Todo el mundo lo ha visto. Incluso quienes no son fans de la artista y lo que haga les importa un pimiento. Rosalía baila ballet en sus conciertos. O lo intenta. Porque esta chica se atreve con todo. Porque a esta estrella se lo consienten todo, o ella consigue que se lo consientan. Y se lo aplaudan.
Pero vamos al lio. En cuanto aparecieron las primeras imágenes de Rosalía con un vestuario inspirado en un tutú de ballet -que alguien le arranque el hilo que le cuelga, por Dios- y ejecutando -en el sentido más literal de la palabra- unos pasos subida en unas zapatillas de punta, el mundo del ballet se revolucionó. Y profesionales y amantes de la danza nos echamos las manos a la cabeza por distintos motivos. Admiración o indignación, alegría o tristeza, ovación o abucheo, la cuestión era no dejarnos indiferentes.
Y es que he escuchado todo tipo de opiniones. Ante el hecho objetivo de que Rosalía se calza unas zapatillas de punta y realiza unos pasos de nivel medio con más voluntad que arte, las posturas son variadas. Y todas tienen su parte de verdad.
De un lado están los incondicionales de la artista -artista, desde luego, lo es- a quienes todo los que haga les parece bien. Poco menos que han creído encontrarse ante la Paulova rediviva y se han extasiado viendo los pasos de una disciplina a la que jamás habrían dedicado ni un par de minutos. Que no digo yo que esté mal que descubran el ballet, pero dudo mucho que esto sea un descubrimiento. Está bien porque lo hace Rosalía y punto. Y si la mismísima Marianela Núñez se les apareciera en un escenario bailando verdadero ballet, no le harían ni caso.
Por otra parte, están los radicales hiperpuristas del ballet. El ballet es un arte sacrosanto y no merece que ningún mortal que no esté tocado por la genialidad ni lleve tropemil años de trabajo ose siquiera acercarse a ello. Pero tampoco pueden llevarse las cosas al extremo. Aunque podría habérselo currado un poco más y dar más valor al ballet y menos a ella misma, tampoco se le puede arrojar a la hoguera por siempre jamás.
Pero, como todo el mundo sabe -o debería saber- nada es blanco o negro, y hay una variedad de matices de gris que hay que tener en cuenta. De una parte, no está nada mal que por la vía que sea haya personas que descubran que hay un arte llamado ballet que merece la pena conocer. De otro, hay quien puede pensar que eso del ballet es muy fácil, que para ponerse unas zapatillas de punta basta con ensayar unos días y que con hacer una horita a la semana yo también soy bailarina, cuando lo cierto es que es, además de un arte, una de las disciplinas más exigentes en el ámbito físico y técnico.
Mi opinión, si le interesa a alguien, como aficionada al ballet, bailarina amateur y madre de profesional, es que no se puede condenar a Rosalía por hacer ballet, pero si se le puede reprochar que no haya dado una oportunidad al auténtico arte del ballet. Si respeta y admira la danza, que estoy segura de que así es, podría haber incorporado a su espectáculo una coreografía interpretada por profesionales del nivel que su concierto merece, e incorporarse a ella con unos pasos más sencillos que no dejaran ver sus carencias sino su arte. Es más, podría haber contado con jóvenes promesas de cada lugar donde da conciertos para formar un cuerpo de baile como se hace en algunas óperas. Y debería haber prescindido de algunos pasos muy pretenciosos ejecutados por ella misma.
Ojalá esto sirviera para que el arte de la danza clásica llegara a mucha más gente, pero mucho me temo que no será así. Y que quienes se han quedado ojipláticos ante las evoluciones danzarinas de Rosalía no tengan más interés por el ballet y por todo lo que supone que lo que haga la diva. Pero igual me equivoco. El tiempo lo dirá
SUSANA GISBERT
Fiscal y escritora (@gisb_sus)