Hay quien no soporta que una familia senegalesa llegue en una patera, pero paga miles de euros por pasar una semana haciéndose fotos en Senegal repartiendo sonrisas, balones y abrazos. La inmigración les parece una tragedia, siempre que venga hacia aquí. Si la hacen ellos, con billete de vuelta y contenido para Instagram, entonces es #cooperación, #desconexión, #turismo, #evasiónfiscal. Que se yo.
Estos días la polémica ha estallado porque una influencer ha decidido sortear un voluntariado. Uno puede sortear un bolso, una crema o un viaje a Punta Cana. Miarma, ¿sortear una conciencia social? Te has pasado el juego. A ver cuándo os da por pasar una tarde en Urgencias, en Andalucía, para conocer la sanidad pública y sorteáis un seguro privado, que es la misma ideología que hay detrás de toda esta patraña. Ah, mira, ha salido Andalucía. Creo que son los mismos que han sido criados por internas andaluzas y ahora llegan a la Feria, se toman dos rebujitos, se hacen cuatro fotos y se vuelven. Vamos, igual que con Senegal. Aman el sur como aman a los países africanos: para un ratito, nunca como iguales.
Siempre vuelven diciendo aquello de: "Este viaje me ha cambiado la vida". Vaya, nunca tanto como para cambiar su ideología. Les cambia lo justo para cambiar la foto de perfil. Es que ellos no tienen ideología. Ñiñiñi. Ya, claro. Son caracoles, pero, curiosamente, siempre acaban mirando cara al sol.
Muchos de quienes abrazan niños africanos en sus vídeos después votan para que esos mismos niños jamás puedan convertirse en sus vecinos. Los quieren exóticos, nunca ciudadanos. Les encanta África siempre que venga en pantalla y no en el padrón municipal. Les conmueve el "pobrecito negrito", siempre que siga estando lejitos. Si entre medias hay agua (y mejor sin gas), todavía más tranquilos. Durante una semana puedes protagonizar una historia emocionante. Volver con vídeos abrazando niños, construyendo una escuela o repartiendo alimentos y regresar convencido de haber conocido "la realidad". Esa expresión siempre la utilizan quienes tienen la suerte de poder salir de ella comprando un billete de vuelta.
Encima, el relato adopta el tono de hada madrina: "Gracias a mí podrás vivir esta experiencia única". Qué generosa. Con su mirada. La siguiente ronda de solidaridad la pagamos todos... desde Andorra, que allí tu empatía desgrava menos. Ese voluntariado encaja tan bien en el imaginario influencer porque mantiene intacta la jerarquía entre quien llega desde Senegal y quien mira desde el móvil, el follower. Hay quien ayuda y hay quien necesita ser ayudado. Hay quien transforma vidas y hay quien existe para hacer posible esa transformación. Todo está diseñado para que el privilegiado nunca deje de sentirse privilegiado, aunque durante unos días juegue a no serlo.
En realidad, tampoco han inventado nada. No se llama solidaridad, se llama caridad cristiana y lleva dos mil años perfeccionando el mismo modelo de negocio, el pobre pone la pobreza y el rico pone la conciencia. Todos contentos. Bueno, casi todos. La limosna nunca sirvió para acabar con la desigualdad; servía para que la desigualdad se sintiera un poquito mejor consigo misma. Luego llegó Marcel Mauss, escribió El ensayo sobre el don y explicó que ningún regalo es gratis, vaya ni el balón de la Nivea azul, siempre genera una deuda, una jerarquía o una relación de poder. Actualicemos la obra a esta época, por ejemplo, El ensayo sobre el sorteo. Capítulo primero: "Etiqueta a tres amigos y gana un viaje para salvar África".
El meollo no es que alguien haga un voluntariado, ojalá todo el mundo conociera otras realidades, es convertir esa realidad en un producto promocional, con ideología y tós sus apaños. Viene siendo la misma lógica que consiguió vendernos el feminismo en camisetas de treinta euros cosidas por mujeres explotadas en Bangladesh. El ecologismo dentro de un todoterreno híbrido de ochenta mil euros. Y demases morales. Todo acaba convertido en consumo. También la miseria. También la cooperación internacional. También el privilegio de sentirse buena persona.
Así que tranquilos. Si os quedáis sin voluntariado, no sufráis. Seguro que el año que viene sortean otro. La pobreza, por desgracia, nunca pasa de temporada. O igual la próxima vez no sortean un voluntariado, sortean directamente un pobre. Y el pobre eres tú.
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