Opinión

Un mono agarrado a su plátano

Somos una sociedad que exige a las mujeres valentía para denunciar y después las obliga a soportar el escrutinio, la sospecha y el señalamiento

El alcalde de Algeciras, José Ignacio Landaluce
El alcalde de Algeciras, José Ignacio Landaluce

Otra vez. Otra vez lo mismo. Otra vez una institución en manos de hombres. Otra vez un hombre denunciado. El día de la marmota. Hoy somos un documental de la 2, no se me duerman. No quiere irse. Está más agarrado que un mono al último plátano; de la Tierra incluso. Igual es esa la metáfora. El mono agarrado a su plátano, hay ciertos rasgos primitivos que parecen resistirse al paso de los siglos, los derechos y las izquierdas. Existen -espero que no sean mayoría silenciosa- determinados especímenes masculinos que todavía no han superado ese instinto ancestral de confundir el poder con la propiedad y la autoridad con el derecho a permanecer por encima de todo y de todos. Aquí y siempre entra el todas. 

Y mientras tanto, las mujeres. Siempre las mujeres. Lo que está ocurriendo en Algeciras no puede convertirse solo en una batalla por el poder, en una guerra de partidos o en un espectáculo de supervivencia política. Hay mujeres que han denunciado presuntos comportamientos sexuales y que merecen ser escuchadas, respetadas y protegidas. Mujeres que se enfrentan a una persona, y al peso de una estructura institucional y política. Y eso debería preocuparnos bastante más que el futuro del sillón de un alcalde.
Esto no va solamente de Landaluce. Va de una cultura política y social que demasiadas veces coloca la supervivencia de los poderosos por delante de la dignidad de las mujeres. Y resulta imposible no recordar el caso de Nevenka Fernández.

Aquella mujer que denunció el acoso sexual de un alcalde y que, incluso después de una condena judicial, terminó pagando un precio personal y social insoportable. Han pasado más de veinte años, Netflix mediante, y seguimos haciéndonos preguntas demasiado parecidas.

Somos una sociedad que exige a las mujeres valentía para denunciar y después las obliga a soportar el escrutinio, la sospecha y el señalamiento. Mientras tanto, los hombres poderosos cuentan con redes de apoyo, lealtades políticas y silencios institucionales. La presunción de inocencia es un derecho fundamental, pero nunca debería convertirse en una coartada para desacreditar a las denunciantes ni para eludir la responsabilidad política.

Seguimos teniendo que explicar que las instituciones no son propiedad de los hombres que las gobiernan y que las mujeres no pueden continuar pagando el precio de sus privilegios. A estas alturas, cero metros sobre el nivel del mar, me preocupa que el mono siga agarrado al plátano pero mucho más que todavía haya tantos dispuestos a sujetárselo.

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