Acabamos de pasar el mes de agosto, un mes plagado de fiestas patronales, que prometen diversión sin límites en todos los rincones de España. Y, tal vez, ahí ha estado siempre el problema, aún sin saberlo. En considerar que la diversión no tenía límites. Y así, se ha ido cimentando una especie de “todo vale” por el que llevamos tiempo pagando.
Este mismo verano, sin ir más lejos, teníamos varios ejemplos. Por un lado, el alcalde de Vita un pueblo de la provincia de Ávila, avergonzaba a propios y extraños con la canción que interpretaba en un escenario en las Fiestas patronales de San Bartolo. Y, aunque su talento interpretativo dejaba mucho que desear, eso no era lo peor. Lo peor era el contenido del temita en cuestión, toda una apología de la pederastia y la violación en clave aparentemente festiva e inocente. Una historia de cómo se encuentra una niña en el bosque, se la lleva a casa y la agrede sexualmente, contada paso a paso, con el “amén” a cada párrafo de los vecinos, que el alcalde reclamaba entre carcajadas y gestos de ánimo. Un verdadero esperpento.
Pero no fue el único que aprovechaba las fiestas patronales para sacar de paseo lo peor de cada casa. En Cascante, un pueblo de Navarra, un cura aprovechaba la misa mayor de las fiestas, con su gran afluencia de público, para hacer gala de su racismo y su xenofobia, y se rasgaba la sotana echando pestes de la población inmigrante, especialmente la de origen musulmán. En una afirmación que todavía no he comprendido, decía que una “mora” besaba a su hijo de manera diferente que una cristiana. Y cuando decía “diferente” quería decir peor, evidentemente. Porque le parecía fatal que en Andalucía hubiera, según decía, cada vez más musulmanes. También afirmaba que por eso iba poca gente a la Iglesia, aunque alguien debería de explicarle que la causa bien podría ser otra: la de religiosos que hacen sermones como el suyo. Ni más ni menos.
Son solo dos ejemplos. Aunque para siempre ha quedado en el imaginario colectivo la violación de “la manada” en plenos Sanfermines. Que no era, además, un hecho aislado, que no en balde se han habilitado los denominados “puntos violetas” en todas las celebraciones festivas. Y, la verdad, me alegro de que existan, pero de lo que más me alegraría es de que no hubiera razón para su existencia.
Y ya no voy a hablar de las diversas costumbres de hacer barbaridades con animales, que eso da para unos cuantos textos más. Pero lo que me importa es hacer una llamada a la reflexión. Que las fiestas sean motivo para la diversión, desde luego. Pero para todo el mundo, y no solo para unos cuantos.
SUSANA GISBERT
Fiscal y escritora (twitter @gisb_sus)
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