Alberto Núñez Feijóo ya no puede refugiarse en la excusa del error puntual. Cuando un dirigente político confunde el alcance de una tragedia, niega la existencia de víctimas derivadas de fallos sanitarios y acusa a un ministro de “confundir” por aportar datos oficiales, el problema deja de ser anecdótico. Empieza a dibujar un patrón preocupante.
La cuestión, por tanto, ya no es si Feijóo se equivoca. La pregunta es más grave: ¿no está a la altura, desconoce los asuntos sobre los que opina o falta deliberadamente a la verdad? Cualquiera de esas opciones resulta alarmante en alguien que aspira a presidir el Gobierno de España.
El primer episodio es tan revelador como inquietante. En una comparecencia pública, Feijóo se enreda al referirse al número de personas fallecidas en el accidente ferroviario de Adamuz. No hablamos de un dato técnico ni de una cifra económica. Hablamos de vidas truncadas y de familias golpeadas por la tragedia. Y la torpeza es mayúscula porque estaba leyendo su discurso. Confundir a las víctimas no es un simple lapsus comunicativo: es una falta de rigor y de respeto.
Ante una tragedia de esta magnitud, la precisión no es opcional, y menos aún para quien presume de experiencia y solvencia. Sin embargo, tras el error no hubo una rectificación clara ni una disculpa acorde a la gravedad de lo sucedido. Hubo silencio. Y con él, la sensación de que la ligereza se ha instalado en el discurso del líder del Partido Popular.
Pero si este episodio ya resulta preocupante, lo ocurrido con los cribados de cáncer de mama en Andalucía supone un salto cualitativo. Feijóo afirmó que, como consecuencia de los fallos en estos programas de detección, no ha fallecido ninguna mujer. Ninguna. Lo dijo dos veces en apenas veinte segundos. Una afirmación rotundamente falsa y profundamente ofensiva.
Negar la existencia de víctimas no es una opinión política. Es borrar sufrimiento real para proteger una gestión sanitaria cuestionada. Es invisibilizar a mujeres que han sufrido diagnósticos tardíos, tratamientos más agresivos y consecuencias irreversibles. Es trasladar a sus familias la idea de que su dolor no cuenta.
La realidad es bien distinta. Los recortes, la externalización y el deterioro progresivo de la sanidad pública andaluza llevan años siendo denunciados por profesionales sanitarios, asociaciones de pacientes y colectivos ciudadanos. Los fallos en los programas de detección precoz han tenido consecuencias. Y algunas de ellas han sido irreversibles.
Negarlo no es solo faltar a la verdad. Es cruzar una frontera ética. Porque aquí no se habla de ideología ni de confrontación partidista, sino de vidas humanas. Y cuando un líder político decide negar ese daño para salvar un relato, el problema deja de ser político para convertirse en moral.
El tercer episodio termina de completar el retrato. Feijóo exige la dimisión del ministro de Transportes, Óscar Puente, no por mentir, ocultar información o falsear cifras, sino por ofrecer demasiados datos. Todos ellos oficiales, contrastados y verificables.
La escena es tan absurda como reveladora. El problema ya no es la mentira, sino la verdad. La transparencia molesta porque desmonta consignas y discursos construidos sobre medias verdades. Y cuando los datos no encajan con el relato, se opta por atacar al mensajero.
Feijóo no rebate cifras, no desmiente informes ni aporta información alternativa. Se limita a cuestionar la cantidad de datos ofrecidos, como si la ciudadanía fuera incapaz de comprenderlos o como si rendir cuentas fuera un defecto y no una obligación democrática básica.
Este triple episodio no es casual. Confusión, negación y desprecio por la transparencia avanzan siempre en la misma dirección: minimizar daños y eludir responsabilidades. No es una concatenación de errores. Es una forma de hacer política.
Durante años, el Partido Popular trató de construir la imagen de un Feijóo moderado, serio y riguroso. El gestor tranquilo frente al ruido. Hoy ese relato se resquebraja. Lo que emerge es un líder incómodo con los datos, superado por la complejidad y dispuesto a negar la realidad cuando no le resulta políticamente favorable.
No se puede aspirar a gobernar un país complejo desde la confusión permanente ni desde el negacionismo selectivo. Y, sobre todo, no se puede utilizar el dolor ajeno para salvar un titular o proteger la gestión de un gobierno autonómico de tu propio partido.
España necesita una oposición firme, sí, pero también honesta y rigurosa. No una oposición que banalice el sufrimiento, invisibilice a las mujeres afectadas por fallos sanitarios y ataque a quien explica con datos lo que otros prefieren ocultar.
Por eso la duda ya no es razonable. O Feijóo no tiene el nivel necesario para el cargo al que aspira, o cree que la ciudadanía no distingue entre verdad y propaganda. O no sabe… o miente. Y cualquiera de esas opciones debería encender todas las alarmas democráticas.
Porque hoy se confunden cifras. Mañana pueden relativizarse derechos. Y pasado mañana, tomarse decisiones que afectan a millones de personas. España no puede permitirse un líder que no respete ni los datos ni a las víctimas. Y ese es, hoy por hoy, el verdadero problema de Alberto Núñez Feijóo.