En Savonarola. Al leer la noticia, pensé en Savonarola. Porque aquello no parecía posible. Bueno, en realidad, ya sí. Las quejas de los alumnos habían obligado a un profesor a cancelar su seminario por haber proyectado en clase una película en la que Otelo era un blanco con la cara pintada de negro, como si Shakespeare no se hubiera vestido de mujer para hacer un papel de Shakespeare. Los alumnos distinguieron en el aquel artificio cutáneo un imperdonable insulto racista, y unieron sus lágrimas para ahogar dentro de ellas al docente. Lo consiguieron. El profesor se llama Bright Sheng y había escapado del salvaje horror de la Revolución cultural maoísta solo para darse de bruces con el civilizado horror estadounidense.

Oscar Wilde opinaba que la naturaleza/realidad imita el arte, y no se equivocó. En efecto, muy similar al fin de Bright Sheng es el principio de La mancha humana, la extraordinaria novela de Philip Roth, en la que un prestigioso profesor de lenguas clásicas labra su ruina al preguntar a los alumnos por dos condiscípulos que, bien entrado el semestre, aún no habían asistido a clase: “¿Tienen existencia sólida o se han hecho negro humo?”. Aquellos dos estudiantes —ay— eran negros.

Atónito, durante un rato mantuve las gafas fijas en la pantalla mientras las frases de la noticia temblequeaban, se pixelaban y desvanecían a medida que afloraba detrás de ellas y ganaba nitidez aquel rostro de mirada fanática, nariz judicial y mentón esquivo que pintó de perfil Fra Bartolomeo. Un retrato que, según recordaba, tenía bastante de fotografía de ficha policial. Para asegurarme, lo busqué en internet. En efecto, no solo era como lo recordaba, sino que, si lo mirabas bien, el retrato parecía obstinarse en confirmar las poco serias teorías científicas de Lombroso: la correspondencia entre ciertos rasgos físicos y los impulsos agresivos o delictivos. Al trasluz de esta hipótesis que permitió satanizar a los comunistas y anarquistas del siglo XIX, Savonarola era un delincuente de manual. Mire usted esa quijada metalúrgica, señalaría Lombroso, o esas cejas apelmazadas. O esa nariz de aguilucho acatarrado y farlopero. Nada bueno podía esperarse de un tipo con esa cara, no. Alguien así comienza liderando huelgas en las fábricas y termina usando el monólogo interior de Joyce en la carta a los Reyes Magos para confundirlos. Un peligro público.

Quizá a Lombroso le habría sido más fácil llegar a esta chusca conclusión si hubiera recordado que el fraile dominico fue una especie de ayatolá Jomeini del siglo XV. Vale decir, un integrista del Dixan moral y un visionario que dio mucho la brasa a los Medici y al papa Alejandro VI con la reforma de la Iglesia y la renuncia al lujo o al consumismo, por decirlo en el dialecto de hoy.

¿Un chiflado como los que pueden verse predicando encima de cajas de fruta en Hyde Park? Puede. Pero hay que reconocer que coraje tuvo. Y capacidad de seducción, también. Para ganarse el apoyo popular, Savonarola, piquito de oro de veinticuatro quilates, tuneó las conciencias de los florentinos a base de elocuencia populista y mesianismo fanático. Se desgañitó profetizando sucesos, algunos de los cuales, a fuerza de repetirlos —tenacidad y cálculo de probabilidades—, acabaron por cumplirse. La plebe, naturalmente, cayó de hinojos. Era un nuevo Jesucristo con menos barba y menos arameo pacifista, pero igual de taumatúrgico y carismático que el original. Para ponerle efectos especiales y no moralizar en el vacío, Savonarola organizó las famosas hogueras de las vanidades en prime time. Y a las llamas fue a morir todo lo fútil y licencioso según la vulgata rigorista del fraile: ropajes opulentos, perfumes, joyas, pelucas, libros de amor como el Canzoniere de Petrarca (menos mal que Aretino aún no había publicado sus pornosonetos), cuadros con desnudos, instrumentos musicales, tableros de ajedrez y demás combustible pagano.

A Savonarola le fue bastante bien en su carnicería sociocultural mientras lo apoyó el rey de Francia. Pero ya se sabe que la felicidad es breve como el pico del gorrión y el clérigo, piruetas del azar, terminó excomulgado, ahorcado y carbonizado en la hoguera. Para impedir el culto a sus despojos, arrojaron sus cenizas al Arno y sal a su nombre. Aun así, Savonarola sigue tirándonos sus huesos a la cara desde la tumba.

Es una manera un poco parapsicológica, lo sé, de explicar el apartheid social/laboral/digital (todo junto o por separado) y los actuales ataques de moralina molotov —la moralina es la señorita Rottenmeier de la moral— contra artistas, cantantes, profesores, editores, periodistas, escritores, etc. cuyas opiniones u obras infringen los principios de hormigón armado de nuestra teocracia laica: lo políticamente correcto. Algo que impulsó a un nutrido grupo de intelectuales a firmar el manifiesto Harper’s en defensa de la tolerancia y el democrático derecho a discrepar. “Se despide a editores por publicar artículos controvertidas —leemos ahí—, se retiran libros alegando falta de rigor, se impide a periodistas escribir sobre ciertos temas, se investiga a profesores por citar ciertas obras literarias en clase”.

Y es que este catecismo coercitivo, el de lo políticamente correcto, se esgrime indistintamente a diestra y siniestra. Los conservadores lo enarbolan con la misma arrogancia puritana con la que, según ellos, lo hacen los progres. Bastará como ejemplo el, hasta la fecha, último concierto censurado a Los Chikos del Maíz. Lo canceló el no demasiado demócrata Ayuntamiento de Salamanca.

A estas alturas, lo políticamente correcto, que nació con un propósito loable —proteger a las minorías, combatir la discriminación—, se ha transformado en un arma más de control ideológico y social. Pues la moral es un producto político de la lucha de clases, y la imponen quienes van ganando. Obvio. Como también lo es que a raíz de esta neomoral, de este “éxtasis de la mojigatería”, ha crecido tanto la polarización —Ezra Klein, en su brillante Por qué estamos polarizados, apunta otras razones— como la voluntad de disgregar a las masas para debilitarlas y desactivar protestas. Tú precariza el empleo, aumenta la vigilancia, destruye los vínculos sociales, familiares, afectivos, de clase, y el mundo será un zoológico de monos angustiados que te idolatrarán si les inventas un enemigo a la altura de su miedo.

Y no te olvides de echarles unas cuantas cáscaras de plátano —escaparates, música de baratillo, deporte, porno, libros de autoayuda, videojuegos, marcas, letárgicas películas de acción, youtubers, drogas, telebasura— para que no se revuelvan contra ti. Y, si alguno persiste en no adaptarse al sistema, psiquiatriza su rabia, decláralo enfermo, medica su malestar, anúlalo con antidepresivos. De este modo lograrás que sus iguales lo aíslen y desprecien: ¡friki!, ¡perdedor!, ¡piltrafa! Tú, en cambio, seguirás con las manos limpísimas, olorosas a Innocence: el selecto perfume de los triunfadores.

Evidentemente, el poder no corre peligro si, en lugar de unir fuerzas de clase, nos apiñamos en grupúsculos que afilan sus prejuicios y perfeccionan sus odios. De esta manera, mientras le hacemos el juego al poder, caemos cada vez más bajo acuchillándonos entre nosotros en las redes sociales, donde vamos hasta las cejas de savonarolaína, una sustancia que produce taquicardias, irritabilidad, insomnio, cambios de humor y episodios psicóticos.

¿Alguien cree que, si nos importara de verdad la moral, existirían en España más de dos millones de niños pobres, por poner un ejemplo? La moral es transformadora. La moralina, reaccionaria. Finge cambiar las cosas para no moverlas de sitio. Así, de nada ha servido para mejorar las condiciones de los negros la fatwa contra el profesor Sheng, como tampoco sirvieron las protestas ni los miles de tuits antirracistas cuando un policía asesinó a George Floyd. Lo mismo ocurre con las mujeres. A pesar del machacón todos, todas, todes y niños, niñas, niñes, mientras la lucha no baje del lenguaje a la calle, en España la mujer seguirá cobrando de media trescientos y pico euros menos que el hombre por realizar idéntico trabajo.

Ambas violencias, las ejercidas contra las mujeres y los negros, por no hablar de otros colectivos puteados —perdón, vulnerables—, son la misma. Pero los grandes medios de comunicación, siempre al servicio del Reich —¡Heil, Ibex!—, nos las presentan por separado, envasadas al vacío y listas para ser cocinadas en el microondas de las redes sociales, donde giran, se calientan, se chamuscan, se pulverizan y mueren. Puro aire, que no aire puro, ya que, después de nuestras savonaroladas, el manicomio global es un lugar un poco más atroz, siniestro y polarizado.

La lucha por una sociedad más justa e igualitaria no se hace saliendo con hachas de sílex desde el fondo de la caverna de Mark Zuckerberg —un señor con una inquietante cara de ciborg, se alarma Lombroso—, sino con la organización de las clases dominadas, apoyo mutuo y compromiso. Y apagando a escupitajos la hoguera de las vanidades de los que se dicen buenos.