Este frío invierno no solo llega acompañado de nieve, hielo y viento; también abre la puerta a paisajes que se disfrutan sin prisas y a experiencias que merecen ser vividas. Hoy te proponemos un destino imprescindible, marcado por una historia tan inquietante como fascinante, rodeado de maravillas arquitectónicas y de una naturaleza pura que, este próximo febrero, invita a adentrarse en ella. Un momento perfecto, además, en el que el próximo fin de semana ya anuncia ese rayo de sol que trae días de calma y desconexión.
Hablamos de Lanuza, en pleno Pirineo aragonés, un lugar que no solo se recorre con los pies, sino también con la memoria. Porque entre sus montañas y silencios se esconde un secreto que ha perdurado durante años: este pueblo estuvo vacío durante mucho tiempo.
Situado en el Valle de Tena, en la provincia de Huesca, y perteneciente administrativamente al municipio de Sallent de Gállego, este pequeño núcleo se asienta a orillas del embalse, reflejándose en sus aguas como si quisiera comprobar que sigue ahí. Apenas cuenta con varias decenas de habitantes permanentes, pero su impacto paisajístico, emocional y simbólico es infinitamente mayor. Además, este pueblo es perfecto para visitarlo tanto en la temporada invernal, cuando las montañas, el embalse y la arquitectura parecen sacados de una postal, como en la época veraniega, en la que se combinan senderismo, agua y su festival en todo su esplendor para disfrutar de unas vacaciones inolvidables.
Un pueblo detenido en el tiempo
Sin lugar a dudas, el protagonismo de esta historia se lo llevan los años que Lanuza permaneció vacío, y no es una exageración romántica. Sus vecinos fueron expropiados a finales de los años setenta por la construcción del embalse que hoy lleva su nombre, y el pueblo quedó abandonado, con las persianas bajadas, las chimeneas frías y el futuro pendiendo de un hilo muy fino.
Durante años, Lanuza fue silencio. Un caserío detenido en el tiempo, observando cómo el agua subía y la vida se marchaba. Casas cerradas, calles sin pasos y recuerdos flotando entre muros de piedra. Muchos pueblos del Pirineo no lograron sobrevivir a procesos similares, pero Lanuza tuvo algo distinto: quienes se negaron a que cayera en el olvido absoluto.
La construcción del embalse del río Gállego obligó al desalojo completo del pueblo en 1978. Durante más de una década, Lanuza quedó prácticamente en ruinas, víctima del abandono. Sin embargo, a comienzos de los años noventa, antiguos vecinos y nuevos propietarios iniciaron un proceso de retorno tan respetuoso como valiente. No fue una reconstrucción al uso. Aquí no hubo prisas ni atajos. Se apostó por criterios urbanísticos estrictos, casi quirúrgicos, que marcarían el éxito del proyecto.
Un rincon donde las actividades son multiples
Arquitectónicamente, Lanuza responde al modelo clásico del Alto Gállego: piedra local, cubiertas de pizarra, fachadas sobrias y un caserío compacto, pensado para resistir inviernos largos y duros. Porque aquí el frío no es anecdótico. En invierno, con la nieve cubriendo tejados y calles, el pueblo parece salido de un cuento.
Durante el invierno, el embalse de Lanuza queda envuelto en una estampa serena en la que el tiempo parece haberse detenido
El embalse, que en su día fue amenaza y despedida, hoy se integra de forma sorprendentemente equilibrada en el paisaje, sin esas cicatrices visuales tan habituales en otras presas de montaña.
Lanuza no es un pueblo de esquí, aunque Formigal y Panticosa estén a pocos minutos. Y quizá ahí reside parte de su encanto. Desde el propio núcleo parten senderos hacia Sallent de Gállego y rutas que bordean el embalse, perfectas para caminar sin prisa, incluso fuera de temporada alta. En invierno, cuando la nieve lo permite, es un escenario ideal para raquetas y paseos tranquilos. Aquí no todo gira en torno al forfait, y eso, a veces, se agradece.
Cuando la música flota sobre el agua cada verano
Y por si fuera poco, cada verano Lanuza se transforma. El embalse acoge el escenario flotante del festival Pirineos Sur, uno de los pocos festivales europeos de gran formato que se celebra literalmente sobre el agua.
Música, montañas y estrellas reflejadas en el pantano. Una experiencia difícil de explicar y absolutamente imprescindible de vivir, al menos, una vez en la vida.
La banda valenciana Zoo durante un concierto en el Festival Pirineos Sur en Lanuza. JAIME ORIZ/EP
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