No sé si dentro de cincuenta años recordaremos nuestras casas, entre otras cosas porque para recordar una casa hay que haber vivido en ella el tiempo suficiente como para que deje de ser una dirección y empiece a confundirse con nosotros. Hay que conocer la luz que entra por una ventana en noviembre, el ruido exacto del ascensor cuando se detiene en nuestro piso, las marcas en la pared de los hijos creciendo y hasta las pequeñas imperfecciones que al principio molestaban y que, con los años, terminan adquiriendo la familiaridad de los defectos de alguien a quien queremos. 

Maricarmen tiene 87 años y lleva alrededor de setenta viviendo en el mismo piso de Madrid. Ante su desahucio, no dejo de pensar en esa cifra, setenta años. Lo siento como una eternidad. Me cuesta imaginar que nosotros vayamos a vivir tanto tiempo en algún sitio. Existe una distancia abismal entre su vida y la mía pero a la vez un mismo problema social

Maricarmen puede mirar una habitación y reconocerse en todas las personas que fue dentro de ella. Puede señalar una puerta y recordar quién la atravesaba cuando todavía era joven, o mirar una mesa y saber quién falta. Hay lugares que, después de toda una vida, dejan de contener nuestros recuerdos porque se convierten ellos mismos en memoria. Mi generación, en cambio, hemos empezado a recordar las casas con fechas. Viví allí dos años, después nueve meses; luego me subieron el alquiler, luego compartí piso, luego regresé una temporada a casa de mis padres, luego encontré otra habitación y después, como tantas otras cosas de nuestra vida, ya veremos.

No todas las expulsiones tienen policías en la puerta. Algunas llegan en forma de una renovación imposible, en un sueldo que crece mucho más despacio que el alquiler o en la extrañeza de cumplir treinta años durmiendo en la misma habitación donde estudiábamos para selectividad. Nadie viene a echarnos y, sin embargo, tampoco conseguimos llegar del todo a ninguna parte. Las diferentes formas de la violencia. 

Mi generación ha aprendido a no encariñarse mucho con los lugares, a comprar muebles fáciles de transportar, a conservar las cajas de la última mudanza porque sabemos que habrá otra. Y esa provisionalidad termina infiltrándose en asuntos que creíamos más profundos: ya tendremos una casa, ya tendremos hijos, ya compraremos una mesa alrededor de la cual pueda sentarse mucha gente, ya averiguaremos en qué ciudad estaremos el año próximo. Vamos aplazando decisiones que parecen económicas hasta que descubrimos que eran biográficas.

Maricarmen es una persona a la que otra persona, no nos olvidemos que detrás de esta miseria hay personas -o quizás animales-, que no puede separar de la geografía íntima de su propia existencia. A los 87 años quedan pocos lugares nuevos capaces de hacerse antiguos, porque hay una intimidad que solo concede el tiempo y recuerdos que ya no alcanzan los años para reconstruir en otra parte. Los jóvenes, al extremo contrario, todavía tenemos tiempo, pero cada vez resulta más difícil encontrar dónde depositarlo. Ella tiene un pasado que no sabe, ni puede, adónde llevar. En cambio, nosotros, un futuro que no sabemos -ni tenemos capacidad- dónde poner.

Su historia duele de una manera que excede su propia puerta, es la historia de una sociedad en la que la vivienda se ha convertido en incertidumbre durante toda una vida. Cuando eres joven porque no consigues un lugar donde comenzar y cuando eres viejo porque ni siquiera haber permanecido setenta años garantiza poder terminar allí.
Nos dijeron que crecer consistía en marcharnos de casa, y nosotros lo creímos porque todavía pensábamos que después habría otra. Llegaremos a viejos con muchas casas a nuestras espaldas -Mari Carmen solo con una- pero en ningún caso una a la que poder llamar la casa donde pasó nuestra vida.

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