1. La violación

La entrada masiva y descontrolada de inmigrantes africanos en Ceuta el pasado 30 de julio es, como la muerte, al mismo tiempo una obviedad y un enigma. La causa de fondo de esa, en palabras de Pedro Sánchez, “violación de la integridad territorial de España” está perfectamente clara: la extrema pobreza y desesperanza del otro lado; en cambio, las causas concretas, las piezas del engranaje que hizo posible tal ‘invasión de los impotentes’ están todavía por identificar.

2. Los análisis

Los análisis de la izquierda, tanto del lado español como del lado marroquí, ponen el énfasis en la obviedad de la pobreza; los de la derecha, en la maldad congénita de Mohamed VI y la cobardía evidente de Pedro Sánchez, una nenaza que no se atrevió a ordenar de inmediato el despliegue de la Acorazada Brunete en la frontera de Ceuta para mostrarle al moro que con España no se juega.

3. Los culpables

Si Marruecos promovió o permitió la ‘invasión’, no están nada claros los beneficios obtenidos, pues la consecuencia primera es haber dejado de ser un socio fiable: un socio fiable para España, pero también para la UE, que no en vano le tiene subcontratada a Rabat la gestión de las masas de inmigrantes procedentes del sur. También se sospecha que la operación pudo ser ideada por oscuros poderes cibernéticos instigados por Putin, Trump o Netanyahu, deseosos de abrir grietas en los muros de la fortaleza europea: si es así y si esa era su intención, han tenido bastante éxito.

4. El espejo

En todo caso, basta mirar apenas de soslayo el espejo roto de Ceuta para ver reflejadas en él cosas que no nos habría gustado ver. La primera, que el Gobierno español ha sido burlado, y que tal burla ha hecho las delicias de la derecha y la ultraderecha: primero antisanchistas y luego patriotas. La segunda que la estabilidad de la frontera de Ceuta y Melilla está en manos de Marruecos, si bien es cierto que poner en riesgo esa estabilidad tiene también un alto precio para el propio reino alauita. La tercera cosa que vemos reflejada en el espejo quebrado de Ceuta es que la ética y la primacía del derecho van por barrios, por países, por colores de la piel: no nos urge un Marruecos democrático porque en unas elecciones libres podrían ganar los partidos integristas, equivalentes a los partidos ultras que tanta pujanza tienen en Europa. Nos ponemos estupendos con Venezuela, pero no con Marruecos.

5. La ética

La derecha habría querido una respuesta más española por parte de España: una cosa es que Trump el Trampas imponga unilateralmente los aranceles que le venga en gana o que monte una guerra que dispara los precios del combustible, que ambas cosas se le pueden perdonar pues a fin de cuentas las hace por nuestro bien, y otra muy distinta es que un rey moro que tiene a su país en la miseria mientras él se pega la vidorra en París pretenda darle lecciones a la Nación más Antigua de Europa. A Donald Trump, el pincel fino; a Mohamed VI, la brocha gorda.

6. La explicación

Como “el alcalde vuestro que soy” de ‘Bienvenido, míster Marshall’, el presidente Sánchez nos debe una explicación, y esa explicación que nos debe nos la tiene que pagar. Si no lo hace, puede acabar pasando como con las causas de la Primera Guerra Mundial, que cien años después los historiadores no acaban de tener un diagnóstico inequívoco y compartido de su origen. Una “violación de la integridad territorial de España” es un hecho demasiado grave tanto para escatimar las explicaciones desde España como para instrumentalizarlo burdamente desde Europa. Teniendo en cuenta lo delicado de nuestras relaciones con Marruecos, el Gobierno español no puede, ciertamente, decirlo todo, pero mucho menos puede, como viene haciendo, no decir nada.

7. El polvorín

Mientras, todo indica que Ceuta es un polvorín. Demasiada gente pobre y hambrienta pululando por sus calles. Hasta ahora, la templanza la están poniendo los vecinos de la ciudad, pero una chispa puede incendiarlo todo. En Ceuta y en todas partes, los vecinos son templados hasta que dejan de serlo. No es hora tanto de exigir explicaciones a Marruecos como de conseguir que preste su ayuda para normalizar Ceuta; quien, desde luego, no la prestará será la derecha, pese a lo mucho que la necesita su correligionario el presidente de Ceuta: antes anti Perro que pro PP. Pero no conviene hacerse demasiadas ilusiones: las tensiones migratorias de Ceuta y Melilla, como las que sufren Italia o Grecia, no tienen arreglo: se pueden conllevar, no solucionar; se pueden paliar, no erradicar. Los pobres del África agostada y desértica han visto nuestras piscinas en sus móviles y quieren bañarse en ellas.

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