Óliver Laxe se ha pasado el juego. Mientras la ultraderecha sigue reivindicando el pasado franquista, él ha decidido ir un paso más allá (más atrás) y apuntar directamente casi a la prehistoria. Qué sé yo, Homo Erectus. Risas. Si puede ser, incluso antes del lenguaje articulado. Total, si la libertad para él es una lucha de egos, igual gruñendo nos va mejor. Más pureza. Ideal.


Reivindica la tradición, la religión y una supuesta pérdida espiritual y de libertad causada por la modernidad, por el progreso. La idea de que “todo tiempo pasado fue mejor” sigue funcionando, contradictoriamente, como un reloj. Su discurso, su hipérbole, suena bien. Es Óliver, quilla. La modernidad nos ha vaciado, nos ha desconectado, nos ha robado el alma. Neuróticos estamos todos y todas; afirmamos con el matcha en la mano. 


El problema es que ese no es el problema, y la solución que plantea funciona mejor como atmósfera cinematográfica que como análisis de la realidad. “Progreso-modernidad” y “tradición-religión” son conceptos lo suficientemente flexibles como para servir ,o mejor justificar, casi cualquier cosa. Para Óliver también. Pero oponerlos como si fueran universos enfrentados tiene algo de ingenuidad y bastante de infantilismo. La modernidad de hoy será la tradición de mañana. Es una de las leyes básicas del tiempo. Convertir esa obviedad en una especie de rebelión intelectual o vital es, siendo generosos, más estética que pensamiento.


La modernidad, gran villana, ha traído algo bastante menos poético pero mucho más determinante. Derechos. Y resulta que los derechos son lo que permite que la libertad sea algo más que una sensación bonita e individual. Sin ellos, la tradición deja de ser “raíz” y pasa a ser “estructura”. Vaya, algo un poco restrictivo sí…Y Óliver lo ha hecho, se ha sumado al dogma de la tradición convertida en producto contemporáneo, distribuida globalmente, consumida como si fuera resistencia. Muy coherente todo.


Y llegamos a la conclusión estrella. Volver. Volver a lo esencial, volver a la pureza. Aquí ya entramos en terreno casi místico. ¿Volver a qué exactamente, Óliver? ¿A elegir entre ciclos circadianos o derechos? ¿A qué versión de la religión? ¿A la que regulaba cada aspecto de la vida? ¿A qué libertad? ¿A la de no elegir prácticamente nada? Porque, en el fondo, ese futuro que se sugiere, siguiendo su propia lógica temporal, se parece bastante al día siguiente de la fecha de caducidad de los derechos adquiridos.


Lo que realmente se está vendiendo es un retiro espiritual o temporal como forma de evasión y, de esa palabra a la que ya le tengo manía, “resiliencia”. Sería más útil, y bastante menos complaciente, plantear alguna osadía. El presente se mejora peleándolo. Más manifestaciones y menos viajes nostálgicos. Menos Arcadia imaginada y más conflicto real. Y, sinceramente, me esperaba algo más. Si uno de los referentes culturales propone el futuro como una película del pasado, la propuesta tiene poco de radical. No hay demasiada creatividad en plantear el “volver” como horizonte cultural, social o político. Porque si de verdad se quiere una vida habitable, también en lo espiritual, eso pasa por lo colectivo, no por el retiro individual con vistas al ayer.


Quizá el problema de la modernidad es que no tiene buena prensa. No es mística, no se deja romantizar fácilmente. Es incómoda, contradictoria y, sobre todo, muy real. Demasiado real como para convertirla en mito. El pasado, en cambio, es perfecto para eso. Se puede convertir en refugio sin asumir sus costes. Porque, al final, idealizar el pasado es facilísimo… siempre que no haya que quedarse a vivir en él. Y el futuro, “sirat” o “serón”.