La nutrición se ha convertido también en un campo de batalla ideológico. Recientemente, a finales de enero, el gobierno de Donald Trump ha sacudido los cimientos de la dietética al presentar una nueva "pirámide alimentaria invertida" (pautas dietéticas para los estadounidenses 2025-2030, en inglés Dietary Guidelines for Americans). Este modelo apuesta por un regreso a las proteínas animales, las grasas saturadas y los lácteos, desplazando a lo saludable al sótano de las recomendaciones. Bajo el eslogan de "comida real", Washington busca romper con décadas de consejos sobre la conveniencia de bajar el consumo de la carne roja, mientras abre las puertas de los colegios a tres lácteos al día y no potencia las frutas y verduras.

Sin embargo, a este lado del Atlántico —en la resistencia de muchas empresas de catering escolar y del Grupo de Trabajo sobre Nutrición de la Sociedad Española de Epidemiología— la brújula apunta en una dirección muy distinta. Mientras en la Casa Blanca se rediseñan gráficos que favorecen a los grandes lobbies ganaderos norteamericanos, las empresas de restauración colectiva comprometidas están librando una batalla mucho más sutil, ética y equilibrada. Cómo escribo desde Andalucía me he fijado en Catering Hermanos González , una empresa con centros de producción en Alcolea del Río (Sevilla) y Huelva.

Frente al giro estadounidense, el modelo que defienden se basa en la dieta mediterránea, un patrimonio que no necesita "reinventarse" cada cuatro años porque está avalado por siglos de evidencia y sostenibilidad. El esfuerzo de estas empresas de catering no se limita a servir un menú; es un ejercicio de coherencia medioambiental y social. Priorizan el producto de proximidad (kilómetro cero), garantizando que lo que el niño come se ha cosechado en una huerta cercana. Tienen certificaciones de calidad y sellos ecológicos que aseguran que el proceso no solo nutre el cuerpo, sino que respeta la tierra.

La contradicción es flagrante. Mientras el modelo de Trump, aplaudido por sus amigos de la ultraderecha española y europea, se inclina hacia una visión de la nutrición centrada en más proteína y más grasa, el catering escolar consciente apuesta por un ecosistema alimentario sano. No se trata de cuántos gramos de carne caben en una bandeja, sino de cómo ese alimento impacta en la salud del alumno y en la del planeta.

Lo importante no es invertir una pirámide en un despacho de Washington para generar titulares. Lo trascendente está en las cocinas que rechazan los ultraprocesados, que educan el paladar en la estacionalidad y que entienden que un comedor escolar es, por encima de todo, un aula de sostenibilidad. Entre el dogma político ultra y el producto local, la elección debería ser clara: salud para el niño, vida para el campo.

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