Mientras los incendios que asolan Ávila y la Comunidad de Madrid mantienen en vilo a miles de personas, con cerca de 25.000 hectáreas arrasadas y más de 63.000 vecinos evacuados o confinados, quienes luchan contra las llamas vuelven a convertirse en la primera línea de defensa. Sin embargo, detrás de cada imagen de helicópteros descargando agua o brigadas avanzando entre el humo hay una realidad mucho menos visible: la de unos profesionales que arriesgan su vida en condiciones extremas y que, en algunos casos, ni siquiera alcanzan el salario mínimo.
Javier, bombero forestal de la BRIF (Brigada de Refuerzo en Incendios Forestales) de la base de Puerto del Pico y representante estatal de los bomberos forestales, conoce esa realidad desde hace más de veinte años. Habla con la serenidad de quien ha visto cambiar el monte, el fuego y también el trabajo de quienes lo combaten.
"Cuando salimos a un incendio, normalmente nuestra movilidad es aérea. Llegamos en helicóptero, aterrizamos en un punto previamente establecido y, desde ese momento, nos ponemos a las órdenes del director de extinción, que nos indica dónde tenemos que actuar, siempre priorizando las zonas donde hay riesgo para las personas, las viviendas o las infraestructuras", ha explicado a ElPlural.com.
La imagen romántica del bombero enfrentándose cara a cara con las llamas dista mucho de la realidad. "No siempre se puede hacer un ataque directo. Depende de la altura de las llamas, del combustible que está ardiendo y de las condiciones del incendio. Hay veces que tenemos que retirarnos a un cortafuegos, una pista o una zona rocosa para hacer una quema técnica o un ensanche que nos permita frenar el avance del fuego sin poner en riesgo nuestras vidas", ha apuntado.
La coordinación entre tierra y aire es constante. Mientras los helicópteros sobrevuelan el incendio, los bomberos mantienen contacto permanente mediante emisoras. "Los medios aéreos no apagan el incendio. Lo que hacen es bajar la altura de las llamas para que nosotros podamos entrar. Somos nosotros quienes les indicamos dónde tienen que hacer las descargas. Después consolidamos el perímetro y rematamos el fuego. A veces eso puede durar días".
"La prevención es absolutamente todo"
Si hay una palabra que Javier repite una y otra vez es prevención. Está convencido de que muchos de los grandes incendios que hoy arrasan miles de hectáreas podrían minimizarse con una gestión diferente del territorio. "El abandono rural es brutal. No solo porque la gente se marche de los pueblos, sino porque desaparecen las actividades agrícolas, forestales y ganaderas que antes mantenían el monte limpio".
A su juicio, la mayor parte del esfuerzo institucional sigue llegando demasiado tarde. "Estamos destinando alrededor del 70% del presupuesto a la extinción y solo un 30% a la prevención. Si invirtiéramos esa pirámide, seguramente no tendríamos tantos sustos". Entre las medidas que considera imprescindibles menciona la creación de anillos de protección alrededor de los municipios y urbanizaciones.
"Cuando hay un incendio, nuestra prioridad siempre son las personas. Primero las vidas humanas, después los bienes materiales y, por último, el monte. Si los pueblos estuvieran mejor protegidos, podríamos dedicar más recursos a frenar el incendio antes de que se convierta en un gran desastre".
También ha criticado la falta de cumplimiento de la normativa estatal: "La Ley Básica del Monte no está implantada de forma homogénea en España. Además, hay comunidades autónomas que no han dimensionado sus dispositivos a la realidad de su territorio. Castilla y León, por ejemplo, es el territorio más extenso de Europa y siguen faltando medios".
Incluso ha puesto ejemplos sobre las prioridades presupuestarias dependiendo de la Comunidad autónoma: "Madrid invierte alrededor de 52 millones de euros al año en incendios forestales. El circuito de Fórmula 1 cuesta 82 millones. Eso también habla de cuáles son las prioridades".
Un fuego cada vez más difícil
Javier ha relfejado que el monte a cambiado y que los incendios ya no son los mismos que hace dos décadas: "Cuando empecé en este trabajo, estos incendios ni nos los imaginábamos".
Para Javier, el cambio climático forma parte de un problema mucho más amplio, aunque resulte imposible ignorarlo. "Hay quien todavía discute el cambio climático, igual que habrá quien discuta que la Tierra es redonda. Pero la realidad es que el calentamiento global hace que tengamos muchas más olas de calor y muchísimos más días de riesgo extremo".
Las cifras hablan por sí solas. Javier ha recordado cómo ha cambiado la realidad de los incendios en apenas dos décadas: "Antes podíamos tener diez o quince días al año con riesgo extremo. Ahora hablamos de cuarenta o cuarenta y cinco. Todo el combustible está completamente seco y preparado para arder".
A este aumento del riesgo se suma, según ha explicado, un fenómeno que le preocupa especialmente: la normalización de incendios de gran magnitud. "Lo peor es que estamos empezando a normalizar incendios descomunales. Antes un gran incendio podía rondar las 3.000 o 4.000 hectáreas. Ahora hablamos de fuegos como el de La Mierla, en Guadalajara, con más de 32.000 hectáreas. Son verdaderas locuras". Con la experiencia de más de veinte años en primera línea, Javier ha lanzado una advertencia que resume su inquietud: “Me da miedo que esto se convierta en algo normal verano tras verano”.
Mucho más que apagar incendios
Aunque la sociedad asocia a las BRIF únicamente con los incendios forestales, su trabajo va mucho más allá. "Hemos estado en la DANA de Valencia, en Filomena, en el volcán de La Palma, despejando carreteras, buscando personas desaparecidas en el monte... Nuestra labor no consiste únicamente en apagar incendios".
Sin embargo, ha considerado que ese esfuerzo sigue sin traducirse en un reconocimiento laboral acorde. "No puede ser que haciendo exactamente el mismo trabajo haya compañeros que cobren entre 4.000 y 5.000 euros más al año que otros. Tenemos bomberos forestales rozando el salario mínimo interprofesional y otros que están jugando en Primera División".
También ha denunciado la falta de formación continua y de reconocimiento profesional. "La ley recoge perfectamente cómo debe ser nuestra formación y la segunda actividad para quienes sufren lesiones o llegan a una edad en la que ya no pueden desempeñar estas funciones, pero en muchos sitios eso no se está cumpliendo".
Cada verano, cuando el humo cubre el horizonte y las llamas ocupan las portadas, miles de bomberos forestales vuelven a salir hacia el monte sabiendo que cada intervención puede convertirse en una carrera contrarreloj. Llegan en helicóptero, descienden con herramientas manuales, trabajan entre temperaturas extremas y toman decisiones que pueden marcar la diferencia entre salvar un pueblo o perderlo.
Lo hacen conscientes de que su trabajo empieza mucho antes de que aparezca el primer incendio y continúa cuando desaparecen las cámaras. Mientras España vuelve a enfrentarse a una de las campañas de incendios más complicadas de los últimos años, la reflexión de Javier resume el sentimiento de muchos de sus compañeros , que insisten en la necesidad de reforzar la prevención, dotar de más medios a los dispositivos y reconocer el trabajo de quienes están en primera línea.
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