Ir al contenido principal
Opinión

La propiedad es un robo

La vivienda ha convertido la propiedad en una nueva frontera social entre quienes acumulan patrimonio y quienes entregan cada vez más de su sueldo al casero

Ana Rivero
Miles de personas se manifiestan por el derecho a la vivienda. EP

Miles de personas se manifiestan por el derecho a la vivienda. EP

Añadir ElPlural.com como fuente preferida de Google.

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora

Proudhon escribió que "la propiedad es un robo". En el siglo XIX hablaba de fábricas, tierras y máquinas; de los medios de producción que determinaban quién tenía el capital, quién vendía su trabajo y, en definitiva, quién tenía el poder. Hoy, para comprobar de qué lado estás, ya no hace falta abrir El capital. Basta con abrir Idealista.

De los medios de producción a los medios de vida.

Lo que está ocurriendo con la vivienda no es solamente un problema de precios, de oferta o de mercado. Es una injusticia. Puedes tener dos carreras, hablar tres idiomas, trabajar en una consultora, cobrar un sueldo razonable, tener un máster, ir al gimnasio cuatro veces por semana y decir "deadline" sin ironía y, aun así, no poder permitirte una casa. Y esto, en el mejor de los casos. El resto, Maricarmen.

La frontera ya no está en la edad ni en el salario. Ni siquiera en Ceuta. Está, cada vez más, entre quien tiene patrimonio y quien no. Nos dividimos entre propietarios y proletarios: unos tienen patrimonio; otros tienen casero. O ni eso.

"Nuestras miserias, sus beneficios", cantaban esta semana en Sol.

El propietario puede ver crecer su riqueza simplemente porque aquello que posee vale cada vez más. Quien depende de su trabajo puede trabajar más, formarse más, ascender y cobrar más para descubrir, aun así, que la vivienda se aleja todavía más deprisa. Puedes correr todo lo que quieras: si el precio de la meta corre más que tú, nunca llegas.

La vivienda no es un bolso ni un bote de crema de cacahuete. Puedes decidir no comprar ninguna de esas cosas. Prescindir de vivir bajo un techo resulta algo más complicado. El viejo proletario no poseía los medios de producción; el nuevo puede no poseer ni el pasillo por el que llega a su dormitorio.

Y esto ocurre, entre otras razones, porque hemos decidido confiar una parte esencial del acceso a la vivienda al mercado. Un mercado que, como todos sabemos, lleva años profundamente preocupado por garantizar el derecho constitucional a una vivienda digna y adecuada.

Ironía ON.

El mercado no se regula solo para producir justicia, igualdad y esas cosas llamadas derechos y libertades - con el permiso de Ayuso - porque esa no es su finalidad. Para eso existen la política, las leyes, los impuestos y la democracia: para intervenir cuando las reglas existentes producen desigualdades que una sociedad considera intolerables.

Es la mano amiga que te sujeta cuando la mano invisible de nuestro querido Adam Smith - el mercado, el capitalismo, la oferta y la demanda - te empuja hacia el vacío.

Sin embargo, parece que intervenir en el mercado es pecado. Regular precios es comunismo; construir vivienda pública, intervencionismo; y tocar determinados privilegios fiscales, un atentado contra la propiedad privada, la civilización occidental y, probablemente, la Semana Santa.

En cambio, cuando toca rescatar bancos, subvencionar determinadas inversiones o aprobar ventajas fiscales, la intervención pública deja milagrosamente de ser un problema filosófico. Ahí el Estado ya no es comunista. Qué cosas tiene la doctrina económica.

Proudhon escribió que la propiedad era un robo hace casi dos siglos. Hoy, el robo empieza cuando la acumulación de viviendas de unos significa que otros tengan que renunciar a la posibilidad de tener una.

Eso sí, todo en nombre de la libertad.

La libertad de unos para acumular viviendas y la de los demás para elegir a qué casero entregar una parte cada vez mayor de su vida.

Etiquetas Vivienda
Ana Rivero

Sobre el autor

Ana Rivero

Ana Rivero Rodríguez es doctora en Ciencias Políticas y de la Administración por la Universidad Pablo de Olavide y licenciada en Marketing por la Universidad de Sevilla. Su investigación se centra en la comunicación política digital, especialmente en la relación entre redes sociales, partidos políticos y democracia, ámbito en el que su tesis fue reconocida con el Premio Extraordinario de Doctorado.

Es profesora en la Universidad Pablo de Olavide, donde compagina docencia e investigación en ciencia política y administración pública, con especial atención a la comunicación política digital.

Ha publicado el ensayo “Carne de algoritmo. Ser sometido”, en el que analiza críticamente las transformaciones sociales y políticas derivadas del entorno digital.

En ElPlural, escribe artículos de opinión relacionados con Andalucía junto a Daniel Valdivia y Marina Sánchez Morales.