundial vive en una democracia.

Su mensaje parte de una obligación institucional: generar oportunidades para las generaciones jóvenes. “Gobernar y legislar es ocuparse de lo urgente y lo importante”, ha resumido.

Desde el PSOE, la diputada Ada Santana, antigua asamblearia del CJE, ha introducido un elemento especialmente relevante para comprender la relación entre juventud y política: la autocrítica.

Santana ha reconocido que los partidos deben preguntarse qué están haciendo mal cuando la desafección política se instala entre los jóvenes. También ha defendido una mayor visibilidad del Consejo de la Juventud de España y de las organizaciones juveniles, así como su reconocimiento como interlocutores políticos y sociales.

Su intervención ha incidido en una desigualdad menos visible: la diferencia de valor que puede otorgarse a la voz de una persona joven frente a otros interlocutores con mayor experiencia institucional.

La conclusión resulta clara: participar no significa únicamente ser escuchado; significa tener capacidad efectiva para influir en las decisiones.

Una generación que reclama ser interlocutora

El encuentro ha puesto así sobre la mesa una paradoja. Las generaciones jóvenes serán quienes vivan durante más tiempo las consecuencias de las decisiones adoptadas hoy, pero no necesariamente son quienes disponen de mayor capacidad para intervenir en ellas.

La vivienda, el empleo, la educación y el clima condensan esa contradicción.

Una política de vivienda condiciona durante décadas las posibilidades de emancipación. Las condiciones laborales determinan trayectorias vitales. El sistema educativo distribuye oportunidades. Las decisiones medioambientales afectan a horizontes temporales que exceden varias legislaturas.

La juventud, por tanto, no reclama únicamente representación simbólica. Reclama capacidad de decisión sobre asuntos cuyo impacto se proyecta mucho más allá del presente inmediato.

De ahí que la reivindicación de una mayor presencia juvenil en las instituciones tenga una dimensión que supera la estética generacional. No se trata simplemente de que haya más rostros jóvenes en las fotografías parlamentarias, sino de que las instituciones sean permeables a las experiencias, preocupaciones y propuestas de quienes todavía no ocupan mayoritariamente los espacios de poder.

Pensar juntos para reconstruir la confianza

Armengol ha situado precisamente la confianza en el centro de su intervención. Uno de los grandes desafíos sociales, ha sostenido, consiste en reconstruir los vínculos de confianza que necesita una democracia desde el respeto, la complicidad y el compromiso.

Es una tarea particularmente relevante en un contexto de creciente polarización política y de distanciamiento entre ciudadanía e instituciones. La democracia necesita conflicto —porque el desacuerdo forma parte de la pluralidad—, pero también requiere espacios donde las diferencias puedan convertirse en deliberación y no únicamente en confrontación.

El formato de “DemocraZia con Z” intenta precisamente recuperar ese espacio: sentar en una misma mesa a jóvenes, organizaciones sociales y representantes políticos para hablar de aquello que condiciona sus vidas.

No se trata de eliminar las discrepancias. González Henry ha recordado que el propio CJE lleva años discrepando internamente entre las organizaciones que lo integran. Esa diversidad, lejos de constituir una debilidad, forma parte de su naturaleza.

La democracia, en ese sentido, no consiste en pensar lo mismo. Consiste en poder pensar distinto sin dejar de reconocerse como parte de una misma comunidad política.

Medio siglo después, el testigo cambia de manos

La celebración de los 50 años de España en libertad proporciona al encuentro una perspectiva temporal especialmente simbólica.

Hace más de cuatro décadas, una generación de jóvenes decidió organizarse y convertir su voz en una parte estable de la democracia española. El CJE nació en ese proceso de institucionalización de la participación juvenil.

Hoy son otras generaciones las llamadas a recoger el testigo.

Pero recogerlo no significa conservarlo intacto. Cada generación interpreta la democracia desde sus propios problemas, miedos y aspiraciones. La España que recibe el testigo ya no es la sociedad de 1983. Tampoco lo son sus desafíos.

El reto consiste en que esa transformación no produzca una ruptura entre generaciones, sino una renovación del pacto democrático.

Las jornadas “DemocraZia con Z: Pensar en común lo que nos importa” plantean, en última instancia, una idea tan sencilla como exigente: una democracia que aspire a perdurar debe saber escuchar a quienes parecen olvidados.

Porque la libertad no se conserva únicamente recordando cómo fue conquistada. También se preserva haciendo posible que quienes nacieron después puedan sentir que la democracia les pertenece, que sus problemas importan y que su voz puede cambiar aquello que todavía está por construir.

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