Tengo un hijo emigrante, que vive en Holanda desde hace 3 años. No salió de España con maleta de cartón, hacinado en un tren y pensando en los marcos o los francos que podría ganar, como ocurrió hace 60 años y recordamos ahora en aquellas imágenes en blanco y negro. Voló junto a turistas con la piel roja de cangrejo, medio quemada; que mostraban sus souvenirs de la España de pandereta montada para turistas de bolsillo fácil, incluyendo una montera de torero, que se pasaban unos a otros mientras le pedían a él que les hiciera fotos. Ironías del destino.
Allí ha encontrado un sueldo digno y un aliciente para seguir aprendiendo y avanzar en la empresa que confió en él. No piensa volver por ahora, aunque echa de menos la familia, la comida, la sensación de estar en casa, que procuramos darle mínimamente usando la tecnología y enviando algún paquete de vez en cuando. Igual que miles de familias de toda España, que han visto marchar a sus jóvenes, formados y dispuestos, hacia tierras más preparadas y justas a la hora de ofrecer una perspectiva de futuro.
Durante el franquismo, el régimen tuvo el aliciente de que los emigrantes enviaban divisas a casa y vendió aquello como un servicio más a la patria. Ahora, ni eso. Nos gastamos millones en formación, que otros se ahorran, y luego los exportamos como mano de obra preparada y barata, mientras aquí proliferan el subempleo y las contrataciones fraudulentas. No es inhabitual que se haga trabajar a alguien una jornada completa y luego esté dado de alta solo por media. Maneras insolidarias de mantener una economía donde el foco social se va perdiendo.
Yo no quiero que mi hijo vuelva. Al menos en las actuales condiciones. Recientemente lo hemos visitado su madre y yo y lo hemos visto contento, porque tenía alicientes y expectativas de futuro. Vive en una casa digna a un precio razonable; tiene un coche a su disposición y un sueldo que le permite ahorrar algo para venir a España cada 3 o 4 meses y disfrutar de la tierra. Ya es bilingüe de inglés. Ahora la empresa le está pagando cursos de formación, incluyendo el complicado idioma holandés, para que termine por echar raíces, porque allí la economía demanda trabajadores de distinta formación y no te preguntan de dónde vienes si eres bueno.
Para bien o para mal, está abriendo camino a otros amigos suyos, que poco a poco se están marchando también, huyendo de una sociedad como la española, que está perdiendo generaciones enteras de gente preparada y dispuesta. Desde el mundo de la sanidad a la industria, pasando por el marketing o la logística, empresas europeas, principalmente alemanas y holandesas, están recibiendo con alivio y agrado a españoles deseosos de una vida mejor, que trabajan con tesón las horas que hagan falta.
Allí se encuentran con compañeros de múltiples nacionalidades, de modo que esa etapa laboral lo es también de convivencia multicultural, de conocimiento de otras maneras de pensar y abordar la vida. Y eso no tiene precio. Sea cual sea su futuro, que ojalá sea volver a casa cuando las cosas mejoren y el sistema económico español suelte ese lastre de ultracapitalista cateto, la experiencia fuera de nuestras fronteras les habrá formado como seres capaces de entender al otro, de ponerse en el lugar del extranjero que viene a buscarse la vida y abandona su país.
Si no somos capaces de detener esta sangría, pronto empezaremos a pagarlo caro, en forma de pérdida de identidad como sociedad igualitaria y, sobre todo, en la usurpación de los valores morales que nos permitieron avanzar como país. No todo vale para obtener beneficios económicos.
Como ya he dicho, prefiero que mi hijo no vuelva a casa, por ahora.