Hay victorias deportivas que trascienden lo táctico para convertirse en un espejo del país que las contempla. El triunfo de la selección española en el Mundial de 2026 no se ha escrito en los despachos de las élites ni en las tribunas del privilegio, sino en los barrios humildes, en los portales donde el esfuerzo forma parte del paisaje cotidiano y en las historias de superación de quienes han levantado este país con sus propias manos. Esta no es la España en blanco y negro que algunos pretenden congelar en el tiempo. Es la España real, diversa y plural. Una plantilla que se parece como nunca al pueblo que representa y que ha logrado ilusionar a millones de personas dentro y fuera de nuestras fronteras.

Durante décadas, la derecha y la extrema derecha han pretendido ejercer un monopolio exclusivo sobre los símbolos nacionales, patrimonializando la bandera y la camiseta como si fueran de su propiedad privada. Sin embargo, este Mundial ha roto ese espejismo. La imagen de un vestuario multicultural levantando el trofeo más codiciado del fútbol ha devuelto el orgullo de ser español a la mayoría social. Ver a chavales de orígenes distintos unidos por una ilusión común ha sido una lección de convivencia que muchos sectores conservadores han tenido que asumir con evidente incomodidad, al comprobar que los símbolos de todos volvían, por fin, a pertenecer a todos.

No existe épica deportiva sin relato humano, y el de esta selección se nutre de la constancia, el sacrificio y la capacidad de superación de familias que conocen perfectamente lo que cuesta llegar a fin de mes. La espina dorsal de este equipo no nació en urbanizaciones exclusivas, sino en barrios donde la diversidad constituye la normalidad y la solidaridad forma parte de la vida cotidiana. Figuras como Lamine Yamal y Nico Williams encarnan la dignidad de las clases populares y el orgullo de los hijos de la inmigración. Sus jugadas no solo desbordan defensas sobre el césped; desbordan también prejuicios profundamente arraigados en quienes insisten en vincular el origen humilde con una supuesta falta de sentimiento de pertenencia.

Junto al orgullo de las familias migrantes que representan Lamine o Nico, la plantilla se completa con historias de familias trabajadoras autóctonas. Futbolistas como Fabián Ruiz, Gavi o Pedro Porro reflejan esos hogares donde el pan se gana con madrugones, esfuerzo y trabajos abnegados, con madres limpiadoras que se han dejado la espalda para que a sus hijos no les faltase de nada. Su talento indiscutible sobre el terreno de juego es la consecuencia directa de la disciplina, la constancia y la cultura del esfuerzo. Esta plantilla demuestra que el talento nunca depende del apellido, del lugar de nacimiento ni del código postal.

La mezcla de identidades, con vascos, catalanes, andaluces, castellanos e hijos de familias migrantes ha dado forma a un bloque sólido e indestructible. Mientras algunos patriotas de bandera y pecho golpeado habrían preferido, en el fondo, una victoria de Argentina antes que contemplar el éxito de este modelo de España plural, la inmensa mayoría de la ciudadanía se ha reconocido en la humildad, el compromiso y el compañerismo de estos futbolistas.

La madurez demostrada por jugadores como Lamine Yamal o Borja Iglesias al saludar con absoluta corrección a Donald Trump, aun rechazando frontalmente todo lo que representa el presidente estadounidense, constituye una muestra de educación cívica que muchos de sus críticos difícilmente comprenderán.

Es la misma valentía que demostró el propio Borja Iglesias en su día al ser el único internacional masculino que dio un paso al frente y renunció a la selección para defender a las jugadoras de la femenina tras el caso Rubiales, mientras la inmensa mayoría prefería ponerse de perfil. Frente a la crispación de quienes no aceptan la pluralidad, el propio vestuario ha exhibido una convivencia ideológica donde coexisten distintas sensibilidades.

Hay futbolistas claramente conservadores que saludan con frialdad al presidente del Gobierno mientras sonríen abiertamente ante Trump. Sin embargo, esa misma pluralidad también ha permitido que algunos jugadores alzaran la bandera palestina para denunciar la masacre de miles de niños a manos del Gobierno de Israel.

Basta revisar la hemeroteca de los meses previos al torneo para comprobar las contradicciones del discurso reaccionario. Desde tertulianos y columnistas de la prensa más conservadora se repetía hasta la saciedad que acudir al Mundial con hasta ocho jugadores del FC Barcelona conduciría al ridículo internacional. El prejuicio ideológico llegó a ser tan intenso que algunos parecían desear el fracaso de la selección antes que aceptar el éxito de un proyecto diverso e integrador.

Se pasearon por los platós de algunas televisiones asegurando sin el menor pudor, que España perdería el Mundial porque Pedro Sánchez era “gafe”. Sin embargo, la realidad es tozuda: las dos veces que España ha levantado la Copa del Mundo ha sido bajo la gestión de gobiernos socialistas. Esta derecha mediática y política, siempre instalada en el axioma de que cuanto peor le vaya a España, mejor para sus intereses electorales, ha vuelto a quedar completamente retratada ante la ciudadanía. Su incapacidad para alegrarse sinceramente de los triunfos colectivos revela una desconexión cada vez mayor con la realidad social del país.

El contraste entre la celebración popular y el comportamiento de una parte de las élites quedó especialmente visible durante la final disputada en Nueva York. Mientras millones de personas festejaban el título en plazas, calles y barrios de toda España, en las gradas del estadio se escuchaban insultos dirigidos al presidente del Gobierno por parte de una minoría de aficionados desplazados hasta Estados Unidos. Se trata de personas con un poder adquisitivo suficiente para gastar más de diez mil euros en apenas un fin de semana para asistir a un partido de fútbol, una posibilidad completamente fuera del alcance de la inmensa mayoría de las familias de clase media trabajadora.

Conviene que la ciudadanía recuerde esa imagen cuando llegue el momento de acudir a las urnas. Quienes pueden permitirse ese nivel de gasto para viajar al extranjero y convertir una celebración deportiva en un acto de confrontación política difícilmente comparten las mismas preocupaciones, necesidades o dificultades que la mayoría social que sostiene este país con su trabajo diario.

El cariño y la simpatía que la selección española ha despertado en todos los rincones del planeta no son fruto de la casualidad ni de un golpe de suerte. A la calidad futbolística indiscutible de este grupo humano se suma el respeto institucional que España se ha ganado a nivel global en los últimos años.

Contar con un Gobierno que se sitúa con firmeza en el lado correcto de la historia, sin que le tiemble el pulso a la hora de plantar cara a las políticas autoritarias de Trump y a las barbaridades de Netanyahu, proyecta una imagen de dignidad internacional que fortalece el prestigio de toda la nación.

Esa percepción, que tanto incomoda a una parte de la derecha española, se traduce en una simpatía creciente hacia nuestros deportistas allí donde compiten. Frente al ruido, la crispación y el sectarismo de unos pocos, ha terminado imponiéndose la realidad de un equipo extraordinario por su calidad futbolística y por su capacidad para representar la diversidad de la España contemporánea.

Esta es, en definitiva, nuestra verdadera selección: un grupo humano que ha demostrado a todo el planeta que la suma de nuestras diferencias es la fuerza más imparable para alcanzar la gloria.

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