Hay películas que se acercan a los grandes nombres de la historia con reverencia, como si el cine tuviera la obligación de no rozar demasiado a los genios. Hamnet hace justo lo contrario. Se aproxima a William Shakespeare no desde el pedestal, sino desde la grieta. Desde el lugar incómodo donde el talento convive con la pérdida, donde la creación nace no de la inspiración divina sino del dolor más íntimo. Y esa elección, arriesgada y profundamente política, es la que convierte a esta película en una de las propuestas más singulares del cine actual.
La historia parte de un hecho real y poco conocido: la muerte de Hamnet, el hijo de once años de Shakespeare, víctima de la peste en la Inglaterra del siglo XVI. Un dato biográfico menor en muchas cronologías, casi una nota al pie, que aquí se convierte en el centro absoluto del relato. No para explicar Hamlet de forma mecánica ni para reducir la obra del dramaturgo a una ecuación emocional simplista, sino para preguntarse algo mucho más incómodo: ¿qué ocurre cuando el dolor no se sublima de inmediato?, ¿qué pasa con quienes se quedan, especialmente con quienes no pasan a la historia?
En Hamnet, esa persona es Agnes, la esposa de Shakespeare y madre del niño que fallece. La película la sitúa en primer plano y, con ello, desplaza el foco habitual del relato cultural. Agnes no es un personaje secundario ni una figura decorativa: es el eje emocional y moral de la historia. Su duelo no es un proceso ejemplar ni narrativamente “limpio”; es confuso, contradictorio, a veces casi insoportable.
La película se toma su tiempo para mostrar la vida antes de la tragedia. La relación entre Agnes y William no se idealiza, pero sí se construye desde la complicidad y el afecto real. Hay amor, deseo, rutina, hijos, silencios compartidos. Cuando la peste irrumpe, no lo hace como un golpe efectista, sino como una presencia lenta y devastadora, casi inevitable. La muerte de Hamnet no es un clímax, es una fractura: algo que no se supera, solo se aprende a cargar.
En paralelo, la figura de Shakespeare aparece desmitificada. No como genio torturado en busca de inspiración, sino como un hombre dividido entre su trabajo en Londres y la vida que deja atrás. La película sugiere -sin subrayarlo- que el teatro no es un refugio moralmente neutro, sino también una forma de huida. Mientras Agnes se queda con la ausencia, él transforma el dolor en palabras. No hay juicio explícito, pero sí una tensión ética evidente: ¿quién tiene derecho a convertir la tragedia en arte?, ¿a qué precio?
Visualmente, Hamnet apuesta por una estética contenida, casi orgánica. Los paisajes rurales, la luz natural, los espacios cerrados que parecen encogerse tras la pérdida construyen una atmósfera donde el tiempo se percibe de otro modo. El ritmo es pausado, incluso áspero en algunos tramos, pero coherente con lo que se está contando: el duelo no avanza en línea recta, se estanca, retrocede, se enquista.
En este contexto, no sorprende que la película haya entrado con fuerza en la conversación de la temporada de premios. Su nombre aparece de forma recurrente en las quinielas de los Oscar, especialmente en categorías como mejor película, dirección, actriz protagonista, guion adaptado o música original. Más allá de cuántas estatuillas termine llevándose, su presencia en ese debate ya es significativa: demuestra que todavía hay espacio, incluso en el cine industrial, para relatos íntimos, incómodos y profundamente humanos.
Hamnet no es una película fácil ni complaciente. No busca explicar el origen de Hamlet como si fuera un truco de magia ni ofrecer consuelo rápido al espectador. Lo que propone es algo más arriesgado: mirar de frente el dolor que la historia suele borrar, escuchar la voz de quienes quedaron al margen del canon y aceptar que, a veces, el arte no nace de la superación, sino de la herida que nunca termina de cerrar.