Ante tu adversario, y más si es político, "hagas lo que hagas, te vas a quedar en bragas", y esto es lo que le ha ocurrido al vilipendiado ministro de Transportes, Óscar Puente, quien, con su rápida respuesta sobre la causa de la tragedia ferroviaria de Toledo, ha desatado las críticas más feroces de la oposición, de algunos de los suyos y de los sindicatos que han recurrido al lógico corporativismo profesional.
Desde el minuto uno de conocerse la magnitud del suceso, los medios de comunicación y la sociedad en su conjunto pidieron conocer la causa, con transparencia y prontitud. Y Puente contó lo que sabía lo antes que pudo desde el mismo centro de control (el ya famoso H24) de Atocha. En ningún momento de su primera comparecencia habló de "error humano"; se limitó a la cronología de los hechos y no hizo ninguna valoración inculpatoria de nadie, si bien dijo que la decisión tomada desde Atocha era "inexplicable".
Podía haberse escudado, como en otras ocasiones ante tragedias similares, en que se llegará hasta el final en la investigación, en que la justicia depurará las responsabilidades… pero dio la cara sin miedo a que se la rompan virtualmente en las redes, en las tertulias y en los foros en los que comparezca, como lo hará este martes en la Diputación Permanente del Congreso.
No todos los políticos son iguales, como ha quedado patente en los últimos días con la lamentable reacción del líder de Vox, y Óscar Puente ha sido, en mi opinión, sincero, valiente, transparente y rápido. Ha asumido personalmente la comunicación de una situación de crisis gravísima y trascendental sin delegar en nadie.
El ministro que se ha metido en todos los charcos posibles saldrá de este más que salpicado, chorreando. Pero el comentario a su peripecia personal no debe eludir el hecho de que, una vez más, lo que no se ve se descuida, y este es el caso del mantenimiento de las infraestructuras.
En febrero de este año, escribí en estas mismas páginas Tras el ferrocarril, los pantanos, que bien podría reeditarse cambiando Adamuz por Urda (Toledo), en el que insistía en la necesidad de invertir más y de manera proactiva en el mantenimiento de nuestra red de embalses, una de las joyas de la corona del Reino de España, como lo ha sido hasta ahora la red de alta velocidad.
Nos resistimos individual y colectivamente a invertir en mantenimiento y modernización de nuestras estructuras e instalaciones, y el ejemplo más cercano lo tenemos en cualquier comunidad de vecinos. Lo mismo ocurre en empresas privadas y administraciones públicas, donde se prioriza la fachada y se descuida la trastienda. Al refrán "ojos que no ven, corazón que no siente" yo añadiría "y bolsillo que se resiente", porque al final sale más caro arreglar lo que se ha deteriorado que mantenerlo en buen estado.
Y una última cuestión: los que anuncian bajadas de impuestos y cumplir con la exigencia de Trump de destinar el 5% del PIB a su industria de armamentos, ¿cómo van a mantener nada? Ya me explico por qué, en uno de los mejores momentos de la economía de los últimos años, hablan de recortes y sacrificios. Simplemente, las cuentas de sus prioridades no cuadran con el Estado del bienestar. Eso es lo que van a sacrificar, no sus privilegios.
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