Este martes, conocíamos un anuncio de una vivienda en venta en nuda propiedad en Leganés que decía demasiado sobre el momento que atravesamos. En el anuncio se ofertaba un piso de 75 metros cuadrados, tres habitaciones, exterior y con ascensor por 95.000 euros. Un precio aparentemente imposible en el mercado actual. La explicación la podíamos encontrar en la letra pequeña, ya que la vivienda se vendía con dos usufructuarios dentro, un hombre de 56 años y una mujer de 59, que mantenían el derecho a seguir viviendo allí hasta el final de sus días.
Aunque la nuda propiedad es una figura legal existente, debemos fijarnos en el modo en que se presenta dicha publicación. El anuncio convertía la situación personal de los propietarios en argumento de venta: hablaba de “condiciones delicadas de salud” (escoliosis, diálisis y diabetes) que podían “acelerar la disponibilidad futura del inmueble”. Es decir, que el precio es bajo porque quizá no tengan mucho tiempo por delante.
Ese es el salto. La enfermedad convertida en reclamo de venta. La salud de dos personas transformada en cálculo de rentabilidad. Dos vidas reducidas a un plazo de espera marcado por su situación de salud.
Parece que la vivienda está dejando de entenderse como un lugar para vivir. Cada vez más, se compra para rentabilizarla. Los pisos ya no se habitan, se explotan. Los barrios tampoco se piensan ya para hacer comunidad, sino para atraer capital. Basta ver la proliferación de locales reconvertidos en viviendas mínimas, muchas veces sin más luz que la que entra por la puerta principal, convertidos en “oportunidades” dentro de un mercado cada vez más tensionado. Lo que para unos es una casa, para otros es una operación financiera. Lo que para unos es arraigo, para otros es un activo pendiente de liberar.
Y mientras tanto, los vecinos y vecinas de esos mismos barrios no pueden permitirse vivir en ellos. Según el INE, el 67,1% de las personas de entre 18 y 34 años vivía con alguno de sus padres en 2025. No porque no quisiesen emanciparse, sino porque alquilar o comprar una vivienda se ha convertido en una carrera imposible para buena parte de la población.
Es ahí donde radica la principal cuestión: un mercado que ofrece oportunidades a quienes pueden especular con el tiempo, pero expulsa a quienes necesitan simplemente un techo. Un sistema en el que la nuda propiedad puede parecer atractiva para inversores porque abarata la compra, mientras miles de jóvenes, familias y trabajadores quedan fuera incluso del alquiler.
El anuncio de Leganés no es solo una anécdota grotesca. Es una consecuencia. Cuando la vivienda se convierte por completo en producto financiero, todo lo que la rodea acaba expresándose en el lenguaje del negocio, como es la edad, la salud, la vulnerabilidad, la muerte... Ya no se habla de personas, sino de usufructuarios. Ya no se habla de hogares, sino de disponibilidad futura. Ya no se habla de barrios, sino de mercados tensionados.
La deshumanización no aparece de golpe. Se instala poco a poco, cuando aceptamos que vivir sea secundario frente a invertir. Cuando una casa vacía vale más que una casa habitada. Cuando la permanencia de alguien en su hogar se interpreta como un obstáculo para la rentabilidad.
Por eso este anuncio indigna. No solo por lo que dice, sino porque revela con crudeza lo que muchas veces se disfraza con tecnicismos: que el negocio inmobiliario ha aprendido a mirar la vida de los demás como una variable económica. Y en un país donde cada vez más gente no puede acceder a una vivienda, esa mirada no es solo ofensiva. Es profundamente política.
Síguenos en Google Discover y no te pierdas las noticias, vídeos y artículos más interesantes
Síguenos en Google DiscoverAñadir ElPlural.com como fuente preferida de Google.
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.